Por qué un Economista no debería ser Inductivista: El Legado de Hume
Escrito por Rodolfo J. Méndez   
Jueves, 28 de Mayo de 2026 00:00

altSi sentáramos en una mesa a un filósofo de la ciencia del siglo XVIII, a un teórico de juegos del siglo XX y a un gestor de fondos de inversión de Wall Street, lo más probable es que tardaran horas en ponerse de acuerdo sobre qué pedir para cenar.

Sin embargo, si les preguntáramos cómo hacemos los seres humanos para predecir el futuro, descubriríamos que hablan exactamente el mismo idioma. Un idioma que no trata sobre verdades absolutas, sino sobre incentivos, gestión de riesgos y optimización de recursos bajo una incertidumbre asfixiante.

Y es que, a menudo, la ciencia se ha vendido al gran público con una narrativa casi mística: el llamado inductivismo ingenuo. Según esta visión, los investigadores son recolectores de datos que, tras observar mil veces que los mercados reaccionan a los tipos de interés o que el sol sale por el este, extraen una "ley inmutable". El pasado garantiza el futuro. Fin de la historia.

El problema es que esta bonita historia tiene una grieta matemática y lógica gigantesca, una que nuestro ilustre colega David Hume (1711 - 1776), que antes de ser el azote de la epistemología fue un agudo economista y mentor del mismísimo Adam Smith, destapó hace casi tres siglos. Hume planteó un dilema demoledor para cualquiera que trabaje con modelos cuantitativos: no existe ninguna garantía lógica de que el futuro vaya a replicar al pasado.

Que hayamos visto diez mil cisnes blancos no demuestra que todos los cisnes sean blancos; solo demuestra que hasta ahora no hemos visto ninguno negro. En nuestra disciplina lo sabemos bien: que una acción o un indicador macroeconómico hayan subido durante cinco años no significa que no puedan desplomarse mañana. Si la economía y la ciencia se basan en la inducción (asumir que el futuro será como el pasado) y la inducción no se puede demostrar lógicamente, entonces basar nuestras decisiones en ella parece un simple acto de fe. El legado de Hume nos condena, aparentemente, al escepticismo absoluto. Por eso, ningún economista riguroso debería ser un inductivista ingenuo.

Aquí es donde entra en escena Hans Reichenbach (1891-1953), un filósofo del siglo XX que, en lugar de intentar resolver el laberinto lógico de Hume, decidió cambiar las reglas del juego. Reichenbach no intentó demostrar que la inducción es verdadera. En su lugar, hizo algo profundamente microeconómico: se preguntó si la inducción es racional como estrategia de inversión cognitiva.

Imaginemos que nos enfrentamos a un casino cósmico gestionado por la naturaleza. No sabemos si el juego está amañado, si tiene reglas o si es un caos absoluto. Reichenbach planteó un análisis de decisiones basado en lo que hoy conocemos como el enfoque Maximin o principio minimax, que consiste en elegir la estrategia que minimice nuestra máxima pérdida posible ante el peor escenario imaginable.

Pensemos en los dos únicos mundos posibles. En el mejor de los casos, el universo posee ciertas regularidades estables, leyes físicas o frecuencias estadísticas. Si vivimos en este mundo ordenado, el método inductivo (aprender de la experiencia y ajustar nuestras predicciones) terminará por descubrir esas reglas y convergerá hacia la verdad. Es como un algoritmo financiero que aprende a detectar una tendencia en el mercado.

¿Y en el peor de los casos? Si el universo es un caos absoluto y completamente impredecible —el equivalente Knightiano a una incertidumbre dura donde no hay patrones de ningún tipo—, la inducción fallará estrepitosamente. Pero aquí está el giro brillante de Reichenbach: en ese mundo caótico, cualquier otro método también fallará. Ni la astrología, ni la intuición, ni los dados podrán adivinar el futuro porque, por definición, el futuro es inadivinable.

Para un economista, esto es una demostración de libro de una estrategia dominante. La inducción domina a cualquier otro método de predicción: si el mundo es predecible, es el único billete de lotería que puede ganar; y si el mundo es impredecible, da igual el billete que compres porque nadie va a ganar. Apostar por los datos y la experiencia no nos garantiza el éxito, pero sigue siendo nuestra única opción económicamente racional.

Bajo esta luz, las predicciones científicas cambian de naturaleza. Dejan de ser "verdades sagradas" para convertirse en lo que Reichenbach llamó posits: apuestas racionales basadas en la utilidad esperada. Formular una hipótesis científica o diseñar un modelo econométrico no es capturar la esencia del cosmos; es comprar una opción financiera.

Hacemos un desembolso hoy (en recursos, tiempo y capital político) asumiendo el riesgo de que el territorio cambie, porque mantenernos paralizados tiene un coste de oportunidad infinitamente mayor.

Ahora bien, si gracias a Reichenbach entendemos que la inducción no es una verdad mística sino una fría estrategia de gestión de riesgos, ¿por qué los seres humanos la experimentamos de forma tan visceral? ¿Por qué sentimos una confianza casi religiosa en que las leyes del mercado o de la física no se romperán mañana?

La respuesta nos la ofrece la economía evolutiva y la psicología cognitiva, pero fue intuida mucho antes por el propio Hume y, más tarde, por el filósofo George Santayana a través de un concepto bellísimo: la fe animal (animal faith). Santayana explicaba que la creencia en un mundo externo y en la constancia de la naturaleza no es un logro de nuestro intelecto analítico, sino una necesidad biológica. Es un impulso ciego que nos obliga a actuar.

La evolución biológica opera bajo una restricción presupuestaria despiadada. El cerebro humano es un órgano metabólicamente carísimo que consume cerca del veinte por ciento de nuestra energía diaria. En el entorno ancestral, un homínido que escuchaba un ruido en la maleza no podía quedarse quieto calculando matrices de decisión minimax o evaluando la convergencia asintótica de los datos. El coste de computación mental de dudar en tiempo real era, literalmente, la muerte.

Por eso, la selección natural aplicá un atajo de eficiencia óptima: automatizó la estrategia minimax de Reichenbach y la instaló en nuestro cerebro en forma de un sesgo cognitivo de fábrica. Transformó una compleja estrategia de teoría de juegos en una regla general inconsciente y barata de ejecutar. Creer dogmáticamente que las leyes de la naturaleza existen y son inmutables elimina la fricción mental y ahorra una cantidad ingente de calorías. No es que hayamos demostrado la inducción; es que nos sale más barato metabólicamente tener fe en ella. Somos inductivistas ingenuos por diseño biológico porque la fe animal es la heurística más eficiente para sobrevivir.

Este hallazgo nos conduce a un desenlace tan sorprendente como necesario, un baño de humildad epistémica que redefine las trincheras culturales de nuestra sociedad y hace plena justicia al legado de Hume. Durante décadas, el cientificismo más arrogante ha atacado todo tipo de creencia religiosa o espiritual, acusándola de basarse en dogmas irracionales y en una fe ciega que carece de la pureza lógica de los datos.

Sin embargo, cuando un economista desmonta el mito del inductivismo metafísico y entiende la ciencia a través del pragmatismo de la teoría de decisiones, el panorama cambia por completo. Descubrimos que la defensa y la admiración de la ciencia no requieren que creamos en verdades absolutas. La ciencia no es superior porque haya esquivado la metafísica, sino porque es una herramienta de optimización extraordinariamente útil. Su punto de partida —la confianza en que el futuro replicará al pasado para poder formular predicciones— comparte exactamente el mismo ADN cognitivo y la misma fe animal que cualquier otra creencia humana.

Al comprender que nuestro conocimiento es una feliz y eficiente heurística evolutiva, una apuesta racional en un tablero donde no tenemos todas las cartas, los defensores del racionalismo científico se quedan sin un púlpito moral desde el que juzgar las necesidades espirituales de los demás. La respuesta honesta no consiste en refinar los argumentos de una supuesta superioridad intelectual que nuestro colega Hume ya demostró inexistente. Consiste, simplemente, en abandonar esa discusión con profunda humildad.

Al final del día, tanto las fórmulas de la física como los rezos de la fe son tecnologías que los seres humanos hemos desarrollado para mitigar el peso insoportable de la incertidumbre. Y ante el misterio de un universo que se niega a ser garantizado, la compasión, la utilidad y la modestia intelectual son las únicas decisiones verdaderamente racionales.

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