Un río que bifurca sus incontables anotaciones a pie de página
Escrito por Dr. Abraham Gómez | X: @fabrahamgr   
Viernes, 04 de Septiembre de 2026 00:00

altLeer no es sólo consumir signos lingüísticos sino crear, elucidar, proponer, recomponer; y a menudo,

somos los lectores quienes les revelamos a los autores qué fue lo que en realidad escribieron.

Porque, aunque no toda lámpara tiene su genio, de lo que si estamos seguros es que lo que brota también depende del espíritu, la mentalidad y las sensibilidades de quien frota la lámpara; de quienes nos adentramos en los lugares recónditos y las intencionalidades que habitan en cada palabra escogida para que diga algo.

Cuando nos disponemos a leer, a “frotar la lámpara” para desafiar al genio, abandonamos la multiplicidad de inquietudes de la mente y accedemos a concentrarnos, a seguir el curso de una idea, de una argumentación; a confrontarla con nuestras propias consideraciones.

El contexto sociocultural originario del escritor constituye -precisamente- una de las mayores consideraciones para interpretar a quien dedica su vida a entregar en palabras, ideas, párrafos sus relatos existenciales; cuya constelación de saberes únicamente adquiere de suyo sentido, proyección e intencionalidad a la luz de sólidos soportes culturales.

Lo que hemos sido y vamos siendo se lo debemos a la matriz epistémica que rige nuestro trasfondo vivencial; ese mundo de vida que ha nutrido el modo de conocer individual y socialmente. Que a cada quien le impronta su singularidad, su estilo para simbolizar y decir con palabras las realidades.

Entonces comporta un desafío y nos obliga a pesquisarla en todo cuanto define su modo de ser, su alforja de imaginarios y sensibilidades.

Hay una indesligable simbiosis entre su vida y su narratología.

Nos atrevemos a señalar que nuestro afamado escritor Humberto Mata, por lo menos físicamente, no pudo visualizar nuestra inmensa geoespacialidad deltaica. los innumerables y vastosísimos caños de nuestro Delta del Orinoco.

Emprendimiento imposible.

Porque los deltas nunca terminan de hacerse.

Cada día aflora, con los aluviones deltaicos, una posibilidad de ser.

En el extenso espacio Delta del Orinoco, a decir verdad, el escenario natural que hoy deslumbra por su belleza, mañana se transforma en algo, quizás mucho más maravilloso. Y así va siendo y haciéndose constante y sostenidamente.

Se dibuja un tejido de sueños interminables que nos apasionan.

Sabemos que  todo este andamiaje, de caños enrevesados, nos confiere idiosincrasia y suficiente piso identitario; además, refuerza la creación socio lingüística de la categoría existencial que denominamos Deltanidad.

Deltanidad que implica meternos en la piel nuestras valoraciones, motivaciones, acendradas y comunes costumbres, conocimientos, emociones, sensibilidades, mitos, ritos, triunfos y desaciertos.

Enhebrar nuestras especificidades ónticas y culturales, con las respectivas vivencias; sin eludir que también atravesamos carencias.

Tal epistémica le confirió suficiente fortaleza a la cuentística del deltano Humberto Mata, quien lo dejó sentado - en más de una ocasión- con una amplia y hermosa expresión:

El Delta Amacuro es el centro de mi vida. No sé si para todo el que nace en un sitio ese es el centro de su vida. Para mí todo lo que me pasa me pasa alrededor del Delta, o más bien desde allí. Aunque esté en Caracas, Nueva York, México, o en cualquier otra ciudad, todo me pasa en esas tierras. No obstante, esto no tiene nada que ver con algún tipo de regionalismo. Más bien, hablo de un lugar esencial. Es decir, un Delta universal, que es un todo. Bueno, para quien lo conoce, o sabe de él, son todos los caños habidos y por haber, y quizás allí está mi posibilidad como narrador para meterme en cada uno de esos laberintos”.

El idéntico Delta que le ofrece suficiente apoyatura al discurso literario de José Balza.

Ese mundo-de-vida, que pesquisamos a lo largo de los ejercicios narrativos balzianos, que nos lo sintetiza en el aserto que sigue:

Pude haber sido otro niño, pero había una energía vital que se ubicaba en mí; yo era testigo privilegiado de aquel mundo: agua, cielo inmenso, la vasta selva, montañas, lo que me hizo atrapar la realidad y convertirla en palabras.”

La influencia de la Deltanidad que hasta nos impone la manera de hacer construcciones sígnicas de las cosas; de denominarlas de un modo muy nuestro; con lo cual le insuflamos vida a cada acto de habla a nuestro geolecto.

Diremos que se trata de un extraordinario fenómeno recurrente, a través de las generaciones. Una indetenible búsqueda de conocimientos.

En la vida de los seres humanos hay una constante incitación.

Los lectores aprehendemos escurridizas lúdicas en cada texto de nuestro Humberto Mata, siempre revisitado.

 Acaso constituya una hermosa estrategia, de su parte, que incita a darle completitud a las ideas que apenas insinúa.

Creo que todos mis cuentos, o todo lo que yo he escrito, provienen de mi infancia, de la experiencia exacta de ella. Incluso los relatos que, en apariencia, no pertenecen a ese mundo. Eso es el agua, es el Delta, es el río. Es más, para el que escribe la literatura es la vida y la gran satisfacción es esta, cuando hago literatura de alguna manera me estoy haciendo la vida. Aunque, claro, no llego al extremo borgeano de pensar que toda la vida es la literatura. Fuera de la literatura hay muchísima vida. Pero el que es escritor hace de eso un material para componer lo que realiza”.

Reforzamos lo anteriormente descrito - en purísima verdad- afianzados en   los intersticios de los cuentos del laureado Humberto Mata, maestro contemporáneo de nuestro idioma.

Nos atrevemos a exponer (luego de leerlo y releerlo) que la textura y complejidad de su estilística en los cuentos que nos entregó están por encima sus propios relatos.

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