Tener oído absoluto
Escrito por Rodolfo Izaguirre   
Domingo, 22 de Marzo de 2026 04:50

altEn el 23 de enero vivió una madre soltera con su hija de apenas ocho años.

Ambas parecían haber sido rozadas por las alas de un ángel porque poseían el don del canto como no había escuchado nunca antes.modesto. 

La madre integraba un coro que apenas sobrevivía pero mantenía en su repertorio motetes de Palestrina y composiciones corales de Joaquín des Pres, lo que revelaba una alta sensibilidad y exquisito comportamiento de su cultura musical. En su apartamento era frecuente escuchar la polifonía renacentista, los cantos gregorianos y las resonancias de una Misa como la del Papa Marcello grabados en cintas que la madre cuidaba con devoción. La música se unía a una pequeña biblioteca de libros dedicados, precisamente a la música y al canto.

La hija heredó de la madre el oído absoluto para la música, pero también para escuchar no solo las voces del vecindario sino los inaudibles sonidos que resonaban en el interior de quienes se movían junto a sus ocho años, sonidos que ella escuchaba con los ojos. Pero lo que asombraba y maravillaba  era que para cantar tanto la madre como la hija intuían que tenían que vivir en un mundo sin mordaza y el país lamentablemente, subsiste amordazado. Soportaban una dramática existencia, pero comprendían y aceptaban que pertenecer y participar en un coro, en un orfeón, significaba una decisión voluntaria y conmovedora porque era desprenderse de una parte valiosa de su personalidad como era, en este caso, el timbre y el color de la voz para integrarlos a un colectivo, ofrecer su único tesoro para enriquecer el caudal de otras voces y sentir que lo excelso y lo glorioso pueden encontrarse empleando conjuntamente con otros, ajenos, el instrumento de la voz para cantar un motete que Giovanni Perluigi da Palestrina compuso seguramente en 1563.

Afuera, sin embargo, seguía impertérrita la vida que la madre y la hija, al igual que millares de familias, se veían obligadas a soportar precariamente. La vida allí no era un transcurrir grato y mucho menos plácido, risueño o contemplativo. Ocurre en barriadas de la ciudad que se hace forzoso aprender a subsistir bajo situaciones que ensombrecen la alegría de vivir porque  en ellas se activan bandas que presionan a los jóvenes para que vendan o consuman drogas y asesinen a quienes interfieren en sus negocios.

¡Es el reino del crimen organizado! y quienes se ven obligados a residir en él no se atreven a atestiguar en su contra por temor a enfrentarse al poder político que todo lo controla. En todo tiempo hay masacres en los barrios y en la ciudad y persisten en ellos el hambre, la tortura y muchos seres inocentes que pasan años en prisión sin sentencia alguna; es una violencia abrazada a una cotidianidad tan escalofriante que el sensibilizado oído de aquella niña ers capaz de distinguir el sonido de los disparos en la aparente y frágil quietud de la noche. Determinar si ha entrado el ejército o si es un atropello policial, un enfrentamiento entre pandillas, un homicidio al descampado o alguna muerte a tiros en un oscuro vertedero de basura. ¡Oído absoluto y temprana cultura para constatar y considerar al mismo tiempo la beatitud y la violencia sonora!

En un país violento como el nuestro tradicionalmente postergado por desventurados errores políticos y económicos, atenazado por una continua corrupción, una ineficacia cuartelaria y el acoso a quienes adversan al terrorismo militar, no deja de maravillar que en uno de los bloques del 23 de Enero una madre y su hija de ocho años hayan sido capaces de asombrar al mundo, sin saberlo, haciendo suyas la exquisita polifonía de Giovanni Perluigi da Palestrina.

 



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