| Una parada en Montevideo |
| Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | X: @perezlopresti |
| Martes, 19 de Abril de 2022 00:00 |
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de la grata compañía de amigos de infancia que me llevarían a recordar maravillas sobre la ciudad en donde nací. Ese anclaje a Mérida es como esos cables que unen a tierra, permitiendo que nos aferremos a lo vivido con agradecimiento. Con el bueno de Diego López caminamos por lugares emblemáticos de la ciudad y conversamos sobre aquellas cosas que supimos apreciar mientras vivíamos en la bella ciudad Andina. Montevideo sorprende por su personalidad y con riqueza arquitectónica sirve de escenario para adentrarse en lo vivido.
Los caminos y los callejones cerrados En ocasiones siento que hay calles y avenidas tan amplias sobre las cuales transitamos que olvidamos aquellas pequeñas calles ciegas o callejones cerrados en donde todavía se puede jugar libremente a la pelota. Cuando entro en uno de esos callejones, revivo la metáfora de lo que significa volver a esos lugares y encontrarme con personas que a su vez me recuerdan sitios en donde no falta la nostalgia y a la par aparece la alegría a borbotones. Eso sentí cuando visité al maestro Hugo López Chirico en su departamento en Montevideo. Literalmente es reencontrarme con aspectos de mi vida que me son tan propios que me asustan. La alegría de escuchar a personas a quienes quiero, conversando sobre cualquier cosa como si nos hubiésemos visto el día anterior es una sorpresa que se agradece. Tenía unos cinco años sin ver la merideñidad de frente, porque simplemente no la había visto o porque no la había buscado. A sus ochenta y cinco años, el maestro López Chirico incursiona en el arte de pintar con el difícil acrílico, siendo su nueva faceta y actual obra digna de llevarse muchos elogios. La creatividad y el ingenio se siguen celebrando en el siglo veintiuno. El poder compartir con la lingüista Alexandra Álvarez, de inteligencia y belleza legendaria, es un guiño que me obsequia la vida. Inteligencia permitida, los siete potajes Que preservemos las costumbres propias de dónde venimos podría ser una buena manera de no perder el norte de la vida. Pero venir a comerme los siete potajes en la casa de Diego, disfrutando de la compañía de su esposa Yazmín, que piensa más rápido que la velocidad de la luz multiplicada por diez y del encantador Juan Diego, junto con talentosísimos compatriotas era algo que no esperaba conseguir en el Uruguay. Tal vez era necesario volver al movimiento y los viajes que me han sido tan propios para volverme a reconocer en el espejo. Cinco años de desarraigo terminaron por hacer que valore y atesore cada segundo compartido con una comunidad de personas con las cuales estoy hermanado. Los orígenes comunes y las experiencias de vida compartidas son imanes que unen a quienes andamos desperdigados por el mundo. A su vez, el mundo pareciera hacerse pequeño conforme vamos creciendo como personas. En realidad el viaje es hacia lo que llevamos dentro, lo cual va creciendo mientras más lejos viajamos.
Una temporada en Latinoamérica Me gusta Latinoamérica. Es rara y alocada, con aparente tendencia a desintegrarse si se le sopla muy fuerte. Las extravagantes ideas y los asuntos reivindicativos, pareciera que siempre llegan tarde, inclusive en los actuales tiempos globales. A veces pienso que vivo en un anacronismo perfecto, que en realidad es un mal sueño, en donde la guerra y la peste van de la mano y no puedo despertar. Me costó entender cuál es mi fascinación por Latinoamérica luego de tanto cavilar y el asunto lo tenía enfrente. De niño, en mi Mérida natal, estudié con niños que tenían la marca del migrante. Proveniente de múltiples confines y luego del arribo de grandes olas de migrantes europeos a Venezuela, llegaron los vecinos del barrio para quienes en ese momento éramos los primos ricos. Debo haber tomado mate al mismo tiempo que tomé café y las conversaciones sobre la migración y sus consecuencias eran un asunto sobre el cual se conversaba de manera habitual. En realidad Latinoamérica es robusta y sólida, hallándose su esencia entre el polo de la locura y el de la poesía, que con frecuencia son la misma cosa.
Agradecido y contento Me pregunto cómo se le agradece a las personas por existir. Agradezco el don de gentes de Diego y Yazmín por este reencuentro necesario. Soy un sibarita y lector empedernido, amante de la buena comida, quien intenta conseguir los tesoros de la vida, mientras trato de ordenar mentalmente el mundo, que en realidad se hace fácil cuando conversamos con las personas adecuadas. Mañana sale mi vuelo. |
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