| Darse al otro |
| Escrito por Juan Guerrero | X: @camilodeasis |
| Jueves, 15 de Mayo de 2014 14:45 |
Los bizantinos y mucho antes, los habitantes de la Hélade tenían en la concepción de la Tríada una relación de absoluto amor y respeto, y se entregaban a ella
por compasión y con-ciencia.
Así las cosas, Hermes, el tres veces grande, como divinidad sobre la cual recaía la memoria de tantos y tan vastas culturas, ofrecía siempre tres caminos, tres senderos para encontrar la vía última que terminara de concebir una nueva actitud en la actividad diaria de quienes experimentaban situaciones extremas. También el adivino de Tebas, Tiresias, ofreció en su andar la misma experiencia triádica que llevó hasta la Esfinge al desafortunado Edipo para petrificarla y en la confluencia de los dos caminos, se definió niño-hombre-anciano y en la juntura exacta de ellos encontró el tercer sendero que lo definió como ser de lo inevitable. Al tercer día el hombre se definió certeza y claridad, se develan los misterios y desde amantes hasta imperios caen o se levantan como consecuencia del desencadenamiento de una emoción o una razón. Emoción cuando se instala en el camino izquierdo, cuando las pasiones, las pulsiones se yerguen y hacen remolinos en nosotros hasta desbordarnos cual realidades humanas que se atan al apego de la vida. Mientras en el camino de la derecha se accede a la con-ciencia, la reflexión de la conveniencia de continuar transitando el mismo sendero apolíneo que lleva a la fusión del alma con el resplandor (Zeus-Deus-Dios). Los hombres de la antigüedad, para toda decisión trascendental, dejaban transitar tres días. Tres etapas que como procesos internos los situaban, así: un día para las emociones, maldiciones, blasfemias, aquellos sentimientos erótico-thanáticos que estremecían los cuerpos. Desde el orgullo que lleva a la arrogancia y esta desemboca en la soberbia. En ese tiempo el individuo se proyectaba más allá de su personae , alargaba la multiplicidad de lo que era y asumía en sus variadas máscaras, los disfraces que lo ataban a esa comedia de lo humano y lo divino. Se era y se dejaba de ser al mismo tiempo. Se dejaban salir las pasiones: dolor, angustia, celos, cólera, resabios y tantas otras emociones. El segundo día se dedicaba a Apolo, la majestuosa divinidad, aplomada, meditabunda y de absoluta claridad solar. Se actuaba bajo la sombra de la consciencia, ella despertaba en su lento proceso de adaptación a una determinada circunstancia para, desde el razonamiento metódico, rozar los bordes de la convivencia analítica. Allí solo había exactitud para el acto transparente de la razón. Eran dos días de recogimiento, de comunión consigo mismo, de verse en lo Uno y en el Otro. Cuando entonces nacía el tercer día, la claridad del amanecer traía la nueva visión de lo que era necesariamente diferente: un equilibrio, una armonía interna que otorgaba sentido a lo que se realizaría como decisión final. No había cambios de última hora ni vuelta atrás. Se era a partir de ese momento lo que se asumía y se sentía como sendero que se transitaba y que era consecuencia de dos caminos que se alternaban para entregar la opción tercera y por tanto, nueva. Después de siglos transcurridos seguimos transitando en nuestro duro andar, el mismo sendero triádico, aunque afirmemos haber descubierto una cuarta, quinta o infinitas vías. Siempre será eternamente el mismo sentido del tercer momento, instante cuando ya renovados, cual libro que se abre a la vida (lazarus) adviene con su despojada mortaja al encuentro de aquello que es inevitable: la certeza de una decisión. Darse al otro siempre conlleva un riesgo, una decisión porque debe comportar un equilibrio entre el apego a las pasiones y la consciencia que lleva al desapego. Ese proceso implica un movimiento oscilante. Se ama entonces com-pasión pero también con la con-ciencia que lleva al acto inteligente y lúcido de entregarse al otro sin desaparecer en la individualidad. El otro somos nosotros mismos proyectados al infinito. Dejar al otro en el punto donde se encuentran los dos senderos, implica una única opción que no tendrá jamás vuelta atrás. Así se transita por el camino de la claridad y de las pasiones donde se instala la aventura de la vida. Ese placer por lo diferente, lo esplendoroso del estremecimiento que trae haber encontrado una razón para seguir adelante. Donde dos se encuentran y se ofrecen las manos para construir el puente que transita lo amplio, diverso e infinito de la existencia. (*) Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla / @camilodeasis
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