| Del amor en los tiempos del delirio |
| Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs |
| Sábado, 14 de Diciembre de 2013 06:51 |
Esta nota, aquí resumida, es el Post Scriptum de mi libro LITERATURA Y POLÍTICA, que presentamos el próximo martes 17 de diciembre
en los espacios abiertos del Centro Cultural BODHay amores y amores. Si son de verdad y se asumen como Dios manda, con ellos se triunfa o se muere. Los franceses, expertos profesionales en la materia, si es a primera vista, hablan del “coup de foudre”, ese rayo que te aniquila. como el que estuvo a punto de quitarle la vida a Ignacio de Loyola y conmovió a Santa Teresa: “no me mueve, mi dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte.” Lo del fervor amoroso y la plenitud de la entrega religiosa es la mejor paráfrasis que se me viene a la mente: “pastores, los que fuerdes /allá, por las majadas, al otero,/si por ventura vierdes/aquél que yo más quiero,/decidle que adolezco, peno y muero” Lo de las conversiones sólo encuentra paralelos en el enigmático mundo de las revelaciones. ¿Por qué dos enamorados, en el furor del encuentro y sin que venga a cuento, arrancan a cantar la misma canción, en la misma estrofa y en el mismo tono? ¿Por qué se llaman uno al otro desde increíbles distancias precisamente cuando ambos estaban pensando en el otro? “Si pudiera expresarte como es de inmenso, en el fondo de mi corazón, mi amor por ti…” Después de lo que me sucediera, nos sucediera, un viernes de marzo de hace 35 años, he llegado no sólo a aceptar que existen esos fenómenos paranormales de los que nos burlamos quienes alguna vez caímos estragados por el dios de la razón, sino a creer que dos seres que se aman con delirio pueden soñar lo mismo, con pequeñas variantes, en el mismo instante. no importa donde se encuentren. Un amor pleno, como éste del que estamos hablando, supone no sólo celebrar el arte del encuentro, en el que Vinicius de Moraes cifraba el misterio de la vida, sino el enigma de la aceptación: eu sei que vou te amar/ por toda a minha vida, eu vou te amar/ desesperadamente eu vou te amar, por toda minha vida”. La aceptación plena el otro, que es aceptar familias, tradiciones, historias, gustos, incluso odios y rencores. que las más de las veces también son compartidos. En el caso del que hablo, un encuentro de seres de dos continentes, de dos patrias distintas, de dos raigambres tan distantes en el espacio como en el tiempo. Y aunque Ud. no lo crea, sucedió. De súbito, cuando ni Soledad ni yo lo imaginábamos. Como un relámpago. Con el atronador sonido de un trueno y la luminosidad aterradora de un rayo: un coup de foudre. Al mes de habernos conocido, de habernos visto, habernos prendado y habernos ido a vivir juntos, escandalosamente y sin consideración de ninguna especie la noche misma en que nos conocimos – “la noche de anoche, pero qué noche la de anoche, yo que estaba tan tranquila” - , habíamos alcanzado la cumbre de nuestros delirios amatorios. Ella amaba a Dorival Caymmi, yo amaba a Dorival Caymmi; ella amaba a Chico Buarque y a Maria Bethania, yo amaba a Chico Buarque y a Maria Bethania; ella amaba a Violeta Parra, yo amaba a Violeta Parra; ella me enseñó a amar a Leonard Cohen, yo le enseñé a amar a Kieth Jarret. Pero había – tenía que haber, que no éramos clones de nosotros mismos, sino tan solo la otra mitad de esa naranja maravillosa reservada a los amantes – zonas de sombra, enigmas, incógnitas y desconocimientos. De modo que emborrachados por el enloquecido carnaval de nuestra felicidad hacíamos altos para explicarnos uno al otro esas zonas de sombra, esos enigmas, esos cuartos y zaguanes – “y la casa tuya, tu calle y tu patio” - sumidos en lo oscuro de lo que había que apoderarse para llevar nuestro amor al máximo posible del encuentro. Celoso yo de sus amores pasados y ella de los míos, frente a los cuales asomábamos los colmillos de los perros guardianes. Tú eres mía. y punto. Yo soy tuyo y punto. Y ella: sácate de la cabeza esa fulana, que si la veo la corro a palos. Y yo: no me vuelvas a nombrar a ese tarado, que le clavo una puñalada. Hago un alto para explicar la vorágine de esos días de glorias y de furias. Tan nos olvidamos del mundo, que un día, a dos meses de haber sucedido esos acontecimientos que conmovieron a Venezuela y al mundo, nos enteramos que Renny Ottolina había desaparecido en una avioneta y las Brigadas Rojas habían secuestrado y asesinado a Aldo Moro. Nosotros, encerrados amándonos con delirio en un pequeño apartamento de Colinas de Bello Monte, con su hija, que sería mi hija y la madre de mis nietos, y su tía, que llegaría a ser mi tía. Así el resto de su familia – españolísima hasta el tuétano – me hubiera prohibido asomarme por la casa paterna, en Prados del Este. Pues un amor como el nuestro olía a incesto, a perversión, a Sodoma y Gomorra. No era normal, como le dijo en la Vela de Coro una tía a una de nuestras queridas amigas, la madre de Aquiles: esos no están casados. Los casados no se encierran ni se aman así. Amarse tanto, tan en despoblado, sin ninguna premeditación aunque con alevosía y furor animal iba contra las buenas costumbres. Se nos veía a la legua: éramos unos forajidos. Y en aquel viernes de marras tropecé con España. “Aquí se trata de España, bien se ve que aquí se trata, de esa España de la reja, la tortura y la mordaza”. Era ella cantando a Rafael Alberti con quien acababa de grabar en Roma ese maravilloso homenaje al destierro que se la había traído a estas costas del Caribe, “la otra orilla”, que dicen los andaluces. Y a él a las dulces costas del Paraná y al Trastévere bullicioso y estentóreo. Para completar mi asombro ante esas esplendorosas versiones de la poesía del gaditano y decidida a llevarme por los caminos polvorientos de la vieja castilla, a la Rioja, tierra de su nacimiento, dedicó un día a enseñarme una de sus joyas más preciadas: su entrañable amigo Paco Ibáñez, el maravilloso ebanista convertido en trovador. Una mañana de esas, en las luminosas y apacibles colinas de Bello Monte, en medio de un mundo detenido para que nos ocupáramos el uno del otro, que no existía más nada, fue poniendo con parsimonia todos los discos de Paco: sus musicalizaciones de la gran poesía española, su concierto en el Olimpia, de Paris, sus cantos de la guerra y del destierro. Cernuda, Quevedo, Neruda, García Lorca, León Felipe, Góngora, Alberti, Blas de Otero. Amé sus canciones, pero algo en la voz, el vibrato, me resultaba ajeno. Cometí la imprudencia de confesárselo mientras almorzábamos con la hija y la tía, que en paz descanse. “Amor, yo te amo, entiéndeme, pero no me gusta Paco Ibáñez”. “Entonces”, me respondió con esa franqueza que Dios le dio, “no me amas. Porque si no te gusta Paco, no puedes estar enamorado de mí”. Y para rematar, en un tono de enigmático despecho, cogió la guitarra y comenzó a cantar canciones de Paco Ibáñez. Ya que habíamos escuchado todos sus elepés, ella se encargaría de completar la partida cantándome las tantas otras que faltaban. @sangarccs |
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