| El capricho de narrar |
| Escrito por Héctor Concari |
| Sábado, 26 de Enero de 2013 05:38 |
Más que un gran narrador, que lo es, Quentin Tarantino es un dinamitador de géneros. Lo hizo con el policial (Reservoir Dogs, Pulp Fiction ), con los films de karatecas (Kill Bill)
y con los de guerra (Bastardos sin gloria ), para emprenderla ahora con el spaghetti western. Para ello, generalmente parte de la cáscara y los convencionalismos para muy rápidamente escalar hacia correcciones mayores, ya sea de la anécdota y su desarrollo en el tiempo (Pulp Fiction), o de la trama histórica (Bastardos sin gloria). En el caso de Django , al inicio, banda sonora e imagen van en sentido divergente. Mientras la primera retoma la canción original de Luis Bacalov compuesta por Franco Migliacci (el de "Volare"), la imagen nos presenta a Django, un esclavo negro cuyo destino se unirá al de un dentista y cazarrecompensas (impecable composición de Christoph Walz) con quien intercambiará información primero, antes de pasar a unir esfuerzos para hacerse unos dolarcillos y, más tarde, recuperar a su esposa. Porque la trama transcurre siete años antes de la guerra civil y la negritud de Django (contraste con su antecesor caucásico compuesto en 1966 por Franco Nero) será el resorte permanente de la acción. Solo es un pretexto, como lo eran los nazis de la anterior, o los mafiosos de la penúltima entrega del director. Lo único que interesa es que, en el corazón de la trama, haya un conflicto que solo pueda resolverse por la violencia. Y también, que los estereotipos del género (el cazarrecompensas, el solitario deseoso de venganza) puedan deconstruirse para recomponerse según los arbitrarios designios del director. Porque el de Tarantino es un cine del capricho narrativo. Así como a partir de los 70 el cine americano abandonó los personajes para privilegiar las tramas, el nuevo giro parece hacer de esas tramas un spaghetti en manos de la imaginación del director, aunque ello implique torcer la historia y matar a Hitler en París, o jugar con los arquetipos más queribles del género. Aquí las convenciones se estrujan al máximo, porque el cazador rudo ha pasado a ser un dentista untuoso y educado que solo recurre a la violencia in extremis en tanto que el protagonista es una víctima que sobrelleva su piel en el contexto de mayor hostilidad concebible. Y a diferencia de la sencillez de las tramas originales (en todo western lo que hay es un bueno, un malo, un pueblo, a veces una mujer y siempre varios caballos), la anécdota más que progresar viaja por el Sur profundo, buscando personajes que la encarnen y la lleven de un lado a otro hasta posarse, tardíamente, en un terrateniente sádico y elegante (Di Caprio, también en un papel fuera de su perfil), ayudado por un mayordomo traidor a los suyos y codicioso. Y por supuesto, hay muchísimos tiros, pero menos que en los originales y en las entregas anteriores del director, que esta vez prefiere graduar las escenas violentas, todas ellas impecables, perlándolas con toques de poesía (la sangre que cae sobre las flores en medio de una cabalgata) o tensándolas en una oscuridad gelatinosa en la balacera final. La presentación del cazarrecompensas dentista es un enfrentamiento previsible (¿qué spaghetti western no tiene unos tiros en los primeros minutos?) aunque no por ello menos sorprendente, pero cada personaje que entra en escena va a traer, con el telón de fondo de la inminente guerra civil, otro choque de voluntades que se resuelve disparando o enfrentándose en juegos de manos violentos que pretextan la aparición de un invernal Franco Nero como apostador derrotado. Es un cine frívolo, ¿qué duda cabe?, que celebra la fiesta de la imagen sin preocuparse mucho por los juegos con la historia que más de un respetado colega (si no con toda la razón, sin duda con pertinencia) le ha reprochado. En todo caso, es un western, hijo predilecto y ahora pródigo del cine, que parece regresar de entre los muertos para recordarnos que la aventura por excelencia, en la pantalla, transcurre entre balas y relinchos. |
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