| Discrimíname |
| Escrito por Colette Capriles |
| Viernes, 02 de Septiembre de 2011 07:34 |
Es difícil saber si el esfuerzo continuo del régimen tratando de instituir la etnopolítica, una política atravesada por la identidad racial, ha dado resultados. Supongo que la misma duda
es la que explica las preguntas de autodefinición étnica que figuran en el cuestionario del Censo 2011, que por cierto, están formuladas de una manera que hace sospechar que fueron escritas con muy poca reflexión, con el acostumbrado irrespeto por la realidad y el inevitable culto ideológico. La población tendrá que decidir entre ser indígena (siempre que pueda referirse a una etnia específica), ser negra, ser afrodescendiente, ser morena o ser blanca. Nos deben alguna explicación acerca de la diferencia entre ser negro y ser afrodescendiente, al menos; supongo que los censores o empadronadores tendrán alguna respuesta ante las naturales preguntas que al respecto se harán los censados.No hay lugar para mestizos, mezclados, café con leche, y la larga serie de descriptores raciales con la que cuenta el léxico criollo. En términos categoriales, estas opciones revelan que el punto de vista con el que se quiere poner de manifiesto la composición étnica de la población sigue anclado en la noción decimonónica de raza fenotípica (que es la noción de la opinión común y de nuestro vocabulario racial) y no en la visión más compleja que se interesa por las variaciones étnicas como expresión de identidad cultural y no simplemente como efecto de una taxonomía periclitada. Esto es sorprendente. Que la lógica detrás de la etnopolítica sea tan primitiva, digo. Cuando precisamente Venezuela es el país de la máxima complejidad concebible en este aspecto. Las ciencias sociales, hasta hace una generación, guardaban silencio sobre el tema racial o étnico, seguramente porque el marxismo dominante prescribía el análisis exclusivamente en términos de clase. Por supuesto que entre nosotros hay una tradición antropológica que ha acumulado un precioso acervo científico sobre distintos grupos étnicos originarios, pero sin ocuparse tanto de la experiencia étnica moderna, llamémosla así, y en particular de los mitos raciales y de las prácticas correspondientes. Habría que recordar los estudios de Fundacredesa, que concluyeron que en realidad la composición genética de los venezolanos no podía ser más mezclada. Hallazgo muy consistente con el predominio de la "ilusión de armonía" que contribuía a forjar pertenencia cultural dentro de un esquema de homogeneización racial y democratización de las oportunidades. Por supuesto, la ruptura con el modelo de la "ilusión de armonía" ha sido una labor incansable del régimen y piedra angular de su visión política y de su sediciente misión histórica. La división, la separación, la disociación cultural, han sido efectos necesarios. Han permitido poner en escena el conflicto como movilizador político. En verdad, el mito de la armonía adormecía las diferencias y esto es especialmente cierto para la cuestión racial: mucho silencio, mucha negación acerca de las tensiones étnicas, mucha falta de palabras para entender cómo ha sido esta experiencia en el ya largo proceso de urbanización, de modernización y de integración nacional. Un silencio nada sano, un síntoma más de nuestro persistente repudio a pensarnos tal como somos. A aquella escasez de palabras el régimen ha decidido oponer la explotación política del resentimiento. No es que se limite al racial, porque la estrategia del resentimiento pretende justificar muchas otras divisiones y separaciones entre los venezolanos. Pero politizar la apariencia, la herencia, la pertenencia, todas esas dimensiones que tanto tocan la identidad personal, causa heridas profundas. Desarraigos, desafecciones, crueldades. Violencia. @cocap EN |
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