De lo que no puede hablarse
Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc   
Lunes, 31 de Mayo de 2010 12:55

altLa economía del país se está desplomando, pero el presidente no escucha el estruendo del derrumbe. Se contenta porque con ella se está yendo al foso el capitalismo


"Es una hora triste, tensa y bochornosa...."
J.Olavarría - 5 de Julio de 1999

Los países nunca tocan fondo. Siempre pueden ser más pobres. Siempre puede haber más delincuencia y la opresión mucho más cruel. Siempre es posible apretar un poco más el nudo, y al mismo tiempo pretender que el pueblo entienda que es la fuerza de las circunstancias la que obliga a reducir más y más los grados de libertad a disposición de los ciudadanos. La estupidez humana nunca encuentra techo. Siempre se puede ser más necio, o más torpe. Siempre se puede ocasionar más daño. Lo dramático de las caídas es
precisamente que pueden ser infinitas.

Luis XV, monarca absoluto era ya un anciano que estaba en el final de sus días cuando juntando las pocas fuerzas que le quedaban presidió las ceremonias de la cuaresma del año 1774. Todo iba muy mal en su reino, pero nadie se atrevía a contradecir la versión oficial de que nunca como en su época el pueblo francés había sido tan feliz. Ese aserto no era cierto. Su reinado había sido abominable hasta el punto de que el mismo Benedicto XIV se sorprendía cómo había sido posible su sostenimiento por tantos años."Desconozco cuál pueda ser el poder que sostenga a Francia frente al precipicio al que siempre está a punto de caer".  No sabía el Papa que sólo quince años después el abismo pudo más y en sus fauces desapareció todo el viejo régimen para no volverse a ver nunca más.  Un mes antes de morir, en la preparación de la Semana Santa el viejo tirano se dispuso a escuchar la prédica del Obispo de Sénez, confiado en encontrar en sus palabras el halago espiritual y político que como un ritornelo había escuchado cientos de veces. Pero esta vez le fue negado el sosiego. De una boca audaz y severa tuvo que escuchar las desgracias del Estado, la ruina de las finanzas y el abuso de autoridad, signos de su gestión y razón del descontento que cundía por todo el país. La corte se ofendió. Pero todavía había más que oír. Como
si Dios mismo hubiera decidido volver al tiempo de los antiguos profetas, el obispo sentenció: "El amor que tu pueblo alguna vez te profesó se ha enfriado, oprimido por los impuestos y sufriente de una adversidad que no consigue en ti la benevolencia que de un Rey se espera".

La economía del país se está desplomando, pero el presidente no escucha el estruendo del derrumbe. Se contenta porque con ella se está yendo al foso el capitalismo que él odia con tanta dedicación. No le importa que lo que él llama capitalismo sean empresas productivas, capacidad de ofrecer los bienes y servicios que desean los venezolanos y los millones de empleos y oportunidades que el colectivo emprendedor pone a disposición del pueblo. A su juicio, ese es el precio que debe pagarse para sentar las bases fundacionales de su proyecto personal, ese socialismo tan temerario que pretende funcionar al margen de la razón social y la lógica económica. El presidente se ríe, mientras el país moderno se desmonta para dejar su sitio a la barbarie tiránica y opresiva que él preside. Pero su rictus es
solamente un contraste patético con el malestar que fluye por todo el país.

Condillac reflexionaba en 1775 sobre la ruina de Francia. Los cambios se insinuaban con una fuerza telúrica, mientras en Versalles todo era vicios e indiferencia. "Las revoluciones nunca ocurren de repente... se van fraguando por mucho tiempo desde una larga serie de acontecimientos y por una larga fermentación de las pasiones..., el malestar es simplemente una advertencia que nos informa de nuestros errores y nos invita a repararlos..."

Pero nuestro presidente no lee. Está muy ocupado en escucharse a sí mismo como para atreverse a vivir el rito del viejo monarca. Para Chávez no hay cuaresma que invite a la reflexión y al arrepentimiento. Lo de él es apretar la chola, aunque al frente haya una pared de concreto. El gobierno prefiere evitar que se hable de economía. Prefiere el silencio al que obliga a través de una represión que pondría pálido a cualquiera de sus colegas del siglo XVIII. Prefiere evitar las relaciones causales que le revelarían las razones de su propia decadencia. Dejemos a Condollec la enumeración de las culpas de este crepúsculo revolucionario: "la moral pública se ha corrompido, la
nación está infectada por la avaricia, la prodigalidad y el lujo, la riqueza es más preciosa que la virtud y la libertad... por eso la revolución es inviable".  El presidente es su propia culpa, pero se ríe mientras contempla la devastación y la ruina.

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