| El injurioso lenguaje político |
| Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos |
| Lunes, 22 de Junio de 2026 00:00 |
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Aunque todavía se conserven a duras penas algunos obsoletos formatos, añosos protocolos y apolillados discursos, lo cierto es que, tarde o temprano, terminarán arrumbados en el baúl de los olvidos. En la antigüedad, los atenienses y los romanos cuidaban mucho del verbo, la oratoria y el estilo, sobre todo en los asuntos públicos. El hidalgo Quijote aconsejaba a Sancho utilizar un vocabulario acorde con su status de gobernador de Baratalia (una isla que no era tal, sino un pequeño pueblo que le habían concedido engañosamente para ejercer el mando) y así demostrar sólidos conocimientos, amplia cultura y buena expresión, como un jefe de gobierno que se precie. En el caso nuestro, fue en extremo idónea aquella costumbre de manejarse con diplomáticos modales y de echar mano a un vocabulario para nada ofensivo y vulgar. Incluso, las autocracias del siglo XIX y parte del XX, usaban un lenguaje persuasivo, de prosa atinada y envolvente, aunque empalagosa y poco menos que verosímil. En consecuencia, los halagos a la libertad, a lo republicano y el progreso constituían un infaltable ritornello, cansón y poco confiable. En la actividad política actual se recurre al insulto, denigrar del oponente, a etiquetar al que está aquí o allá, sin importar un “comino” sus nefastas repercusiones. Convertirla en un chiquero pareciera ser el norte. Hasta “mentadas de madre” se han descargado en el hemiciclo y cuanto insolentes vocablos se han proferido en reuniones públicas y en espacios de radio y televisión. Y es que - lamentablemente – da la impresión de que no hemos sopesado que mientras más se injurie, bien se pertenezca al oficialismo o se milite en las filas de la oposición, mayor perjuicio infligimos a la inminente de democracia, a la credibilidad de los partidos y a las mismas instituciones que deberemos rehacer, eficaz y oportunamente. Bajo este escenario, bonito ejemplo damos al solicitar la libertad de todos los presos políticos, elecciones, democracia, justicia, tolerancia, respeto a la opinión diferente, para luego, a las primeras de cambio, tomar el hacha de la maledicencia y la difamación contra aquellos que no coinciden, al momento, con nuestros puntos de vista. Precisamente, estos socialistas del Siglo XXI, desde la campaña electoral de 1998, quebrantaron cualquier respeto por la disidencia política. En 1999, con la aprobación- un tanto extraña y poco transparente- de la nueva constitución, iniciaron su mandato dividiendo a los venezolanos entre patriotas y apátridas, buenos y malos, ricos y pobres y cuantas sandeces se les ocurriera con tal de estigmatizar a la oposición democrática. El léxico utilizado desde entonces, ha sido pernicioso, pendenciero, excluyente, altisonante y contrario al ejercicio de las libertades. En nuestro lado también existen muchos radicales. Tenemos, de sobra, frecuentes escribidores de insensateces y desatinos, dizque opinantes y seudo analistas del acontecer nacional, que rayan, impúdicamente, en la insulsa diatriba y en comentarios nada edificantes (ahora la emprendieron contra Dinorah Figuera). En fin, son los que han confundido lo soez con aquello que le atribuimos al carácter, la determinación y el propósito. Este incómodo y pestilente lenguaje ha hecho de las suyas. Pero, ojo, no es que se sugiera ser condescendientes y mucho menos asumir el papel de perdonavidas con quienes han cometido los más atroces delitos contra la dignidad, la integridad y los derechos ciudadanos. Ni siquiera implica una utópica pulcritud expresiva. A todo evento, lo que concierne y atañe es no perder la brújula de la prudencia, la inteligencia y la palabramapropiada en esta difícil hora. Como decía el caballero de La Mancha:” El lenguaje refleja la nobleza de nuestra alma”. La política y la futura democracia así lo requieren. Empero, al momento de defenderla, igual que la libertad, un contundente “váyanse al carajo”, nunca estará demás.
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