Del tránsito peatonal
Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj   
Lunes, 04 de Mayo de 2026 00:00

altQuizá la opinión pública no tiene interés por los problemas cotidianos al creerlos y asumirlos resignadamente como insolubles

y naturales, aunque siga latente la aspiración a una superior calidad de vida. De una obviedad que atormenta, porque realmente se sufren, quebrantada la vida municipal a favor de un comunalismo que es, ante todo, compromiso y ciega lealtad partidista, ya esas vicisitudes de rutina no cuentan con la antigua resonancia en los medios.

Raras son las localidades venezolanas que tienen un tránsito peatonal ordenado y confiable, porque los vehículos automotores son los que imperan en aquellos espacios públicos reservados para un seguro desplazamiento a pie, más el aparataje del comercio informal autorizado por las alcaldías para instalarse y atravesarse por doquier. El desorden es demencial de los restaurantes “compactos” que atienden a la gente en la vía pública afectando  los semáforos, por ejemplo, cuando incurren en el hurto autorizado del flujo eléctrico.

Días atrás, fuimos testigos de algo insólito que ocurrió en un sector de la ciudad capital, pues, repentinamente se fue la luz - como llamamos los venezolanos a los apagones - en la mitad de una manzana y los locales comerciales al borde de la otra mitad que gozaba de la energía eléctrica cerraron.  Sin embargo, la calamidad se presentó para una heladería de formal local comercial deseosa de conectarse urgentemente al alumbrado público, pero no pudo hacerlo porque los carros hamburgueceros monopolizaban las pocas tanquetas o tanquillas que había, la policía del lugar se ocupaba exclusivamente del tráfico según alegaron y el único agente uniformado que apareció arbitró a favor de los expendedores de frituras, como nos enteramos en quince minutos: los que pagan derecho de frente, por citar un solo caso, corrieron a las refrigeradores de una carnicería más o menos cercana para salvar la mercancía que perdían toda su heladura.

Gracias a los motorizados que abren canales donde no deben, pero pueden, aún en contrasentido, las aceras también son para correrlas a su antojo cual legítimo atajo, o para estacionarse olímpicamente. Poco importa que sea en las horas para llevar o buscar a los niños en la escuela, porque es un deber y al mismo una obligación impuesta la de apartarse avergonzados y sin queja los padres, abuelos y niños tan inseguros en un espacio que les pertenece.

Por lo demás, no tenemos idea del porcentaje de las aceras que realmente lo son, por una inaudita irregularidad de la superficie, el detalle de los escombros que quedan fijos de antiguos postes derribados y paradas fantasmales o desechas. Al derecho adquirido por los motorizados, se une prácticamente la prohibición para andar en una silla de ruedas gracias al accidentado pavimento de lo que alguna vez fue motivo para un satisfactorio paseo bajo una arboleda ahora derribada.

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