Cuando la tercera es la primera
Escrito por Douglas C. Ramírez Vera | @AccHumGremial   
Viernes, 14 de Agosto de 2026 00:00

altLa paradoja de la secuencia en la transición venezolana. Análisis crítico sobre la falla secuencial del plan de tres fases para Venezuela y la primacía de lo político para resolver el problema económico y social.

 

I. La conmutatividad matemática vs. la irreversibilidad política

Uno de los dogmas más arraigados en la aritmética elemental enseña que «el orden de los factores no altera el producto». En el campo formal de las operaciones numéricas, la propiedad conmutativa garantiza la constancia del resultado final al margen de las secuencias intermedias. Sin embargo, en el ámbito de la economía política, la teoría de juegos y el diseño institucional, esa máxima representa una falacia técnica devastadora. En la praxis del poder y la reestructuración de Estados colapsados, la secuencia de las acciones no solo condiciona la naturaleza del producto, sino que determina de manera absoluta la viabilidad de todo el proceso.

El esquema estratégico diseñado por la Casa Blanca para Venezuela —expuesto por el secretario de Estado Marco Rubio bajo los lineamientos directos de la administración de Donald Trump— se estructuró formalmente en tres etapas lineales y jerárquicas: Estabilización, Recuperación y Transición. La lógica subyacente a esta Hoja de Ruta presupone un determinismo secuencial bastante clásico. De acuerdo con esa visión teórica, el Estado requiere primero contención de daños y orden operativo (Fase 1); luego, la inyección masiva de capitales privados y la modernización infraestructural (Fase 2); para finalmente culminar, como una suerte de dividendo o coronación institucional, en la apertura democrática, la restitución constitucional y la celebración de elecciones libres (Fase 3).

No obstante, la realidad operativa del país, el comportamiento de los mercados internacionales y los rígidos incentivos de las corporaciones transnacionales han dejado al descubierto una profunda falla de origen en el diseño de la Casa Blanca. Pretender que la democracia sea el producto final de un proceso de pacificación económica constituye un grave error de diagnóstico. La paradoja central de la coyuntura venezolana actual reside en que, para que las Fases 1 y 2 tengan la menor probabilidad de éxito técnico y financiero, la Fase 3 debe operar como punto de partida indispensable. En otras palabras: la tercera fase no es la meta, sino el insumo; la apertura democrática no es la consecuencia de la reconstrucción, sino su condición previa de posibilidad.

«En la arquitectura institucional de un Estado en ruinas, la legitimidad democrática no es el dividendo que se cobra al final de la obra; es la garantía hipotecaria que permite levantar el primer cimiento financiero.»

II. El espejismo de la «Estabilización sin Soberanía»

El pilar fundacional de la Fase 1 ideada en Washington descansaba sobre una hipótesis estrictamente “eficientista”: detener el colapso humanitario mediante una tutela energética temporal. El mecanismo contemplaba el control directo por parte de Estados Unidos de un volumen estimado entre 30 y 50 millones de barriles de crudo venezolano para comercializarlos en mercados internacionales. Los fondos generados por dicha comercialización no ingresarían al presupuesto ordinario del Estado venezolano tradicional, sino que serían administrados y fiscalizados de manera directa bajo la supervisión de agencias norteamericanas. El propósito manifiesto era costear la atención a los servicios públicos, la salud y la seguridad interna, evitando así mayores desórdenes civiles y conteniendo potenciales olas migratorias.

Sin embargo, la implementación de este modelo mediante el gobierno interino de Delcy Rodríguez —concebido como una estructura tutelada de administración técnica y pragmática— demostró que es imposible estabilizar un país en ruinas únicamente mediante el control de flujos financieros externos. El régimen interino se vio enfrentado rápidamente a lo que analistas denominan un «doble sismo» operativo y social que terminó pulverizando su viabilidad política.

El primer detonante fue el colapso estructural del sistema eléctrico nacional. A pesar de las promesas de contención y gobernabilidad técnica, la red eléctrica sufrió fallas consecutivas y masivas que dejaron a las principales ciudades del país a oscuras durante semanas. Este evento paralizó el comercio formal, interrumpió el bombeo de agua y destruyó la narrativa de que una administración tutelada podía restablecer el orden operativo básico sin realizar inversiones de capital profundas en el sistema. La estabilidad prometida se reveló como una ilusión frágil.

El segundo detonante fue la ineficacia en la liberación de los prisioneros políticos y el estancamiento de las garantías civiles. La permanencia en prisión de cientos de civiles y militares demostró a la comunidad internacional y a la sociedad venezolana que el esquema interino carecía de la fuerza constitucional y de la voluntad política necesarias para desmantelar la estructura represiva del Estado. Por último, esta doble parálisis provocó la caída en picada de la popularidad de Delcy Rodríguez, quien quedó atrapada en una severa crisis de rechazo transversal: el chavismo de base la percibió como una figura que subordinó la gestión soberana a las directrices energéticas de Washington, mientras que la oposición civil y los sectores independientes la identificaron como la simple continuidad del modelo autoritario. Pretender «estabilizar» sin legitimidad ni soberanía popular es un oxímoron político.

 

 

III. La muralla financiera: Por qué el capital privado no invierte a ciegas

El verdadero obstáculo para la estrategia de la Casa Blanca ha surgido de los propios mercados internacionales. Mientras la administración de Donald Trump presionaba por una inyección masiva de capital privado para activar la Fase 2 (Recuperación), las grandes corporaciones energéticas, mineras y de infraestructura de Estados Unidos adoptaron una postura de extrema cautela. La declaración pública del CEO de ExxonMobil, Darren Woods, al afirmar de manera tajante que las condiciones actuales de Venezuela hacen que el país sea «no invertible», no representa una reticencia caprichosa, sino una rigurosa evaluación de riesgo-beneficio.

Análisis de Viabilidad Económica e Inversión en Energía:

  • Monto requerido de inversión: Entre $50,000 y $100,000 millones de dólares en un horizonte de 5 a 10 años únicamente para la reconstrucción eléctrica y petrolera.
  • Estructura de costos: La extracción de crudo extrapesado en la Faja del Orinoco exige un costo operativo cercano a $30 por barril.
  • Horizonte de retorno: Bajo escenarios de precios internacionales moderados ($50 - $60 por barril), el margen de ganancia anualizado se reduce a un 10%, requiriendo más de una década para amortizar el capital inicial.
  • Riesgo soberano e histórico: La memoria de la expropiación sin indemnización inmediata de 2007 y los arbitrajes multimillonarios impagos de ExxonMobil.

Las razones de este freno corporativo son profundamente estructurales y exponen por qué el mercado no responde a decretos ni voluntarismos políticos:

  1. Costos de reconstrucción colosales y lentitud en el retorno: El aparato eléctrico, las refinerías y la infraestructura de extracción se encuentran desmantelados tras dos décadas de desinversión. Elevar la producción nacional a niveles comerciales competitivos requiere inversiones de capital intensivo cuya amortización supera la década. Ningún fondo de inversión compromete miles de millones de dólares a diez años en un país carente de marco legal formal.
  2. Bajo margen de rentabilidad frente al costo del crudo extrapesado: El petróleo venezolano es mayoritariamente denso y extrapesado, requiriendo diluyentes y procesos de refinación complejos que elevan el costo de extracción a cerca de $30 por barril. Si el precio internacional oscila en los $60, y la política energética de Washington busca empujar los precios globales hacia los $50 para abatir la inflación doméstica en los Estados Unidos, el margen neto se vuelve sumamente estrecho para justificar riesgos de país extremos.
  3. Inseguridad jurídica y la memoria de las expropiaciones: Las juntas directivas de las multinacionales recuerdan perfectamente el proceso de expropiación arbitraria del año 2007. ExxonMobil y otras firmas aún litigan fallos judiciales impagos en tribunales internacionales. Operar bajo un gobierno interino o tutelado, cuyos decretos carecen de ratificación por una Asamblea Nacional constitucionalmente impecable, expone a los ejecutivos al riesgo de que los contratos sean declarados nulos por administraciones futuras.
  4. El laberinto de las licencias temporales y la fuga de talento: Las transnacionales no invierten sobre la base de «licencias ejecutivas temporales» otorgadas por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, las cuales vencen periódicamente y están sujetas a los vaivenes políticos de Washington. Exigen leyes orgánicas nacionales. A esto se suma el éxodo masivo de más de 8 millones de venezolanos, que privó a la industria de sus mejores profesionales, entre ellos los ingenieros y técnicos. Restablecer ese capital humano capacitado solo es factible en un entorno de libertades civiles y seguridad jurídica permanente.

IV. La Fase 3 como insumo ineludible de la recuperación

Es precisamente en este punto donde la secuencia lineal de Washington entra en contradicción con las leyes de la economía institucional. La Fase 3 —la apertura democrática, la elección de un gobierno legítimo y el restablecimiento del Estado de Derecho— no puede ser pospuesta para el final del camino, porque es la única llave capaz de abrir las puertas operativas de las Fases 1 y 2.

En primer lugar, la reconstrucción de la infraestructura eléctrica y petrolera requiere un volumen de fondos que ni el presupuesto de Estados Unidos ni las corporaciones privadas asumirán en su totalidad. Se requiere de manera imperiosa el auxilio de organismos financieros multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Sin embargo, los estatutos constitutivos de estas instituciones les prohíben de forma estricta otorgar créditos masivos o programas de rescate a gobiernos de facto, autoridades interinas o regímenes cuya legitimidad soberana se encuentre cuestionada. Sin elecciones libres que originen un gobierno con reconocimiento diplomático indiscutible, el grifo del financiamiento multilateral permanece cerrado.

En segundo lugar, el desmantelamiento definitivo de las sanciones impuestas por Estados Unidos no depende únicamente de órdenes ejecutivas emanadas de la Casa Blanca; un tramo sustancial del entramado sancionatorio está codificado en leyes del Congreso estadounidense, como la Ley VERDAD de 2019. Para que el Capitolio apruebe una derogación permanente de estas restricciones, exige la certificación irrestricta de requisitos institucionales precisos: restablecimiento del hilo democrático mediante elecciones bajo observación internacional, liberación total de prisioneros políticos, disolución de órganos judiciales paralelos y la garantía de independencia en el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral.

Finalmente, un gobierno democrático plenamente legitimado es el único actor con la capacidad jurídica soberana para renegociar la gigantesca deuda externa venezolana, reestructurar las demandas de arbitraje comercial y ofrecer contratos de concesión a 20 o 30 años que resulten inatacables en los tribunales del mundo. La legitimidad democrática es, en última instancia, el mejor seguro contra el riesgo legal.

V. La reconfiguración del tablero político e institucional

La ineficacia del modelo tutelado ha provocado una recomposición de las fuerzas políticas y de los actores clave en el terreno. Este escenario no ha visto emerger liderazgos imprevistos, sino una reconfiguración de figuras tradicionales que operan en dinámicas encontradas:

  1. Tensión entre la legitimidad social y la mesa operativa: La exclusión de la líder opositora y Premio Nobel de la Paz 2025, María Corina Machado, de las mesas formales de negociación entre el interinato y sectores de la Asamblea Nacional de 2015 (encabezados por Dinorah Figuera) expone las divergencias estratégicas con Washington. Mientras la Casa Blanca intentó priorizar un esquema pragmático para controlar el flujo energético, Machado y Edmundo González Urrutia han mantenido su posición de rechazar formatos dilatorios, exigiendo un cronograma electoral inmediato y la liberación absoluta de todos los prisioneros políticos. La postura de Machado refleja una comprensión clara de la paradoja: no habrá confianza económica sin el restablecimiento previo de la voluntad popular.
  2. Fracturas en el oficialismo y la cúpula militar: Dentro del esquema gobernante, la figura de Diosdado Cabello ha operado como el eje de contención de la línea dura. Frente al desgaste del gobierno interino, Cabello ha movilizado las bases del PSUV y reforzado el control sobre el aparato represivo. En las Fuerzas Armadas (FANB), la crisis institucional ha derivado en un desplome inédito de la confianza ciudadana, que AtlasIntel sitúa en un histórico 23%. Para frenar ruidos de sables o fracturas internas, el Ministerio de la Defensa adelantó el ascenso masivo de cerca de 200 oficiales intermedios. No obstante, esta cohesión forzada mediante ascensos y vigilancia de inteligencia no sustituye la estabilidad real; la FANB atraviesa una parálisis operativa y presupuestaria severa que solo se resolverá cuando el Estado recupere su cauce constitucional.
  3. El impacto geopolítico y en los mercados globales: Una resolución democrática en Venezuela tendría repercusiones inmediatas en el tablero global. Si bien el incremento de la producción petrolera tomaría años, la sola certeza institucional aportaría alivio directo a las refinerías del Golfo de México en EE. UU., diseñadas técnicamente para procesar crudos pesados. Asimismo, la normalización del comercio venezolano desplazaría el crudo que actualmente fluye hacia mercados asiáticos desde Rusia e Irán mediante canales paralelos con descuento, debilitando los esquemas financieros de dichos actores y reconfigurando el mapa energético en favor de las democracias occidentales.

VI. Conclusión: La democracia como garantía hipotecaria

En el terreno estricto de la matemática abstracta, la conmutatividad es una propiedad inalterable. Pero en la ingeniería política de la reconstrucción nacional, intentar alterar el orden de los factores conduce al estancamiento sistémico. El plan de la Casa Blanca que subordina la democracia al previo éxito de la estabilización y la recuperación económica parte de un supuesto invertido. Se le pide a la economía que sostenga a la política, cuando en las sociedades modernas es la fortaleza de las instituciones democráticas la que le otorga la certidumbre, previsibilidad y viabilidad a la economía.

Las corporaciones petroleras no arriesgarán el capital de sus accionistas en un entorno de licencias precarias; los organismos multilaterales no desembolsarán miles de millones de dólares a gobiernos desprovistos de mandato constitucional; y la sociedad civil venezolana no acompañará esfuerzos de reconstrucción mientras persistan las estructuras represivas y la conculcación de los derechos fundamentales. La tercera fase —la restitución de la soberanía popular mediante elecciones libres, transparentes y competitivas— no es el premio final de un proceso exitoso. Es la piedra angular, el insumo primario y la condición sin la cual ningún plan de desarrollo podrá ser duradero.

Comprender que «la tercera debe ser la primera» no es un capricho ideológico ni una postura extremista; es una exigencia de racionalidad económica e institucional. Hasta que los tomadores de decisiones en Washington y los actores políticos comprendan que el orden de los factores altera de forma determinante el resultado, la transición venezolana continuará atrapada en la ilusión de una estabilización que nunca terminará de llegar.


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