| Your Friends and Neighbors |
| Escrito por Edgar Rocca | @EdgarRocca |
| Miércoles, 21 de Enero de 2026 01:50 |
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A veces lo hacen con una imagen banal, incluso ridícula: un actor consagrado bailando en una discoteca, convertido en meme de fin de año. Así comenzó todo para mí, al cierre de 2025, con una escena viral de Jon Hamm. Lo conocía desde Mad Men, claro, pero no fue hasta que tres personas distintas me recomendaron la serie que decidí verla. Lo hice de golpe, como se leen ciertos libros necesarios: entre el 31 de diciembre de 2025 y el 1 de enero de 2026. Your Friends and Neighbors cuenta la caída de Andrew Cooper (Jon Hamm), un hombre exitoso al que la vida, sin previo aviso, le retira todos sus privilegios. Pierde el trabajo, descubre la infidelidad de su esposa (Amanda Peet) con un amigo y, con ello, pierde también el matrimonio. Ese derrumbe lo empuja a una decisión moralmente torcida pero narrativamente fascinante: robar a sus propios amigos y vecinos, gente acomodada, dueña de relojes caros, dinero oculto y secretos aún más valiosos. El descenso se acelera cuando se ve involucrado en el asesinato del exmarido de una amante (Olivia Munn). Alrededor, un reparto preciso: Aimee Carrero —un descubrimiento luminoso—, Lena Hall en un registro entrañable y Mark Tallman como el amigo traidor, ahora pareja de la exesposa. Al terminar la serie, el 2 de enero, me sorprendí extrañándola. Pensaba en aquella escena viral, ahora resignificada, y en cómo había sido mi último storie de 2025 sin que yo supiera lo que vendría después. Pensé también en una escena similar, peor resuelta, que vi hace poco en Jay Kelly, incluso con un actor gigantesco como George Clooney. La peor película de Noah Baumbach, al menos para mí. Lo que la serie me dejó fue una intuición antigua: somos insignificantes, y al mismo tiempo persistimos. Seguimos poblando el mundo aun sabiendo que todo es finito. Pensé en las horas bajas de Cooper y en las mías propias: otro país, otra lengua, la dificultad constante de entrar al mundo cinematográfico, una batalla tras otra. (Buena película, por cierto). Y, aun así, la esperanza. Porque si la vida puede cambiar para peor en un minuto, también puede hacerlo para bien. Eso creemos los católicos no practicantes cuando decimos que el tiempo de Dios es perfecto. Me acosté sin serie que ver y terminé viendo F1, con Brad Pitt, una distracción eficaz. Nada más. A la mañana siguiente, el 3 de enero de 2026, a las 8:15 en España, me despertó la tos de mi hija pequeña. Había que darle su medicina. Mi esposa, ya despierta, escuchó su teléfono sonar con insistencia y dijo una frase que todavía hoy resuena con irrealidad: “Están bombardeando Caracas”. Tomé el celular con escepticismo. Había mensajes de mi hermano y de mi madre. Era cierto. En Caracas eran las tres de la madrugada y el bombardeo llevaba más de una hora. Mi madre estaba desesperada. No sabíamos nada de mi hermana menor, que había salido por Año Nuevo y no respondía. Mi hermano, desde otra zona de la ciudad, enviaba los primeros videos. Pensé entonces en el apagón de cuatro días de 2019, cuando, entonces en Caracas, lo primero que pensé fue que había empezado una invasión. Sin duda alguna, una cosa es temer al lobo y otra verlo entrar en casa. RTVE transmitió durante casi veinticuatro horas seguidas la situación en Venezuela. Bombardeos, mapas, declaraciones, una rueda de prensa anunciada desde Estados Unidos para las doce del mediodía en Caracas, las cinco de la tarde en España. Intenté seguir con mi vida normal, sabiendo que no podía hacer nada por los míos ni por el país. La incertidumbre era una forma física del cansancio. Confié. No quedaba otra. A las cinco en punto tenía una videollamada con Miami. La acepté por coherencia con esa idea incómoda: no podía hacer más que seguir. Dejé el televisor encendido al fondo. Comenzaba la rueda de prensa del gobierno de Estados Unidos. La reunión avanzaba cuando, quince minutos después, apareció una fotografía que confirmó la captura de Nicolás Maduro. Sentí que el final de una época acababa de empezar. No lloré, pero estuve cerca. Detuve un instante la reunión para explicar lo que estaba ocurriendo. No era empatía por el detenido; era el peso acumulado de los años, la conciencia súbita de lo frágil que es todo. Pensé, inevitablemente, en la serie: en cómo la vida puede torcerse o enderezarse en cuestión de minutos. Después vinieron los videos, las redes, la confusión, y la angustia renovada por mi hermana. No dormí aquella noche, veinticuatro horas más tarde apareció. Estaba bien. No había estado cerca de los bombardeos. Estaba fuera de Caracas, con la ciudad cerrada, y tardó dos días más en volver con mi madre. Lo más inquietante no fue solo lo vivido, sino lo que no se supo. La ausencia de información clara, el silencio institucional, los canales volcados casi exclusivamente en Maduro y su esposa, como si el país entero pudiera reducirse a dos nombres. Y entonces entendí mejor el título de la serie. En las crisis, cuando el suelo cede, es cuando aparecen —o desaparecen— los amigos y los vecinos. Es ahí cuando se distingue al que estaba por conveniencia del que estaba por lealtad. La ficción lo muestra a escala doméstica; Venezuela lo experimentó como tragedia colectiva y política. Por eso resulta insuficiente, casi cínico, repetir que ciertos países “quieren ser la policía del mundo”. Dicho sin contexto, ese argumento sirve más para tranquilizar conciencias que para pensar la realidad. Confunde soberanía con impunidad y libertad con licencia para el abuso. La historia demuestra que hay momentos en los que la inacción también es una forma de violencia. Tampoco es aceptable la tentación de romantizar al poder caído desde una retórica religiosa. No hay Cristos en esta historia. No lo es quien empobrece a su pueblo, lo empuja al exilio y convierte el dolor en método de gobierno. La fe no puede ser refugio del abuso ni coartada de la injusticia. Lo que se desea, en el fondo, es algo elemental: un país próspero. Que la gente pueda quedarse. Que emigrar sea una elección y no una huida. Que los vecinos vuelvan a ser solo vecinos y los amigos, amigos de verdad. Como en la serie, como en la vida, todo puede cambiar en un instante. A veces para peor; otras, para bien. Quiero creer que este es uno de esos momentos de giro. Porque si algo he aprendido —viendo ficción, viviendo la historia— es que nada dura para siempre. Y que, aunque tarde, el tiempo de Dios siempre llega. Hoy escribo estas líneas mientras le deseo suerte a distancia a parte de mi familia. Que se va del país por tierra. La decisión la habían tomado antes de todo esto, y después de los acontecimientos no cambió esa decisión, como suele ocurrir cuando la historia empuja sin pedir permiso. No se va derrotada, pero tampoco indemne. Se van como se han ido millones: con una mezcla de cansancio, lucidez y amor intacto por un país que todavía no sabe cómo cuidarlos. Pienso entonces, una vez más, en los amigos y en los vecinos. En quiénes se quedan, quiénes se van y quiénes regresarán algún día. Y entiendo que esta historia —como la de la serie, como la nuestra— no trata solo de caídas o capturas, sino de algo más elemental: de la posibilidad de volver a confiar. Nada garantiza que lo que viene será mejor. Pero al menos ya no es lo mismo. Y en los grandes relatos, como en la vida, ese suele ser el primer signo de que algo ha empezado a cambiar.
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