| Transitar sin atajos |
| Escrito por Freddy Marcano | X: @freddyamarcano |
| Martes, 13 de Enero de 2026 04:22 |
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Lo que ocurre hoy no es todavía una transición democrática en sentido pleno, sino una fase previa, compleja y frágil, en la que el poder autoritario muestra signos evidentes de agotamiento final. Comprender la realidad actual es fundamental para no confundir deseos legítimos con posibilidades políticas concretas. Esta comprensión permitirá que el país logre avanzar con responsabilidad o vuelva a tropezar con la frustración y el desencanto. Las transiciones no comienzan cuando se proclama el cambio, sino cuando el viejo poder deja de sostenerse con normalidad. La experiencia comparada demuestra que estos procesos no son eventos puntuales, sino recorridos largos, irregulares y llenos de tensiones. En ellos, la democracia no aparece como un resultado inmediato, sino como una construcción progresiva. Aquí se encuentra Venezuela, estamos en esa antesala incómoda donde el modelo que gobernó durante años perdió legitimidad, eficacia y respaldo social, pero mantiene algunos de los resortes clave de control. En este contexto, uno de los errores es esperar una ruptura instantánea. La historia política enseña que los cambios profundos rara vez ocurren de forma limpia. Más bien avanzan mediante etapas superpuestas, negociaciones difíciles y decisiones que no siempre resultan moralmente satisfactorias. No entender estas etapas conduce a la frustración colectiva y al desgaste de la esperanza democrática. Es necesario mencionar otro elemento incómodo como lo es el acercamiento para la negociación. Las primeras conversaciones en escenarios de descomposición autoritaria no se producen con los actores más legítimos, sino con aquellos que aún tienen capacidad de bloquear el proceso. Negociar en estas condiciones no significa validar el autoritarismo o renunciar a la democracia. Significa, sencillamente, reducir el riesgo de que el país se incendie. Impedir el fuego o apagarlo es una condición previa para cualquier reconstrucción. El peligro surge cuando esta fase táctica se confunde con el destino final. La estabilidad por sí sola no equivale a democracia. La teoría política es clara: muchos países han logrado ordenar el poder sin democratizarlo. Venezuela no puede permitirse una salida que reorganice el control sin devolverle al ciudadano la capacidad de decidir su futuro. Por eso, toda negociación debe tener límites claros y una orientación inequívoca hacia la restitución del poder civil. En este punto adquiere relevancia el papel del sector opositor democrático. Durante años, partidos, dirigentes, sociedad civil y ciudadanía organizada han sostenido la demanda de cambio en condiciones extremadamente adversas. Han cometido errores, sin duda, pero también han mantenido viva la idea de que otra Venezuela es posible. Ninguna transición se consolida sin ese actor democrático organizado, con legitimidad social y vocación institucional. Que en esta etapa inicial el sector democrático no ocupe el centro del escenario no implica su exclusión histórica. La transición no se define por quién aparece primero en la mesa, sino por quién logra reconstruir las instituciones, organizar elecciones creíbles y devolver confianza a la sociedad. Allí, el sector democrático no es un adorno: es insustituible. Uno de los desafíos más delicados del momento es manejar las expectativas ciudadanas. El país arrastra urgencias reales, pues tenemos servicios colapsados, salarios insuficientes, inseguridad y migración forzada, por mencionar algunos. Frente a la agobiante realidad social, los tiempos políticos suelen parecer desesperadamente lentos. Sin una comunicación honesta y pedagógica, esa brecha entre necesidad y proceso puede erosionar el respaldo social al cambio. Explicar que la transición tiene etapas no es pedir resignación, sino responsabilidad histórica. Algunos alivios pueden llegar temprano; otros requerirán años de reconstrucción institucional. Confundir ambos planos solo alimenta el desencanto y abre espacio a soluciones autoritarias disfrazadas de eficiencia. La experiencia que otros países han vivido muestra que las transiciones exitosas son aquellas que logran avanzar sin perder el rumbo, aun cuando el camino resulte incómodo. No se trata de idealizar el proceso, sino de comprenderlo. La democracia no se edifica sobre atajos, sino sobre decisiones difíciles sostenidas en el tiempo. La transición venezolana puede que sea un poco larga, incómoda y moralmente exigente. No ofrecerá satisfacciones inmediatas ni respuestas perfectas. Pero es, aun así, el único camino viable para consolidar una democracia auténtica, estable y duradera. Entenderlo no debilita la esperanza; la hace más realista. Y en política, la esperanza que se apoya en la realidad es la única capaz de sostenerse en el tiempo. @freddyamarcano |
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