| ¿Adiós al pensamiento crítico? |
| Escrito por Mibelis Acevedo D. | X: @Mibelis |
| Martes, 18 de Noviembre de 2025 03:02 |
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deja -como suele suceder con el humor- una sensación tan agridulce como reveladora. En medio de su monólogo, y como si al decirlo en voz alta cayera en cuenta del anacronismo, confiesa a su audiencia: “hacíamos algo… (va a sonar muy raro) … algo que se llamaba… pensamiento crítico…” Las carcajadas dan fe de que el sarcasmo encajó su sutil espina. La “extravagante” costumbre de los miembros de la generación X es descrita así por Leggero: “escuchabas a las dos partes de la historia hablar de un tema, de un problema, y luego (esto es muy loco) … ¡te hacías una opinión propia que luego te guiaba en la vida!” Hay que reír, naturalmente, ante el primoroso ejercicio de ironía (evidente para quienes, apelando justamente al pensamiento crítico, no se pierden en la ofuscación al tratar de pescar allí un intento “serio” de caracterización sociológica). Lo cual no significa que, por vía de la observación, no proponga una reflexión de mayor calado. Los retozos que el propio Freud analizaba en "El chiste y su relación con lo inconsciente" –donde habla del humor como uno de los rendimientos psíquicos más elevados- y que sirven para sublimar la “emoción dolorosa”, no hacen que esta desaparezca. Al contrario. Leggero apunta su dedo hacia un trágico déficit de tiempos marcados por la tiranía del algoritmo. El pensamiento crítico parece cada vez menos necesario como recurso para afrontar la clase de conversación pública que fomenta y da base a una democracia de calidad.
Pensamiento crítico… ¿nos has abandonado? Viejo-nuevo antídoto contra la posverdad. Vacuna que corta el paso al demagogo. Recurso que fuerza al sujeto político a desarrollar y valorar su autonomía. Esa capacidad de evaluar, comprender e inferir a partir de la información obtenida de la observación, la experiencia, la reflexión o el input de fuentes externas, es vital a la hora de determinar la credibilidad de dichas fuentes o de emprender el cuestionamiento de formulaciones propias y ajenas. Poder distinguir datos soportados por criterios técnicos y objetivos (como los que produce el periodismo de calidad, no el panfleto) de aquellos que rehúyen la verdad o buscan desinformar, debería ser una destreza imprescindible en una era caracterizada por la sobreabundancia informativa y el dominio de las TICS. La contradicción es elocuente, sin embargo. Porque mientras más información se comparte hoy, menos disposición a aprehender la complejidad, menos rechazo a un espacio público monolítico o al conformismo ideológico parece haber.
Sin esa disposición a relacionar palabras con enunciados, a juzgar y decidir razonablemente sobre esa base para construir y transformar el entorno, es difícil afrontar situaciones problemáticas en las que se impone tomar posición y actuar en consecuencia. Las simplificaciones propias del populismo, las etiquetas y dicotomización con las que se reduce la compleja realidad a representaciones homogéneas, absolutas, toman ventaja en este caso, creando atajos cognitivos que afectan la dimensión relacional de la política. Y es que tener pensamiento crítico implica no sólo sensibilización ante la realidad y disposición para abordar contrastes. En cierto modo es también un compromiso de intersubjetividad, -el "mundo" que emerge de la acción y el diálogo compartido, dice Arendt- una actividad que no puede prescindir del otro “al tomar una postura de acción transformadora de la persona y de la sociedad” (Lipman, 1987). De allí su importancia para la vida pública. Pensar críticamente no se trata de tener la razón, advierte Daniel Kurland, sino de considerar todas las posibilidades confiando en que ese hábito evitará que el prejuicio sesgue las decisiones (2005).
La autonomía inquiere y salva Pero recordemos, además, cuán útil aunque complicado ha resultado siempre desafiar el paradigma imperante para aquellos que deciden pensar de forma autónoma, "sin barandillas". Viene a colación el célebre caso de las brujas de Zugarramurdi, en plena época de Inquisición en Europa, por ejemplo. Un episodio que, paradójicamente, contrasta con las ciénagas de la leyenda negra, al reivindicar el audaz pensamiento crítico de un inquisidor, una negación del arquetipo: el español Alonso de Salazar y Frías. En medio de la histeria colectiva y con modos que evocan al héroe ficticio de Eco en “El nombre de la Rosa”, William de Baskerville, este verdadero “abogado de las brujas” -Gustav Henningsen dixit- no sólo mantuvo cabeza fría y se enfrentó a sus frenéticos pares del tribunal de Logroño. No sólo se enfocó en la evidencia, conversó con los testigos, desestimó la superstición. No sólo concluyó racionalmente que eran “cosa de risa”, “embuste y patraña” las denuncias que cundían al norte de Navarra, al ir a recoger in situ, cual antropólogo, información empírico-sustantiva; sino que además impulsó un histórico cambio legislativo. Tras el memorial de Salazar y en despliegue de flexibilidad y moderación, la Corte Suprema de la Inquisición y luego los tribunales civiles niegan en 1614 la existencia de la brujería en España. Y lo que no existe, pues, no puede ser perseguido.
Apagón cognitivo El morbo inquisitorial de hoy adquiere otros talantes. Anteponer la lógica a la opinión generalizada, la racionalidad a la metafísica, a menudo trueca en práctica sospechosa. Una que en pos de equilibrios puede acabar tachada de “tibia”, no comprometida. La incertidumbre, esta excepcionalidad que ya se percibe cíclica, va desplazando aquellas visiones que impugnan el sesgo binario, y anima más bien a cancelar la duda, a procurar ecos anestesiantes; no importa si con ello se anulan singularidades y matices. No en balde el apagón democrático coincide con este “apagón cognitivo”: la decisión de dejar de buscar la verdad en el desacuerdo para abrazar la unanimidad en la creencia. ¿Cuál es ese hilo que conecta al pensamiento crítico con la democracia, y que colapsa a merced de la fugacidad, la cultura de la sustitución, el vértigo comunicativo? Quizás tenga que ver con esa cantidad/cualidad de tiempo que ambos demandan para optimizar procedimientos, penetrar la complejidad social y después, sólo después de un adecuado tránsito, producir resultados. El pensamiento crítico, dice Ken Petress, incluye la evaluación del proceso que lleva a la toma de decisiones; por eso mismo entraña, tal como ocurre con la democracia, “energía, habilidad y dedicación”, no precipitación. Un pensador crítico escucha a los otros y ofrece feedback; plantea preguntas oportunas, evalúa argumentos, admite vacíos de conocimiento, verifica opiniones ante nuevas evidencias; atributos que, imbuidos de un sentido dialógico, revisten valor social. Su curiosidad e interés por detectar soluciones, desestimar información incorrecta o irrelevante, por establecer criterios para analizar ideas, creencias, convicciones, opiniones y contrastarlos con los hechos, convierte al pensador crítico en motor de esa deliberación que resiste al dogma y desatornilla el riesgo de las adhesiones incondicionales. Precisamente: al calor de una cultura de cancelación de la palabra y encumbramiento de la acción -y ello arrastra al diálogo, el intercambio de ideas, percibido como lento e “ineficiente”- se ha ido cocinando la desmaña cognitiva propia de la época. Un déficit que es especialmente nocivo para los asuntos públicos, pues hace del ciudadano un blanco de la patológica admiración por personalidades políticas, libradas estas últimas de la mirada que interpela sus humanas fallas y omisiones, sus intenciones y desempeños. Menuda emboscada. La “vieja costumbre” de pensar críticamente y a contrapelo del fanatismo, promete una marcha espinosa en medio de este paroxismo que lleva a fichar brujas y santos, ángeles y demonios en cada esquina.
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