| La complejidad venezolana: Entre el desorden y la posibilidad |
| Escrito por Freddy Marcano | X: @freddyamarcano |
| Martes, 18 de Noviembre de 2025 02:49 |
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El país se encuentra atrapado entre estructuras que ya no logran sostener el equilibrio y las nuevas formas de organización social que intentan emerger en medio del desconcierto. Desde la teoría de la complejidad, tema que comenzamos a introducir desde el artículo anterior, este momento en el que nos encontramos no representa simplemente una crisis, sino un punto de bifurcación. Ilya Prigogine explicaba que cuando un sistema llega a ese límite, solo tiene dos caminos: se renueva o se desintegra. La historia no es lineal: los pueblos, como los sistemas vivos, atraviesan fases de desorden que preparan el terreno para una nueva forma de orden. En el caso venezolano, ese tránsito ha sido prolongado y doloroso, pero sigue siendo, en esencia, una oportunidad para redefinirnos como nación. La sociedad venezolana ha vivido bajo el mito del control: la idea de que los grandes proyectos políticos pueden dominar la incertidumbre, imponer un orden total y garantizar resultados previsibles. Ese espejismo ha acompañado tanto al autoritarismo como a las visiones mesiánicas que prometieron estabilidad a cambio de obediencia. Pero la realidad, como diría Prigogine, es irreductiblemente inestable. Ningún sistema cerrado puede mantenerse indefinidamente; todo intento de negar el cambio acelera su colapso. En este sentido, la Venezuela actual puede verse como un sistema que perdió su capacidad de disipar el desorden: instituciones que ya no absorben tensiones, economías que no redistribuyen, liderazgos que no logran transformar la energía social en proyectos colectivos. El pensamiento complejo desde la propuesta de Edgar Morin, enseña que los sistemas vivos —incluidas las sociedades— no pueden comprenderse desde una sola lógica. En ellos coexisten el orden, el desorden y la organización. En Venezuela, la erosión de las estructuras tradicionales del poder convive con la emergencia de nuevas formas de vida social: comunidades que se auto organizan, redes solidarias que sustituyen funciones del Estado, ciudadanos que aprenden a sobrevivir en la incertidumbre. Lo que desde la superficie parece caos absoluto, encierra un proceso más profundo de reorganización silenciosa. La tarea del pensamiento político, especialmente desde la visión socialdemócrata, consiste en reconocer esas dinámicas, fortalecerlas y conducirlas hacia un proyecto democrático de reconstrucción.
Esta visión contrasta con la tentación de interpretar la crisis venezolana desde el fatalismo o la nostalgia. Prigogine sostenía que el tiempo es creador: el futuro no está determinado, se construye a partir de la interacción de múltiples factores. Morín, por su parte, nos recuerda que las sociedades se regeneran a partir de su propia capacidad de aprendizaje. En ese sentido, la salida del laberinto venezolano no depende exclusivamente de la sustitución de actores políticos, sino de una profunda reconfiguración de la conciencia ciudadana y de las formas de relación entre Estado, sociedad y economía. La reconstrucción no será una restauración del pasado, sino una metamorfosis hacia un orden más complejo y más humano. En términos prácticos, la aplicación de la teoría de la complejidad al análisis político venezolano implica aceptar que no hay soluciones lineales. Cada acción genera reacciones imprevistas y cada reforma produce consecuencias no calculadas. La política, entendida como gestión de la complejidad, requiere flexibilidad, aprendizaje y apertura. La rigidez ideológica y la simplificación de los problemas conducen al estancamiento. Por ello, la socialdemocracia contemporánea —que combina libertad política con justicia social— debe pensarse como una práctica adaptativa: capaz de convivir con la incertidumbre, de reconocer el valor del disenso y de articular los esfuerzos dispersos de la sociedad civil hacia un horizonte común. El desorden venezolano, mirado desde esta perspectiva, no es solo el resultado de un fracaso político, sino el reflejo de un proceso de reacomodo estructural. Las viejas certezas se derrumban: el petróleo dejó de ser garantía de prosperidad, el Estado perdió su rol de mediador, los partidos políticos se diluyeron, y la sociedad, fragmentada, busca nuevos mecanismos de sentido y de supervivencia. En medio de esa aparente disolución, surgen iniciativas que anuncian otra etapa posible: emprendimientos ciudadanos, redes académicas, movimientos locales, experiencias de cooperación que funcionan como microestructuras disipativas. Son pequeños núcleos de orden emergente, señales de que el país no está detenido, sino reorganizándose bajo otras lógicas. Esa reorganización, sin embargo, necesita ser comprendida y acompañada. La tarea política del momento no consiste en imponer un nuevo orden, sino en permitir que las energías dispersas del país encuentren cauces institucionales. La complejidad nos enseña que los sistemas no evolucionan por control, sino por interacción. El liderazgo político debe actuar como un catalizador de esa interacción, no como un obstáculo. En un entorno tan volátil como el venezolano, las decisiones deben asumirse con prudencia, pero también con creatividad. Cada política pública, cada acuerdo social, cada gesto institucional debe entenderse como parte de un sistema en transición. La clave está en favorecer la estabilidad dinámica, no la rigidez. La Venezuela que emerge del caos no será idéntica a la que conocimos. Y ese hecho, lejos de ser una tragedia, puede ser una oportunidad. Prigogine hablaba de los “instantes de bifurcación” como momentos en que el sistema puede elegir su futuro. El país se encuentra precisamente en uno de esos instantes: puede seguir desintegrándose o transformarse en una sociedad más abierta, plural y democrática. Pero para ello, necesitamos un pensamiento político capaz de integrar la ciencia y la ética, la razón y la emoción, el conocimiento técnico y la sensibilidad humana. Morín lo resume en una idea simple y profunda: comprender es unir lo separado. Solo comprendiendo la complejidad de nuestro propio caos podremos construir un proyecto común que no sea una imposición, sino una creación colectiva. La crisis venezolana, vista desde la ciencia del caos y el pensamiento complejo, no es el fin de la historia, sino el inicio de una nueva etapa evolutiva. En ella, el ciudadano tiene un papel central: no como espectador pasivo, sino como agente de auto organización de reconstrucción institucional. La socialdemocracia, entendida en su sentido más moderno, debe ser el espacio político que facilite esa transición, que defienda la libertad sin renunciar a la justicia, que promueva el orden sin asfixiar la diversidad, que abrace el cambio sin miedo a la incertidumbre. En última instancia, Venezuela no saldrá del caos por decreto, sino por comprensión: por la capacidad de aprender del desorden y de convertirlo en posibilidad. |
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