| Las elecciones del 25 de mayo |
| Escrito por Trino Márquez C. | X: @trinomarquezc |
| Jueves, 22 de Mayo de 2025 06:50 |
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se realizarán bajo la sombra de lo ocurrido en la elección presidencial del 28 de 2024. Las sospechas que se crearon en torno de los resultados entregados por el Consejo Nacional Electoral (CNE), la negativa del organismo a presentar las actas de votación y, en general, todo el ambiente turbio que rodeó esa consulta, han creado numerosas aprehensiones en el electorado. Esa desconfianza poco o nada tiene que ver con el descreimiento en el voto como instrumento de lucha. Los venezolanos, cuya vocación por la paz y la convivencia pacífica está a prueba de toda duda, siguen convencidos de que votar es un acto de reivindicación ciudadana y la mejor vía para constituir los poderes públicos y cambiar de forma pacífica y civilizada el Gobierno. Esta certeza no está en cuestión. Lo que los venezolanos exigen es que se aclare lo sucedido el 28-J. Que se despeje la incertidumbre. Por eso, me parece de un simplismo vacuo trazar la línea de demarcación entre quienes creen en la democracia y el voto como forma de expresión y quienes abjuran de esa poderosa herramienta, optando por la abstención, que sólo conduce a la derrota y la frustración. El tema en la Venezuela actual resulta mucho más complejo. En las encuestas que conozco, especialmente los estudios de Consultores 21, queda en evidencia que la inmensa mayoría de los venezolanos sigue pensando que votar es el camino idóneo para resolver las diferencias entre visiones contrastantes acerca del presente y el futuro del país. Descartan la violencia como fórmula de lucha. No desean que en Venezuela se produzca un golpe de Estado y, mucho menos, que haya una invasión extranjera. Pero, ese apego a la paz no los lleva a la creencia ingenua de que su voto en las nuevas elecciones será respetado. Las suspicacias no están determinadas por el llamado a la abstención de los sectores que apoyan a María Corina Machado y a la Plataforma Unitaria Democrática (PUD). El escepticismo surge de la propia experiencia y convicciones de los votantes, quienes no consideran que sufragar sea un rito mecánico o un acto de fe supersticioso, sino una forma consciente de materializar su condición de ciudadanos con derechos políticos. Me desconcierta oír a veteranos dirigentes políticos democráticos diciendo la colección de lugares comunes y frases hechas que pronuncian cuando se refieren a la importancia del voto el 25-M. Parece que estuviesen hablando de un país donde todo trascurre con normalidad y, simplemente, ese día se trata de reafirmar la solidez de las instituciones republicanas. Hablan de las personas que no quieren votar, incluidos los dirigentes, como si se tratase de unos desadaptados, incapaces de comprender el significado del sufragio para contribuir a que las instituciones funcionen con normalidad. Otros más creativos invocan la conveniencia de preservar los espacios institucionales para impedir que el oficialismo cubra todas las rendijas de poder. Nada que cuestione es status quo. En Caracas y algunas ciudades del interior han aparecido pintas con la leyenda “Yo ya voté el 28-J”. En esa sencilla y escueta frase no hay nada de subversivo ni anarquista. Solo existe un reclamo lógico al que toda la dirigencia opositora debería darle respuesta. La incomprensión de esa demanda tan sencilla como contundente, llevó a unos sectores a participar en la convocatoria electoral sin exigirle al Gobierno que aclarara lo ocurrido, ignorando la madurez de los electores que votaron por Edmundo González Urrutia en julio pasado. Ahora nos encontramos con un proceso en el cual sólo participará alrededor de 30% del total del Registro Electoral Permanente (REP). Ese segmento sufragará de forma muy desigual. Dentro de los grupos opositores, la abstención se encuentra por encima de 80%, mientras que en el oficialismo apenas llegará a 40%. Esto quiere decir que en un universo donde la abstención global será de 70%, el oficialismo podrá obtener la mayor parte de los cargos en disputa. sin necesidad de recurrir a mecanismos que adulteren los resultados reales. La razón es simple: si la mayor parte de los seguidores del Gobierno asiste a los centros electorales, mientras la mayor cantidad de opositores se abstiene, los aspirantes apoyados por el oficialismo serán quienes conquisten la victoria, aunque el volumen global de electores sea muy reducido en comparación con el REP. En Venezuela no existe quorum aprobatorio. Los candidatos obtienen la victoria con la mayoría simple. En esas condiciones, los ganadores de las elecciones serán juramentados, pero tendrán muy baja representatividad y escasa legitimidad. Estas dos condiciones están ligadas a la base social representada por los candidatos triunfadores. Si el número de electores movilizados es reducido, la representatividad y legitimidad de los funcionarios y parlamentarios escogidos, también lo será. El ‘triunfo’ del Gobierno no será por la tozudez del sector de la oposición que llamó a abstenerse, sino por la incapacidad de la dirigencia opositora a responder los reclamos de un electorado cada vez más informado y formado, que vota cuando su opinión es valorada. |
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