Patria perpetua
Escrito por Víctor Maldonado C. | @vjmc   
Lunes, 21 de Septiembre de 2009 21:42

altEsta semana Chávez se encontró perdido en el laberinto de sus propias utopías. Rousseau lo formuló antes que él al proclamar la necesidad de hombres nuevos para constituir nuevas repúblicas. Esa frase los condena a ambos, porque crear un orden político nuevo a través de la educación termina poniéndolos frente a una condición terrible

La eternidad es el reducto de la esperanza. Al final de los tiempos, cuando todos los plazos se hayan cumplido, descenderá de los cielos una nueva Jerusalén donde Dios habitará entre los hombres, les enjugará las lágrimas de los ojos, y dará por concluida la experiencia de la muerte, la pena, el llanto y el dolor. Así cierra el último libro del Nuevo Testamento. Llegará el momento en el que todo lo antiguo habrá pasado, todo lo imperfecto se habrá abatido con la presencia perfecta de Cristo Rey, alfa y omega, principio y fin, que administrará justicia, y mandará al foso de fuego y azufre ardiente a los cobardes y desconfiados, los depravados y asesinos, los idólatras y embusteros. Fin de la historia.

Verde es el árbol de la vida. Goethe significó con esa afirmación el tamaño de las dificultades que tienen los hombres para mantener su condición humana. Sobrevivir a la propia fragilidad, trabajar para producir bienestar y convivir a pesar de las diferencias son los atributos que nos hacen gente y que nos distraen de la ferocidad que nos distingue como nuestros propios depredadores. El hombre es el lobo del hombre, y hay tiempos en que esa predisposición contra los demás se ensaña contra la esperanza de lograr un mundo más perfecto. Mientras tanto civilizaciones enteras han pretendido paz y sosiego suficientes para preservar la especie, libertad y autonomía suficientes para reproducir constantemente una sociedad que trascienda la “futilidad de la vida mortal y el efímero carácter del tiempo humano”, y finalmente acción comprometida en “establecer y preservar los cuerpos políticos que permitan crear la condición para el recuerdo, esto es, para la historia”.  Hannah Arendt le otorgó al hombre el reinado sobre lo efímero, con la posibilidad de ganar algunas veces el juego del caos y el azar.

Esta semana Chávez se encontró perdido en el laberinto de sus propias utopías. Rousseau lo formuló antes que él al proclamar la necesidad de hombres nuevos para constituir nuevas repúblicas. Esa frase los condena a ambos, porque crear un orden político nuevo a través de la educación termina poniéndolos frente a una condición terrible. Los condena al ejercicio de la tiranía al tener que trajinar la misma conclusión a la que llegó Platón: La única forma es arrancar a todas las personas viejas del estado que se pretenda fundar. Por lo tanto, la patria perpetua del presidente Chávez no es una promesa sino un aviso de guerra y de aniquilación. Su proyecto tiene dos terribles condiciones y una imposibilidad. La primera ya la dije, necesita prescindir de nosotros. La segunda exige quitar de las manos de los jóvenes su propia oportunidad ante lo nuevo y lo inédito. Los esclaviza al predestinarlos. La imposibilidad es que un presidente del viejo e imperfecto mundo, sea el único predestinado para guiarnos a la tierra prometida.

La eternidad es imposible en esta tierra. Estamos condenados a pasar y a ser el abono para una historia que otros van a aprender. El lejano 2030 que nos promete nuestro optimista mandatario está regido por los designios de un dios griego sometido también a las determinaciones de un equilibrio celestial de poderes. Cuentan que las parcas son solamente tres. Frente a ellas, Zeus se reserva el pesar la vida de los hombres, y de sus decisiones informa a las creaturas que siempre van vestidas de blanco. Átropo, la menor de las parcas, pero la más terrible, es la encargada de cortar con sus tijeras el hilo de la vida. Y ni Zeus puede revertir la decisión, porque él y todos los hombres no tienen más remedio que aceptar lo dispuesto por la Diosa Necesidad, que algunos conocen como el destino.  
Chávez no será juzgado por sus promesas sino por sus realizaciones. El salmo 82 canta la medida con la que él será medido. ¿Hasta cuándo sentencias injustas, poniéndose de parte del culpable? ¿Hasta cuándo la indefensión del desvalido y del huérfano? ¿Hasta cuando la injusticia con los humildes y los necesitados? ¿Hasta cuando la opresión y la pobreza acosada por el poder de los malvados? Porque aun los que se crean dioses e hijos del altísimo, morirán como cualquier hombre, caerán como cualquier príncipe.

Para el 2030 habrán caído, víctimas de la violencia, otros trescientos mil venezolanos. Se dejarán de hacer dos millones de viviendas más, y muy probablemente habremos perdido toda nuestra capacidad productiva. Y así, con la tierra arrasada, comenzaremos la edad de oro del Chavismo.

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