Popurrí
Escrito por Ignacio Ávalos Gutiérrez   
Miércoles, 25 de Abril de 2012 03:00

altEl ex juez Aponte ha comenzado a destapar una olla cuyo guiso se sospechaba, pero no a los extremos que hemos observado.


(Aponte, Guillén, Jagua, Barreto, Fidel y un escritor catalán)
E n estos días los temas salen solitos, brincan como conejos salidos de una chistera y se posan en el teclado del computador; lo que tienes que hacer tú es mover los dedos y glosarlos. Veamos.

El ex juez Aponte ha comenzado a destapar una olla cuyo guiso se sospechaba, pero no a los extremos que hemos observado.

Escandalizan los niveles de corrupción a los que se ha llegado en ciertos rincones del poder, y angustia, sobre todo, el hecho de que nos pone en caminos que son muy difíciles de desandar, que sólo se revierten después de mucho tiempo y demasiadas desgracias para el país. Salido del propio vientre chavista, el susodicho ha prendido el ventilador que, como es sabido, sirve para repartir chantajes, pero no para administrar justicia.

Dice Jaua que el presidente Hugo Chávez es un beneficiario más, como cualquier hijo de vecina, de la Misión Barrio Adentro, como si nadie supiera de los privilegios de que goza cuando viaja a Cuba. En fin, no queda duda: en estos tiempos se ha puesto en boga el uso precipitado de la palabra.

Cualquiera dice cualquier cosa sin el más mínimo respeto por la realidad.

De ésta tenemos conocimiento a través de la versión que nos da la retórica, sobre todo si se la logra expresar en 140 caracteres. Lo dicho, pues, el Presidente es uno más entre los beneficiados de esa misión.

Mientras Hillary se contoneaba al son de una cumbia y los guardias del presidente Obama se tomaban un tiempito para el relajo sexual, Estados Unidos ratificaba en Cartagena su negativa a admitir a Cuba en la OEA, al tiempo que en La Habana el viejito Fidel se preguntaba cuánto le debe su carrera política a la torpeza de la política exterior norteamericana, incluido, obvio, el perverso disparate del bloqueo comercial.

El ex alcalde Juan Barreto declaró hace poco: "El proyecto de Ley de Desarme es burgués... El problema de la inseguridad debe resolverse rearmando al pueblo para la autodefensa", añade apartando de un codazo un axioma fundamental de la vida social, a saber, que el monopolio en el uso de la violencia lo administra el Estado. Lo otro es barbarie, sálvese quien pueda, sobrevivencia del más fuerte; en fin, todas esas disposiciones incluidas en la ley de la selva. Asusta que desde el alto Gobierno nadie haya dicho ni pío.

A Oswaldo Guillén se le ocurrió hablar bien de Fidel Castro e inmediatamente, en el Twitter, lo hicieron trizas, además de que casi lo despiden como mánager de los Marlins de Florida, todo por haber cometido el delito de opinar.

Guillén dijo luego que se sentía avergonzado y (lamentablemente) pidió perdón, al paso que juraba no volver a hablar nunca más de política, renunciando así a un derecho al cual no se puede renunciar. Al parecer Guillen ignoraba, pues, que los atletas chutan, batean, nadan o lanzan la jabalina, pero no les queda bien dejar saber lo que piensan más allá del deporte. Un viejo grafitti argentino señalaba que si Maradona fuera mudo sería perfecto y cuentan que Messi se lo tiene aprendido desde hace rato.

El escritor catalán Xavier Rubert de Ventós señala que en la democracia se mantiene el divorcio entre la relación institucional y la relación personal. El caudillismo, por su parte, reenciende la llama emotiva de la política al pretender activar la lealtad afectiva e instituir ese vínculo emocional que, como el amor, no acepta prohibiciones. En Venezuela sobran las evidencias al respecto, sobre todo en los últimos tiempos. Allí está en parte, pareciera, la explicación de nuestros avatares.


Harina de otro costal
De regreso a su apartamento, mi sobrino Bernardo que estudia en Alemania, se dio cuenta de que no tenía las llaves de la puerta.

Avanzado el atardecer, la luz peleando con la oscuridad, se regresó al parque en donde creía haberlas perdido y, oh sorpresa, allí estaban. Alguien, al verlas tiradas sobre la grama, las había colocado sobre una servilleta blanca a fin de hacerlas más visibles a su dueño cuando éste volviera por ellas. En estos tiempos ásperos en los que vivimos, un gesto como éste, de amabilidad ciudadana, se agradece de manera infinita.

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