| Alfonso |
| Escrito por Ignacio Ávalos Gutiérrez |
| Miércoles, 11 de Abril de 2012 07:02 |
El columnista de un periódico debe encarar asuntos que conciten el interés general. Y como dije, los asuntos sobran.
I. Es cuestión de sentido común, se supone, si no que lo diga el filósofo Perogrullo, que uno escribe en los periódicos para referirse a los temas que integran la que podríamos decir, sin mayores exactitudes, la agenda de interés público. Siendo así, este lugar privilegiado que me da El Nacional para poder llenar con entera libertad, si más cortapisa que la que deriva de mi leal y saber entender, y con la sola obligación de no pasarme de los 4.000 y pico de caracteres, cuenta siempre con muchos motivos cada miércoles. El problema no es, pues, buscarse un tema, sino escoger entre varias decenas porque siempre están sucediendo cosas con las que es fácil hilar cuartilla y media, visto que últimamente el planeta anda de complicación en complicación y el menú nacional es, por su parte, muy prolijo. Cierto, Venezuela se nos ha vuelto un lugar muy acontecido, al punto que algunos que nos miran desde afuera, dicen, con envidia digna de mejor causa, que nos hemos convertido en un país interesante, mientras uno, en sus adentros, se acuerda de la conocida maldición china y quisiera que no lo fuera tanto, que ojalá tuviéramos una sociedad más normalita, en donde la vida transcurriera sin tanta sorpresa, ni tanto brinco, ni tanta violencia y sin que te provocara tragarte una pastillita sedante que te deje ver, con la magia de la química, que la vaina no está tan arrecha como a veces piensas. II. Se entiende, pues, que el columnista de un periódico debe encarar asuntos que conciten el interés general. Y como dije, los asuntos sobran. Estamos ahora, por ejemplo, conmemorando los hechos de abril, que todavía a estas alturas, una década después, le pasan factura al país, un asunto sobre el que parecería imperdonable no escribir en este momento. Como también lo sería, por decir otra cosa, ignorar de qué manera se quiere fundar un Estado Comunal para darle más poder a la gente, mientras el autoritarismo se acentúa y el culto a la personalidad del Presidente se hace intragable desde el punto de vista democrático. O, por mencionar una última cosa, no referirse a la candidatura de Capriles, a fin de analizar si va bien, mal o todo lo contrario. Pero hoy, estimado lector, apelo a su comprensión; le ruego me disculpe una digresión, en nombre de mi vida. Al fin y al cabo yo tengo un vínculo de vieja data con usted y siento, de mi parte, que, a pesar de que ni siquiera nos hemos visto las caras, la relación se ha vuelto inclusive afectuosa. Por eso, ¿cómo no voy a contarle que el Jueves Santo murió, más o menos a las 5:00 pm? ¿Cómo no explicarle que fue después de una operación del corazón?, ese motorcito del que dependemos, la cual duró siete horas con los médicos empeñándose en desafiar las estadísticas. "Es que sólo tenemos 30% de posibilidades de éxito", dijeron, un porcentaje que permaneció en la atmósfera durante esa espera eterna. Decirle, pues, que a la postre al fulano motorcito no le dio la gana de funcionar más y hasta allí llegó la vida de mi hermano Alfonso, ese tipo entrañable y simpático, infinitamente habilidoso, capaz de llevar a cabo con éxito miles de ocurrencias a lo largo de sus sesenta años recién cumplidos. Comentarle, pues, a cuenta de esta relación anónima e invisible que mantenemos, que los de la familia quedamos tristes, con una tristeza honda que cala los huesos, e informarle, así mismo, esta vez ya en tono de queja, que nos abandonó de repente, sin despedirse, ligero de equipaje, como diría el poeta Machado y poniendo cara, mientras lo llevaban al quirófano, de "nos vemos en un ratico, espérenme, ya regreso, vayan abriendo la botella de tequila". Por eso, aquí, entre nos, no me extrañaría que se crea que aún continúe vivo, mientras nosotros nos apañamos para aprender a andar sin él. III. En fin, no nos queda otra, entonces, sino recordarlo con amor, pero sin quitarnos jamás la curita de la que alguna vez habló Mafalda, la que se coloca para ablandar las punzadas del alma. Gracias, pues, querido lector, y perdone usted el abuso de confianza, pero para eso, para contarnos estas cosas, es que somos conocidos, aunque nunca nos hayamos visto. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla www.el-nacional.com / OyN |
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