De la peste a la palma
Escrito por Francisco Gámez Arcaya   
Martes, 27 de Marzo de 2012 08:43

altTres años antes del matrimonio de Juan Vicente y María de la Concepción, los padres del Libertador, Chacao no era más que un caserío de campesinos en medio de lejanas haciendas cafeteras ubicadas en las faldas del Ávila. En medio de ese caserío, en 1770, vivía el joven cura y recién nombrado párroco de San José de Chacao, José Antonio García Mohedano.

El Padre Mohedano, como se le conoció desde siempre, había nacido en España veintinueve años atrás, en 1741. Por aquellos años del siglo XVIII, los párrocos de pueblo no solo cumplían funciones sacramentales, sino que también resolvían pleitos entre vecinos, trabajaban el campo y fungían de médicos.

Resulta que el P. José Antonio afronta su primer gran desafío pocos meses después de su nombramiento como párroco. El pueblo de Chacao, como toda Caracas, es víctima de una peste de fiebre amarilla que acaba con la vida de niños, mujeres y hombres. Mientras su pueblo moría y el llanto era el gesto común de las calles, el P. Mohedano ofrece a Dios una procesión en su honor como aquella que recibió Cristo en su entrada triunfal a Jerusalén, pocos días antes de su muerte y una semana antes de su resurrección.

El P. José Antonio organiza a su enferma comunidad y se pregunta dónde puede conseguir ramas de olivos y de palmas en un país tropical y cafetero. Los vecinos mayores del pueblo le refieren que en el Ávila había una especie de palma de hojas largas y firmes que podrían ser lo suficientemente altas como para que el cielo viera claramente desde las alturas la súplica de su pueblo enfermo. De inmediato, los peones de hacienda y campesinos autónomos emprendieron el viaje cerro arriba y volvieron con verdosos corazones de palma real que se repartieron entre los vecinos. Milagrosamente, luego de la procesión, la peste detuvo su azote.

Treinta años después, entre el dolor y el orgullo de los habitantes de Chacao, su párroco José Antonio es consagrado obispo por el primer obispo nacido en Venezuela, Monseñor Francisco de Ibarra y Herrera. El ahora Monseñor Mohedano es designado Obispo de la Provincia de Guayana y se despide de su querido pueblo.

Desde aquel año de 1770 hasta nuestros días, todos los viernes de concilio siguen subiendo al Ávila los Palmeros de Chacao, bajando al día siguiente cargados de esas mismas palmas reales que surten a las iglesias caraqueñas para las fiestas de domingo de ramos.

Arriba, como entonces, sin importar el color de la piel o de la camisa, los palmeros nos dan ejemplo de amor a las tradiciones que nos identifican y de convivencia fraternal, invariable y centenaria.

Hace doscientos cuarenta y dos años, el entonces muy joven Padre Mohedano, no imaginaba que los caraqueños de hoy transitaríamos con frecuencia una avenida adornada con su nombre, y mucho menos que su gesto de fe marcaría culturalmente a Caracas. En estos tiempos de división malsana, volvamos al Ávila, a Chacao, a la memoria del P. Mohedano y redescubramos que nuestros siglos de historia y de tradición nos unen desde siempre y para siempre a pesar de los circunstanciales y pasajeros pregoneros del odio.


@GamezArcaya


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