El chamán
Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc   
Lunes, 26 de Marzo de 2012 22:01

altEn 1938, H. R. Knickerbocker un pintoresco, inteligente e incansable periodista norteamericano visitó a Carl G. Jung y le hizo una entrevista que giró alrededor de un único tema, el diagnóstico de los dictadores. Para la época Europa estaba sobrecogida por la presencia avasallante de Hitler, Stalin, Mussolini y Roosevelt. De este último pensaba que “era una fuerza de la naturaleza: un hombre de mente superior e impenetrable, pero perfectamente despiadado, una mente altamente versátil, cuyas reacciones no se pueden predecir. Tiene el más extraordinario complejo de poder, la sustancia mussoliniana, la madera de un dictador”. Stalin y Mussolini eran, a su juicio, la representación de los jefes físicamente poderosos que dominaban las sociedades primitivas porque eran más fuertes que todos sus adversarios. Stalin, empero tenía la vileza y la tosquedad de una poderosa bestia instintiva que era propia de los conquistadores que al final devoran y destruyen lo construido por otros. Y Hitler, era un chamán.

Un chamán no es fuerte en sí mismo sino en razón del poder que la gente proyecta en él.  Es el resultado de una creencia que le confiere atributos místicos y que por lo tanto lo hace tanto o más poderoso que cualquier hombre fuerte. Carl Jung no estaba hablando de fisonomías sino “del aire soñador” que llevó a personajes como Hitler a hacer cosas que al resto del mundo parecían “ilógicas, inexplicables, curiosas y nada razonables”. Y a construir una nomenclatura partidaria completamente mística, llena de colores, frases, consignas, y nuevos significados. El Tercer Reich fue ofrecido como un nuevo comenzar y una reconexión con el imaginario mitológico vernáculo, y así fue asimilado por un pueblo que asediado por su complejo de inferioridad, necesitaba ardientemente un nuevo renacer, sin importarles el precio que por ello debían pagar.

Los chamanes tienen esa capacidad para confiscar la realidad y cambiarla por una expectativa (un sueño) que de alguna manera se conecta con lo que la gente exige en el plano de su inconsciente. Los chamanes provocan ese tipo ilusión reivindicadora que trastoca a los perdedores en posibles ganadores, a la muerte y sus amenazas en nuevas oportunidades para la vida, y esa adherencia que moviliza a la vez que provoca una total ceguera emocional. Estos atributos así combinados bordean por lo general  la posibilidad de una catástrofe que nadie se atreve a anticipar. Jung temía que “todos esos símbolos, guiados por su profeta, apuntan a un movimiento de masas que va a barrer a los alemanes en un huracán de emociones irrazonables y en un destino que quizá solo el vidente, el profeta, el Führer mismo, puede prever, y quizá, ni siquiera él… porque el poder de Hitler no es político, es mágico”. ¡Y la magia no existe!

Los chamanes no son poderosos sin gente que crea en ellos. Son el producto de catástrofes psíquicas y de espacios vaciados de realismo, que solo la alusión constante y consistente a la realidad puede conjurar. Un chamán sin magia es solamente un farsante. Un chaman sin resultados que pueda mostrar no es otra cosa que un estafador.

Algunos piensan que Chávez tiene todos los atributos de un chamán caído en desgracia, pero que sin embargo tiene todavía seguidores. No sólo porque no transmite poder aquel que se reconoce enfermo, sino porque fracasó cuando intentó el milagro de su propia curación por decreto habilitante.  No es solo por su propia condición, sino porque habiendo intentado miles de veces la refundación del país, sus resultados pueden resumirse hoy  en la bora que ahora cubre nuestros principales embalses, contaminados hasta la insania. ¿Y quién quiere un chamán que luce tan pavoso como empavado? Jung pensaba que las equivocaciones de los pueblos que eligen como líderes a los chamanes se pagan en forma de contrición, reconocimiento de la realidad y mucha educación. El fundador de la escuela de psicología analítica advertía que cuando el fracaso del chaman es irreversible, las sociedades entran en una especia de resaca. “No saben lo que han hecho, y no lo quieren saber. Su único sentimiento es una tristeza desatada”. Y la única salvación posible es trabajar poco a poco, educando al individuo, no tanto mediante el uso masivo de los medios de comunicación, sino a través de la persuasión hombre a hombre, casa por casa, como si estuviésemos al frente de una nueva cruzada. “Ese es el camino que debemos seguir si queremos conquistar a los demonios”.

No será fácil rehacernos de tanto misticismo, pero es posible si contraponemos un discurso y una práctica que se conecte con las nuevas necesidades de la gente, esperanzada ahora en que algo cambie, así sea el brujo, para tener nuevos motivos de esperanza.

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