| De cómo los británicos construyeron el orden mundial (III) |
| Escrito por Carlos Balladares C. | X: @Profeballa |
| Jueves, 27 de Agosto de 2026 00:00 |
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“Asumir la carga del hombre blanco/ Enviad a los mejores de vuestra estirpe/ Ve y ata a tus hijos al exilio./ Para satisfacer las necesidades de tus cautivos;/ Esperar con arnés pesado/ En gente revoloteando y salvaje/ Vuestros pueblos hoscos recién capturados,/ Mitad demonio y mitad niño.” (Rudyard Kipling, 1899, “La carga del hombre blanco”).
La “Marcha del coronel Bogey” (Kenneth J. Alford, 1914) se popularizó con la película angloestadounidense “El puente sobre el río Kwai” (David Lean, 1957), y cada vez que la escucho viajo a ese momento maravilloso de mi niñez que con tan solo 6 años la vi en la TV con mis dos hermanos. Al volver a clases todos mis compañeros la tarareaban y marchábamos al igual que los soldados británicos que lo hacían orgullosos de ser parte del Imperio Británico. En el filme el coronel Nicholson (representado por Alec Guinnes), aunque habían sido derrotado por el Imperio del Japón y ahora era su prisionero junto a sus soldados, decide cumplir con lo que se convirtió, desde inicios del siglo XIX, en “la misión” del Imperio: civilizar el mundo. Para ello construye el puente aunque esto sea colaborar con el enemigo, porque como dijo el poeta Kipling en sus versos claramente racistas, de esta forma “los mejores de vuestra estirpe… en el exilio” llegan a “satisfacer las necesidades de… los pueblos hoscos… mitad demonio y mitad niño”. En esta serie sobre la formación del Imperio Británico que hoy finalizamos nos hemos basado en varios textos y documentales pero principalmente en el libro Empire: How Britain Made the Modern World del historiador Niall Ferguson (2003). Por sugerencia de nuestro colega Ysrrael Camero, agregamos el de Erik Hobsbawn (1968): Industria e imperio. Son un contraste perfecto: el primero “liberal” o “neoconservador” revisionista, dando un mayor énfasis a los aspectos institucionales y culturales (perspectiva cercana a la nuestra y que consideramos más realista), y el segundo marxista, centrado en lo socioeconómico (aspecto que jamás desatendemos ni rechazamos, pero que a diferencia de las izquierdas no lo consideramos determinante o una “ley”). Ferguson reconoce al dedicar espacio e incluso denunciar la participación del “Primer Imperio Británico” (desde 1583 con la exploración y los primeros asentamientos hasta 1783 con la pérdida de sus colonias en norteamérica salvo Canadá) en el “comercio triangular” que se centró en la producción de azúcar (Jamaica y Barbados) por la cual dominó la criminal trata de esclavos, pero a pesar de este crimen se establecieron instituciones, libre mercado y globalización. Hobsbawn por su parte señala que el imperio era “parasitario” al establecer monopolios coloniales con el apoyo del Estado y la Royal Navy, y gracias esto fue posible el proceso industrializador. Ferguson defiende su tesis principal: la modernización del mundo fue lograda gracias a la expansión de la institucionalidad y la cultura occidental sobre todo en el “Segundo imperio británico” (1783-1945), cuando centra sus esfuerzos en Asia y África. A diferencia de su primera etapa depredadora (“pirata”) y esclavista, en la segunda asumió una “misión” civilizadora (y así el autor titula su capítulo 3: “The Mission”) que nace con los movimientos de revitalización protestante conocidos como “Great Awakening” que promueven el proselitismo religioso. Esto generó el surgimiento de un gran movimiento para eliminar la trata de esclavos (1807) y finalmente la abolición de la esclavitud en todo el imperio (1833-34) (ver biopic sobre su líder: William Wilberforce: “Amazing Grace” dirigida en el 2006 por Michael Apted). Durante la “era victoriana” (1837-1901) la expansión imperial no respondió exclusivamente a razones económicas como afirma Hobsbawn y en general los marxistas o economicistas (búsqueda de materias primas baratas, la mano de obra esclava, mercados cautivos pero también la expansión comercial), sino también y especialmente por la misión “divina” de cristianizar (conversión religiosa), establecer normas sociales de conducta apegadas a los valores cristianos, llevar salud y educación científico técnica y erradicar la esclavitud. En pocas palabras: occidentalizar. Al ver los documentales sobre el Imperio Británico casi todos comienzan con la misma idea: ser el de mayor extensión territorial y poblacional de la historia a principios del siglo XX, pero nuestro interés está en identificar el papel que jugó el Reino Unido en las dos guerras mundiales, y comprender cómo su modelo imperial despertó la ambición y el conflicto de otras potencias nacientes como Alemania, Japón, Italia, Estados Unidos, entre otros. El poema que citamos al principio no está dedicado a Gran Bretaña sino a Estados Unidos, como una forma de animarlo en su naciente imperio a seguir los pasos de su madre patria. Los británicos se impusieron como primera potencia del mundo al finalizar la “Guerra de los siete años” (1756-1763) pero no será hasta 1815 que Francia deje de intentar arrebatarle dicha posición con las guerras relativas a la Independencia de los Estados Unidos (1778-1883) y luego con las llamadas Guerras Napoleónicas y sus conflictos previos por el asesinato de Luis XVI (1792-1815).
Los historiadores afirman que la Royal Navy no tiene el dominio total de los mares hasta vencer a la flota de Francia y España en la Batalla de Trafalgar (1805). Sobre este período (1792-1815) la producción cinematográfica es abundante, se pueden contar hasta casi 200 filmes. Pero nosotros tenemos nuestro preferida, que es lo mejor que se ha hecho sobre batallas navales de la era de la vela: “Master and commander: the far side of the world” (Peter Weir, 2003), basada en varios novelas de la serie “Aubrey-Maturin” del escritor Patrick O’Brian. De esta serie de 20 libros somos lectores asiduos aunque no la hemos terminado. Una producción del mismo tema (la Royal Navy durante las guerras napoleónicas) y también basada en una serie de 11 novelas de C. S. Forester está el “El capitán Horatio Hornblower” que tiene su película en 1951 (Raoul Walsh con actuación de Gregory Peck) y su serie de TV de 1998 a 2003 con 8 episodios y con el mismo actor que hizo W. Wilberforce en “Amazing Grace”: Ioan Gruffudd. Al finalizar las Guerras Napoleónicas desde 1814 a 1815 en el Congreso de Viena, siguiendo la perspectiva historiográfica de Henry Kissinger (1994. “La Diplomacia”), se puede afirmar que el ministro de relaciones exteriores de Austria: Klemens von Metternich, no solo restablece las fronteras previas a la expansión francesa y los regímenes monárquicos, sino que también apoya el objetivo de la potencia que lideró la victoria. Y este no es otro que crear un equilibrio de poder en Europa que impida el surgimiento de una nueva potencia que busque la hegemonía del continente (la “Pax Britannica”). De esta forma el Reino Unido pudo dedicar todos sus recursos a la expansión imperial, e incluso motivar por reacción que otros países lo hicieran. Europa, y Gran Bretaña, empezó un proceso de migración que se dedicaron a la colonización de África, Asia y Oceanía, pero también poblar principalmente Estados Unidos y en segundo lugar el resto del continente americano. El Imperio Británico se centró principalmente en la India que pasó de ser controlada por la “Compañía de las Indias orientales” gradualmente hasta que se estableció el llamado “Raj británico” (1858-1947) después del fracaso de la rebelión o motín de los “cipayos” desde el año anterior. Sobre este tema hay muchas producciones cinematográficas, en especial de la India con su poderosa industria del cine. Nos quedaron una serie de temas por tratar pero esperamos retomarlos cuando nos dediquemos a la competencia imperial desde 1870-1885 hasta la Primera Guerra Mundial. La próxima semana iniciaremos una serie de dos artículos sobre los Estados Unidos como herederos de esta tradición expansionista anglosajona.
Lee también: El nacimiento del Imperio Británico (II)
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