| Trono de sangre tropical |
| Escrito por Dr. Ángel Rafael Lombardi Boscán | @lombardiboscan |
| Domingo, 22 de Marzo de 2026 17:19 |
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“Lo que está hecho, no puede deshacerse” (What´s done cannot be undone). Macbeth de Shakespeare.
“Ofrezco mantener a Colombia en paz con la ayuda del victorioso ejército de Ayacucho”. El poder obtenido mediante la sangre nunca ofrece paz. Bolívar y sus “juegos de trono” es el escondite de una gloria tallada en la posteridad. Entre los años 1826 y 1830 el gran hombre pasó de los cielos hasta el infierno. Sus lugartenientes principales se rebelaron. El Estado colombiano, arruinado y macrocéfalo, fue un cascarón institucional vacío. El ejército libertador era a su vez un ejército de ocupación. Poner orden en el desorden se convirtió en una obsesión para Simón Bolívar. Al mundo civil lo despreció. Sólo la fuerza concentrada en su propia voluntad a través del partido militar podía aplacar el dislocamiento de una arquitectura tan precaria como lo era la Gran Colombia (1819-1831). “Si los señores del Congreso decidieron obligar a Páez a acudir a Bogotá y él se niega a obedecer, no soy yo el responsable de ese dislate. Si el ejército está inquieto porque está mal pagado y sólo se le recompensa con la ingratitud, tampoco es mi culpa. Tampoco soy responsable de que la gente de color se rebele y lo destruya todo porque el Gobierno es demasiado débil para ejercer su autoridad”. La Tocata y fuga en re menor BWV 565, de Johann Sebastián Bach, es la partitura más idónea para comprender que Simón I de los Andes se mancilló la mente al pie de su obra. “El error de Bolívar fue no volver a Colombia”. Los historiadores, dice la conseja metodológica al uso, no juzgamos. Aunque es inevitable ejercer algún tipo de valoración. Y Gerhard Masur, uno de los buenos biógrafos de la figura mastodóntica que fue el caraqueño, lo hace con respeto. “Muchas circunstancias coadyuvaron a la notoria ceguera de Bolívar. No era administrador; en momentos de emergencia sabía dominar la situación, pero le molestaban los trámites administrativos y detestaba el trabajo detrás de un escritorio. Pocas oportunidades deja pasar sin hacernos conocer ese rasgo de su carácter. Bolívar no tuvo la capacidad de Federico el Grande de volver a los asuntos civiles después de siete años de guerra y dedicarse el resto de su vida a tareas de reconstrucción y administración”. Hay que recordarle a Masur que Bolívar nunca “volvió a los asuntos civiles”. Su aire era la guerra. Nacido en julio, sus estrellas le convirtieron en un Leo, signo de fuego, signo de actividad volcánica. Es probable que su ascendente sea el geminiano ya que la convulsión dialéctica le consumió entre el poder absoluto y el poder delegado. Es notable que los astrólogos no hayan escrito una obra sobre Bolívar guiado por su carta astral de nacimiento. Otro rasgo de su carácter o personalidad fue la intemperancia a la crítica. Había escalado muy alto para aceptar los reproches de sus detractores. El escudo de la dictadura era el más confortable para aplastar a los resentidos de su gloria. En Bogotá, a finales del fatídico año 1828, nos encontramos con una faceta silenciada del Libertador. Cerrando periódicos y quemando imprentas. Persiguiendo a la masonería por conspiradora. Consultando al Clero en asuntos de Estado y viéndose como penitente en las misas dominicales. Su giro reaccionario hasta le llevó a “donar” la Gran Colombia a los británicos. Bolívar se encontró en un despiste monumental. Ya sin ejército obediente, sino más bien una guardia personal pretoriana bajo el mando de Rafael Urdaneta y Florencio O´Leary, se dedicó a reprimir a los enemigos del Estado. Es decir, a él mismo. En septiembre, el 25 sin luna, lo fueron a matar. Entre los conspiradores no había un solo odioso español o canario. Los que portaban el cuchillo eran antiguos aliados americanos criollos. Santander, el vicepresidente, fungió como el cerebro del complot. “El origen de nuestra existencia es impuro. Todo lo que nos ha precedido está cubierto por la culpa del crimen. Con esta mezcla de sangre, con estos elementos morales, es imposible dictar leyes o establecer principios para hombres”. Esta muy rara confesión de Simón Bolívar, en una carta privada dirigida a Santander, revela con toda crudeza humana las dudas del militar victorioso incapaz de ordenar la paz. Y algo más chocante aún: el despliegue de la muerte sin sentido. Una Independencia muy cara en vidas humanas. La destrucción radical del orden imperante, el colonial o hispánico, por una realidad social nueva hecha jirones. Un pueblo arruinado e indiferente a los móviles de una historia horrible y funeraria. Que sin la menor duda extrañó la placidez de la esclavitud de los borbones.
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