| El día que Rómulo Betancourt esquivó la muerte en Cuba |
| Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua |
| Martes, 19 de Agosto de 2025 00:00 |
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Desde 1948, cuando la Junta Militar encabezada por Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez derrocó al gobierno democrático de Rómulo Gallegos, el líder de Acción Democrática se había convertido en enemigo público de la dictadura venezolana. Pasó por Costa Rica y luego recaló en La Habana, protegido por el presidente Carlos Prío Socarrás, pero hostigado por redes de espionaje que cruzaban fronteras. Betancourt sabía que su prestigio y su sola presencia en tierras libres eran una amenaza para los regímenes autoritarios del continente. La tarde del 18 de abril de 1951, en el barrio del Vedado, esa amenaza casi se extinguió con un solo gesto. El sol caía tibio y las calles parecían tranquilas. Betancourt, vestido con traje claro, salió de la casa donde residía y se dirigió a su automóvil. Años después, recordaría el instante con precisión quirúrgica: “Yo estaba abriendo el automóvil y oí los pasos precipitados de un señor alto… que traía en la mano un aparato… hice un esguince rápido, él lanzó el puyazo y el aparato saltó. El hombre perdió el equilibrio, lo empujé, él trastabilló, saqué mi pistola… pasó una mujer y no disparé y el hombre se fue corriendo…”. No era un arma de fuego lo que empuñaba aquel desconocido, sino una jeringa hipodérmica de gran tamaño, diseñada para uso veterinario. En su interior había un líquido amarillento. “Era una jeringa para caballos… con veneno de cobra…”, recordaría Betancourt. El ataque había sido calculado para matar en segundos: una inyección directa en el torrente sanguíneo habría provocado parálisis y colapso respiratorio casi instantáneo. El golpe de su brazo izquierdo y la aguja doblada evitaron que el veneno entrara en su organismo. Apenas una raspadura en la piel fue el único contacto con la muerte. En medio de la confusión, sus acompañantes lo llevaron a toda prisa a recibir atención médica. Allí, un médico cubano procedió a cauterizar de inmediato la herida con un termocauterio, aplicando calor directo para destruir cualquier residuo de toxina que pudiera haberse filtrado. El olor acre de la piel chamuscada se mezcló con el de antisépticos fuertes. “Si esa aguja entra, no estoy aquí contándolo”, diría después el propio Betancourt. La jeringa quedó como prueba y fue enviada al Laboratorio de Química Legal de la Policía Secreta cubana. El dictamen inicial indicó que el líquido era Iperita, el gas mostaza usado en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, meses más tarde, otras investigaciones apuntarían a que la sustancia no era gas mostaza, sino veneno de cobra, traído expresamente para el crimen.
La conspiración El atentado no fue un acto aislado. Betancourt afirmaría sin rodeos: “Trujillo tomó parte activa, en colaboración con la dictadura de Pérez Jiménez en Venezuela, con Pedro Estrada… en el atentado que me hacen en La Habana…”. El dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo y el régimen militar venezolano compartían un objetivo: eliminar a uno de los políticos más incómodos de la región. La policía cubana, bajo órdenes del jefe de la Secreta, Erundino Vilela Peña, investigó y descubrió que los autores materiales eran tres italoamericanos de Cayo Hueso, Florida. “Los hombres eran italoamericanos de Cayo Hueso; uno se llamaba Joe Cacceatore; de los tres, uno mató a otro y estaba con el reparto del botín… el otro se vino a Venezuela, donde estaba un señor Torres, agente trujillista que había servido de enlace entre Trujillo, Pedro Estrada y Pérez Jiménez con estos gánsters. Eran unos asesinos a sueldo”, contó Betancourt. El informe confidencial que Vilela Peña entregó en noviembre de 1951 al presidente Prío Socarrás precisaba que un dominicano llamado Carlos Torres, residente en Miami, había contratado a la banda de Tampa por 150.000 dólares, presuntamente financiados por la Junta de Gobierno venezolana. Reacción política y mediática En Caracas, Acción Democrática, operando en la clandestinidad, reaccionó cuatro días después. Leonardo Ruiz Pineda, su secretario general, acusó públicamente a Pérez Jiménez y sus hombres de ser instigadores del atentado y advirtió que serían responsables de cualquier otro crimen contra sus dirigentes. En La Habana, la revista Bohemia editorializó el 29 de abril con palabras afiladas: “Fue un procedimiento siniestro y sombrío, propio de aquellas épocas de las repúblicas italianas cesarizadas en el Renacimiento, en que el arte de matar se vio asistido por todos los refinamientos y maquinaciones de la ‘razón de Estado’… concretamente: hay todas las razones del mundo –aparte de las que se fundan en las declaraciones del propio Betancourt– para hacer responsable de ese crimen, directa o indirectamente, al Gobierno militar de Venezuela”. La operación negada Pese a todo, la Junta Militar y sus representantes diplomáticos en Latinoamérica negaron que el ataque hubiera ocurrido. Lo tacharon de “invención política” y “montaje propagandístico”. Con el paso de los años, la negación surtió efecto: el atentado quedó sepultado en el olvido. Pero los documentos, las crónicas y la memoria de los protagonistas lo devuelven hoy a la superficie. Y allí, en el eco de aquel abril de 1951, resuena el instante en que una aguja cargada de muerte estuvo a un segundo de cambiar la historia de Venezuela y de América Latina. Betancourt sobrevivió, pero la escena lo acompañaría toda su vida: el brillo metálico de una aguja, el golpe seco de su brazo para apartarla, el rostro de un asesino a sueldo escapando entre el bullicio, y el dolor punzante de una herida cauterizada a toda prisa. En las sombras de la política continental, esa tarde en La Habana demostró que las dictaduras no sólo disparaban balas… también sabían inyectar veneno. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla @LuisPerozoPadua
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