| Crónica de una ruptura: Cómo Cortázar y García Márquez fracturaron la realidad en 1951 |
| Escrito por Delsy Mora | @delsynn |
| Lunes, 06 de Julio de 2026 00:00 |
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“Todo ha sido descifrado, excepto cómo vivir” Sartre
El fenómeno de lo fantástico en la literatura latinoamericana del siglo XX encontró en Julio Cortázar a uno de sus artífices más ingeniosos. A diferencia de la vertiente metafísica de Jorge Luis Borges, del realismo mágico de Gabriel García Márquez o del pozo de la memoria de Juan Rulfo, Cortázar optó por una transgresión de lo cotidiano que se infiltra de manera doméstica, casi imperceptible, en la realidad del lector. En la Universidad de Berkeley en 1980, Cortázar dictó unas clases de literatura donde ofreció valiosa información sobre lo fantástico, su relación con la realidad, su vínculo y expresión con la literatura. Aunque a primera vista "Carta a una señorita en París" (1951) y "Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles" (1951) pertenecen a geografías estéticas distintas —el universo urbano y burgués de Cortázar frente al Caribe mítico y pre-Macondo de García Márquez—, ambos cuentos se publicaron el mismo año y comparten vasos comunicantes desde una perspectiva intertextual. La irrupción de una alteridad inasimilable que fractura el tiempo y el espacio cotidiano, arrastrando al protagonista a un aislamiento radical constituyéndose en piezas complejas y perturbadoras de su producción temprana o inicial. En ambos casos, el elemento disruptivo (los conejos / los ángeles) no es asimilable por el entorno. Ambos narradores usan estos elementos como talla para romper la fachada de la "normalidad". El confinamiento es físico y mental en ambos relatos, funcionando como una metáfora de la marginalidad del sujeto moderno y periférico. El departamento de la calle Suipacha se convierte en una prisión-madriguera claustrofóbica. El espacio se reduce a la medida del armario donde se ocultan los conejos. La caballeriza donde encierran a Nabo se transforma en una celda temporal. Al igual que el personaje de Cortázar, Nabo queda confinado a la oscuridad, apartado de la comunidad que ya no sabe qué hacer con su alteridad. “Carta a una señorita en París”, se estructura bajo la intimidad de una confesión epistolar, narra la progresiva crisis de un protagonista que, de manera literal y angustiante, vomita conejitos en el pulcro departamento que le han prestado El departamento parisino de la destinataria Andrée, encarna la rigidez, la simetría y las convenciones sociales; valores que colisionan directamente con la fuerza indómita de lo visceral, lo zoológico y lo incontrolable. El espacio físico opera como un agente de opresión psicológica, donde la irrupción de lo fantástico deviene en una metáfora de la fragmentación del "yo" y la imposibilidad de asimilación del sujeto moderno dentro de las estructuras de la normalidad social. El "armario" de Cortázar y la "caballeriza" de García Márquez dejan de ser simples contenedores físicos y pasan a ser espacios de la intimidad, el trauma y la resistencia del sujeto frente a las estructuras de poder que los rodean. Lejos de presentarse como un mero ejercicio de absurdo o un juego surrealista, el acto de vomitar conejos en Cortázar funciona como una grieta en el orden burgués y en el espacio geométricamente perfecto de la ausente Andrée. Nabo hace exactamente eso, convierte la caballeriza, los caballos y su confinamiento en un espacio donde el tiempo se detiene y donde puede peinar eternamente a la niña de la casa y a los caballos. Para Nabo, el tiempo se ha borrado y el espacio lo ha absorbido por completo. La combinación de ensueño e inmovilidad se sintetiza en Nabo; físicamente se da por que está catatónico tras la patada y luego amarrado, pero fenomenológicamente está habitando un espacio íntimo expandido. En ambos textos, a primera vista aparecen personajes realizados como en un montaje cinematográfico, discontinuidades se sobreponen libremente en otra posibilidad de lectura, otro rol del lector y otra exploración de la escritura. Como los relatos constan de un discurso interior, el lector se deja llevar con facilidad al valor metafórico. Pronto se enuncia la resistencia de los personajes protagonistas originado por el agobio de lo cotidiano en búsqueda de conciencia de una nueva realidad y la espera interminable por parte de los ángeles.
El discurso narrativo rayará en la neurosis, en los límites de la locura, en la necesidad del suicidio o el tedio y aburrimiento de los ángeles; como contrapartida a toda solución que reivindique al sujeto, sus ideales, su ser pleno y vital. El lector es tentado a leer los textos como una tesis sartreana de la enajenación de la persona; la imposible articulación de la conciencia del sí. Se siente llevado a identificarse con el protagonista por el predominio de flujo de conciencia. El narrador presupone a un lector comprometido, impersonal, un sujeto sensible y tolerante, comprensivo ante el relato. Trastoca los planos narrativos a través de la introspección, fragmentación y exasperación descriptiva que intenta dar cuenta en ese universo cortazariano y macondiano de una explosiva forma de lo “real” que es la cotidianidad misma y el individuo alienado que lo estremece y lo transforma en un ser del umbral y vomitivo. Con la escritura de una carta descubrimos cómo el protagonista de Cortázar va desmoronándose, sufre una caída dentro de sí mismo, hacia su aniquilamiento; su angustia se acentúa con la percepción del sentimiento de soledad. Es decir, su desenlace, es la pérdida total del lazo con el mundo y pérdida de su propio ser con su muerte. En el caso de la genialidad de Gabo, la lección que el escritor colombiano extrae de Kafka es la normalización de lo extraordinario. En Kafka, un hombre despierta convertido en insecto y su mayor preocupación es perder el tren. En Nabo, queda alienado en un limbo temporal tras la patada de un caballo, y la cotidianidad de la casa de los patronos sigue su curso con una indiferencia pasmosa. La desintegración es la metáfora de la ruptura, del quiebre de un universo que ha perdido su sentido y con él su vigencia. La carta y la patada como espejos reflejan la verdadera identidad, pueden también mostrar el reverso de lo que el narrador quería expresar. Así, el lector necesita entrenamiento ya que el lenguaje ha sido creado no sólo por el lenguaje mismo, sino con sentido de juego, jugar al juego de leer se apoya más en las posibilidades del juego verbal que en las construcciones de una forma. Los cuentos de Cortázar y de García Márquez suelen verse como transiciones hacia su obra mayor: la novela, como variaciones o lugares posibles y manifestación en esa búsqueda polisémica del lenguaje de lo otro. Esta modalidad literaria les permite establecer un juego ficcional con el lector, la temporalidad de carácter gramatical facilita la concreción del mecanismo revelador para los lectores; pero a su vez lo encubre para los personajes. El texto se proyecta así como un complejo espejo donde los dos personajes principales, devienen de un espectro de su propio pasado, atrapados en una espacialidad que clausura toda dimensión de lo humano para transformarse en un signo de la alteridad. La idea de lo narrativo, y en general de lo literario, se transformará en una entidad de relativa autonomía de la escritura como práctica de una conciencia reflexiva con respecto a sí misma y al oficio del escritor. El antihéroe de Cortázar y el Nabo de García Márquez son dominados y minimizados por una vivencia de hastío, angustia y desamparo. Estos dos relatos son una propuesta de escritura universal que aspira a desvincularse del anecdotismo repetitivo. Lo literario se transforma entonces en una proposición ficcional como hecho autónomo de escritura y como práctica de una conciencia reflexiva. La relación del hombre consigo mismo y la fatídica perturbación de esa relación, encuentran acá su mayor representación.
Referencias Cortázar, Julio (2007). Bestiario. Todos los fuegos el fuego. Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara. García Márquez, Gabriel (1972). "Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles”.En: Todos los cuentos. Bogotá: Editorial Oveja Negra.
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