| Aída en el país de las maravillas |
| Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs |
| Miércoles, 27 de Mayo de 2015 05:21 |
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venezolana Aída Gruebler, una de las más afamadas y solicitadas cultoras del arte del fuego. Refleja su obra como en un juego de artificios el mundo maravilloso de que se han rodeado ella y su esposo, el matemático y ex catedrático de la Universidad Simón Bolívar, Andrés Gruebler. Algo bíblico, como del origen de los tiempos flota en los montes de San Antonio de los Altos en donde Aída y Andrés se hicieron a la ciclópea tarea de domesticar matas y animales salvajes para sentar sus reales. Él, sabio y tozudo, silencioso y meditabundo, hombre de pensamiento y de obra, dueño de artes y oficios. Ella, flotante, leve como una pluma, graciosa y generosa. Él domina el fuego y los hornos, ella la arcilla, el diseño y los colores. Hemos disfrutado de una hermosa amistad, facilitada por amigos comunes, desde tiempos que ya parecen inmemoriales. En nuestra casa, como en la de muchos de nuestros amigos, se cocina en ollas de Aída, se come en platos de Aída, se bebe en tazones de Aída. Mi hija y mis nietos han crecido bebiendo su leche en los cazos de Aída. Y entre discos y libros, en medio del universo musical de Soledad, domina un toro soberbio, picassiano, de cornamenta afilada y furias cósmicas montado por una doncella desafiante. Mientras al borde de una cornisa de nuestra casa de Oripoto que da a los Valles del Tuy una cantante impreca a los cielos enredada en su melena bravía. El toro formó parte de una espectacular exposición que organizara nuestra común amiga Sofía Imbert en el inolvidable Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Ese imponente homenaje a la cultura y la grandeza de la Venezuela vibrante y progresista que llevaba su nombre, merecidamente como que era su personal obra de arte, artista entre artistas, que en un rasgo de barbarie para deshonor de los tiempos que corren, el rencor, la ignorancia y el odio arrancaran de su fachada. Hemos caminado por años de años entre las lianas y los colgajos del país maravilloso de Aída, entre animales fantásticos, tiernos y esperanzados, macondianos. Bajo la calidez protectora de esa escultura que es su casa, moldeada con barro, madera y hierro y la maestría de sus manos, como de tiempos bíblicos, por Andrés, su incansable compañero. A pesar de mi admiración por los objetos utilitarios de Aída, la ceramista: bandejas de toda forma, cubiertas de pececitos, incluso lavamanos, baldosas, mesas de madera y cerámica en que el arte de cada uno de sus habitantes ha combinado la artesanía originaria, siempre eché en falta la figura humana. El propio Gabriel García Márquez no pudo resistir el encantamiento y se llevó a México, bajo el brazo, uno de esos seres míticos como de la alegoría macondiana que han brotado de las mamnos e Aída y de los hornos de Andrés. Por fin Aída le abre los portones de su castillo robinsoniano a su humanidad secreta: mujeres coquetas, grávidas, sensuales, glamorosas, leves y graciosas como ella, inquisitivas y desafiantes, como ella, seductoras, mágicas y encantadoras, como ella. Elegantes, irónicas, graciosas y aladas. Como ella.
@sangarccs |
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