| El "Bolívar empresario" de Herrera-Vaillant |
| Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs |
| Viernes, 31 de Octubre de 2014 11:58 |
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EL BOLÍVAR EMPRESARIO DE ANTONIO HERRERA-VAILLANT*
Recomiendo encarecidamente la lectura de este extraordinario trabajo, en el que no se insinúa una tilde sin la correspondiente documentación y en el que página tras página trasuda la amargura de un rico empresario, un hombre de bien empujado a la miseria de la barbarie de los buitres que, hèlas, él mismo ha echado a volar.
Antonio Sánchez García, @sangarccs
La segunda fortuna más poderosa de la provincia de Venezuela – sesenta millones de dólares calculados a los valores de hoy pero infinitamente más poder económico calculados en relación a su poder de representación y adquisición en la Venezuela de hace dos siglos – se vieron súbitamente a saco de los buitres republicanos, echados a volar, insólitas contradicciones del destino, por el propietario de esa fortuna. Jueces de tres al cuarto, tinterillos de baja estofa, pretendientes de mala muerte comenzaron la danza de los lobos para dejar en el hueso al empresario y gerente en dificultades. Sin la menor consideración al hecho sorprendente de que ese empresario había decidido convertirse en soldado y poner esa codiciada fortuna al servicio de la más inútil y fracasada de sus empresas: liberar la provincia y convertirla en una nación hecha y derecha, terminando la aventura con una camisa prestada para tapar sus desgarradas carnes ante la angustiosa mirada de quienes le acompañaron en sus últimos suspiros. Desde luego: lejos de su patria, que anticiparía el sino de todos cuantos quisieron abrazar a la mujer más casquivana y veleidosa de sus anhelos: la República de Venezuela.
Más de un resentido dirá que bien ganado se lo tenía por ambicioso de gloria, torcido de propósitos, inescrupuloso a la hora de sumar fuerzas para situarse a la cabeza de la nueva Nación, implacable en el juicio y condena de sus detractores, adversarios y enemigos, amén de aventurero sin medida como para echar todo un continente a los perros de la disgregación, la desunión y el espanto. Pues el ricachón de marras, burlador burlado por sus propios hijos – si es que a esa manada de chupasangres y tinterillos que comenzaron a mordisquearle sus minas y haciendas obligándolo a pasar bajo las horcas caudinas de jueces de la injusticia se les puede considerar de tales por el solo hecho de haber nacido en su mismo vecindario – fue el máximo responsable de una conmoción telúrica condenado por los siglos de los siglos a ser el mascarón de proa de sus propios burladores y cosechar la ambigua fama que terminaría por convertirlo en un montón de huesos, polvos y cenizas manoseada por los últimos descendientes de esa infamia. Lo anticipó ya mordido por el escarnio en carta a Antonio Leocadio Guzmán, uno de los buitres de esta historia de desventuras, en la que amén de quejarse por el despojo, como se lo escribiese el mismo día 6 de diciembre de 1829 al general Rafael Urdaneta – “se me despoja de la herencia de mis abuelos y se me deshonra…Divídase el país y salgamos de compromisos: ¡nunca seremos dichosos, nunca!” – le agrega: “Si algunas personas interpretan mi modo de pensar y en él apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable: con mi nombre se quiere hacer en Colombia el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparate”. Chávez no fue el primero, pero fue el último y más cabal de esos disparatados.
Queda claro que hablamos de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco, riquísimo heredero que en atención a su amenazado peculio decidió unir la defensa del derecho de propiedad con el derecho a la independencia, hacer coincidir la libertad ciudadana con la prosperidad de los negocios, y la existencia de la República Independiente con una sociedad liberada de las centenarias trabas comerciales y administrativas que le imponían el yugo imperial. Al extremo que sus últimos anhelos fueron recuperar la propiedad plena de sus bienes y poner a buen resguardo los millones heredados de sus padres para dedicar sus últimos años a disfrutar de una merecida y próspera vejez, lejos de la barahúnda de sables y machetes, cabalgaduras y combates, intrigas y traiciones palaciegas.
Que no quiso morir como un soldado admirando sus condecoraciones sino como un empresario que en el furor de una locura y en defensa de su patrimonio desviara su destino mercurial para asumir una tarea de bienhechuría pública que sólo le deparara sinsabores, lo demuestra en un documentado y enjundioso estudio Antonio Herrera –Vaillant, titulado sin más trámites BOLIVAR, EMPRESARIO. Un título ajustado a derecho, como lo demuestra en un enjundioso estudio liminar el gran jurista Pedro Nikken, así constituya una bofetada provocadora a los sedicentes bolivarianos de hoy. Que en lugar de privilegiar al Bolívar Civil, al Bolívar Constitucionalista, al Bolívar Enciclopédico, Empresario, Gerente y Aristócrata – múltiples facetas que son una sola, la de un caraqueño dieciochesco emancipado y culto que ansiaba la libertad y la prosperidad para sus semejantes, fueran de la raza y condición que el azar les hubiera impuesto – se inventan un Bolívar pendenciero, analfabeta, camorrista, bravucón, maleante y abusivo como ellos. Al extremo de que le tuercen la imagen para dar con un mocetón de toscas facciones, que puede colgar de las paredes de los edificios invadidos en que conviven los llamados Colectivos, para que crean ser los auténticos hijos y herederos espirituales del mantuano propietario de las Minas de cobre y oro de Aroa y de la Hacienda San Mateo, entre muchas otras. Un Bolívar buhonero, mototaxista y traficante. Dispuesto a asesinar de treinta y seis puñaladas a un adversario asimismo hijo natural del mismo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad.
Recomiendo encarecidamente la lectura de este extraordinario trabajo, en el que no se insinúa una tilde sin la correspondiente documentación y en el que página tras página trasuda la amargura de un rico empresario, un hombre de bien empujado a la miseria de la barbarie de los buitres que, hèlas, él mismo ha echado a volar. Es la absurda y grotesca contradicción que soportamos hasta el día de hoy. Reafirma la testamentaria sabiduría del Cohelet: “árbol que nace torcido, nada endereza”.
* Bolívar, empresario. Antonio Herrera-Vaillant, Planeta, Caracas, 2014.
Más de un resentido dirá que bien ganado se lo tenía por ambicioso de gloria, torcido de propósitos, inescrupuloso a la hora de sumar fuerzas para situarse a la cabeza de la nueva Nación, implacable en el juicio y condena de sus detractores, adversarios y enemigos, amén de aventurero sin medida como para echar todo un continente a los perros de la disgregación, la desunión y el espanto. Pues el ricachón de marras, burlador burlado por sus propios hijos – si es que a esa manada de chupasangres y tinterillos que comenzaron a mordisquearle sus minas y haciendas obligándolo a pasar bajo las horcas caudinas de jueces de la injusticia se les puede considerar de tales por el solo hecho de haber nacido en su mismo vecindario – fue el máximo responsable de una conmoción telúrica condenado por los siglos de los siglos a ser el mascarón de proa de sus propios burladores y cosechar la ambigua fama que terminaría por convertirlo en un montón de huesos, polvos y cenizas manoseada por los últimos descendientes de esa infamia. Lo anticipó ya mordido por el escarnio en carta a Antonio Leocadio Guzmán, uno de los buitres de esta historia de desventuras, en la que amén de quejarse por el despojo, como se lo escribiese el mismo día 6 de diciembre de 1829 al general Rafael Urdaneta – “se me despoja de la herencia de mis abuelos y se me deshonra…Divídase el país y salgamos de compromisos: ¡nunca seremos dichosos, nunca!” – le agrega: “Si algunas personas interpretan mi modo de pensar y en él apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable: con mi nombre se quiere hacer en Colombia el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparate”. Chávez no fue el primero, pero fue el último y más cabal de esos disparatados. Queda claro que hablamos de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco, riquísimo heredero que en atención a su amenazado peculio decidió unir la defensa del derecho de propiedad con el derecho a la independencia, hacer coincidir la libertad ciudadana con la prosperidad de los negocios, y la existencia de la República Independiente con una sociedad liberada de las centenarias trabas comerciales y administrativas que le imponían el yugo imperial. Al extremo que sus últimos anhelos fueron recuperar la propiedad plena de sus bienes y poner a buen resguardo los millones heredados de sus padres para dedicar sus últimos años a disfrutar de una merecida y próspera vejez, lejos de la barahúnda de sables y machetes, cabalgaduras y combates, intrigas y traiciones palaciegas. Que no quiso morir como un soldado admirando sus condecoraciones sino como un empresario que en el furor de una locura y en defensa de su patrimonio desviara su destino mercurial para asumir una tarea de bienhechuría pública que sólo le deparara sinsabores, lo demuestra en un documentado y enjundioso estudio Antonio Herrera –Vaillant, titulado sin más trámites BOLIVAR, EMPRESARIO. Un título ajustado a derecho, como lo demuestra en un enjundioso estudio liminar el gran jurista Pedro Nikken, así constituya una bofetada provocadora a los sedicentes bolivarianos de hoy. Que en lugar de privilegiar al Bolívar Civil, al Bolívar Constitucionalista, al Bolívar Enciclopédico, Empresario, Gerente y Aristócrata – múltiples facetas que son una sola, la de un caraqueño dieciochesco emancipado y culto que ansiaba la libertad y la prosperidad para sus semejantes, fueran de la raza y condición que el azar les hubiera impuesto – se inventan un Bolívar pendenciero, analfabeta, camorrista, bravucón, maleante y abusivo como ellos. Al extremo de que le tuercen la imagen para dar con un mocetón de toscas facciones, que puede colgar de las paredes de los edificios invadidos en que conviven los llamados Colectivos, para que crean ser los auténticos hijos y herederos espirituales del mantuano propietario de las Minas de cobre y oro de Aroa y de la Hacienda San Mateo, entre muchas otras. Un Bolívar buhonero, mototaxista y traficante. Dispuesto a asesinar de treinta y seis puñaladas a un adversario asimismo hijo natural del mismo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad. Recomiendo encarecidamente la lectura de este extraordinario trabajo, en el que no se insinúa una tilde sin la correspondiente documentación y en el que página tras página trasuda la amargura de un rico empresario, un hombre de bien empujado a la miseria de la barbarie de los buitres que, hèlas, él mismo ha echado a volar. Es la absurda y grotesca contradicción que soportamos hasta el día de hoy. Reafirma la testamentaria sabiduría del Cohelet: “árbol que nace torcido, nada endereza”. (*): Bolívar, empresario. Antonio Herrera-Vaillant, Planeta, Caracas, 2014. |
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