| En los platanales |
| Escrito por Juan Guerrero | X: @camilodeasis |
| Jueves, 24 de Abril de 2014 15:38 |
Zenobia era una de mis estudiantes más aventajadas del curso de Literatura latinoamericana. A sus más de 60 años ya había leído varias obras literarias de los escritores
del boom latinoamericano.
Maestra y directora de una escuela rural en San Félix, Zenobia solía sentarse entre las últimas filas en un salón atestado de maestras, directoras y subdirectoras quienes, a finales de los años ‘80s. cursaban estudios para graduarse como licenciadas en Educación en la recién creada Universidad de Guayana. Fue de las primeras en celebrar con entusiasmo la selección que hice de Cien años de soledad, de García Márquez, para estudiarlo durante el semestre. Semanas después, y cuando iniciaba el análisis de la obra ella, desde el fondo del salón, levantó la mano para comentar sobre su lectura. –Mire profesor. Dijo con esa voz aplomada y solemne. –Yo leí hace años este libro. Me acuerdo perfectamente porque fue cuando mi mamá estaba hospitalizada y mientras la cuidaba, me llevé la novela para leerla por las noches. Ahora cuando comencé a releerla me acordé que en esas noches leí una parte donde había unos platanales y otras matas. Me gustó mucho esa parte. Quise buscar ese momento porque era cuando mi mamá estaba enferma. Pero ahora cuando encontré esa parte, resulta que no me pareció igual. Fíjese que hasta las matas eran otras y como más grandes. Todo el salón fue una sola risotada. Hubo una variedad de comentarios y aclaratorias mientras Zenobia no salía de su asombro por lo que había dicho. Su experiencia se hizo pronto una clara certeza de la fuerza que tiene la escritura y en particular, la literatura. No siempre leemos el mismo libro de la misma manera ni tampoco lo hacemos con la misma experiencia de vida. Por eso la literatura asombra continuamente al lector. Ella existe por nosotros. Los lectores siempre construimos y re-construimos la historia que leemos, una y mil veces. Y siempre vamos a encontrar un recodo, un resquicio por donde alcanzar nuevos motivos para sentir ese placer, ese gozar la historia que leemos. Y en el caso de Cien años… es particularmente interesante darnos cuenta que más allá de la historia específica que se cuenta, transcurre en paralelo nuestra propia historia, nuestra propia experiencia de vida que se nutre, mientras entrelazamos nuestras vivencias con esas otras donde personajes, paisajes y demás actantes, nos apasionan y deslumbran. En lo personal, ha sido el gitano Melquíades quien me introdujo en lo real maravilloso de la existencia, mientras colocaba ese inmenso hielo en medio de la sala en casa de Úrsula Iguarán. Esa luz, esa bruma y ese esplendor solar los llevo como un talismán adheridos a mis ojos. Durante tres cortos años leí esa obra que siempre recuerdo, tan de memoria: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…” Y ciertamente, muchos ensayistas y lectores de la obra garcíamarquiana indican que en esas primeras palabras, está la clave profunda de esa novela tan enigmática, deslumbrante y profundamente humana. La novela pertenece a ese linaje de obras de la creación humana, como Don Quijote, de Cervantes, o de sencillos cuentos, como La hoja que no había caído en su otoño, de Julio Garmendia, donde la lucidez humana se hace sencillez y cotidianidad. Desde esos diarios y continuos esplendores de vida se va haciendo la historia que encuadra y sintetizan el universo literario en una obra de arte. El realismo fantástico, lo real maravilloso son parte de la naturaleza del ser latinoamericano. Venimos del fondo mismo de la eternidad colmada en esplendores de colores, donde prevalece el verde como condición de vida y esperanza, y entre un ritmo de efervescencias que es movimiento en todo lo que vemos y sentimos. Así transcurre la historia en esta obra de la cultura hispánica. El acontecer son actos cotidianos que trascienden y asombran continuamente. El asombro, el maravillarnos y extasiarnos son condición primera y última en la lectura de esta novela. No hay principio ni fin en esta obra de García Márquez. Es un fluir continuo y permanente de acontecimientos, de sucesos, históricos unos, misteriosos y fabulosos, otros. Todos entrelazados por la presencia de esa luz amarillenta de mariposas que abren sus alas y entonces ocurren acontecimientos que son ecos en los seis puntos cardinales del universo: al norte, al sur, al este, al oeste, arriba y abajo. Mi alumna Zenobia ya hace tiempo partió a otras existencias. Quizá se esté de rato en rato entre los platanales y su rostro de morena linda, aparezca en mi memoria reflejado en ese hielo maravilloso que trajo a Macondo el sabio Melquíades. Unos van a ese universo discursivo y otros leemos esos destellos queriendo tocarles en lo humano, en lo cotidiano. (*) Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla / @camilodeasis
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