| Barquisimeto después del terremoto de 1812: la ciudad en ruinas |
| Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua |
| Viernes, 31 de Julio de 2026 00:00 |
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Su trazado respondía a la cuadrícula establecida desde los primeros asentamientos de los colonos, mientras sus viviendas estaban levantadas principalmente con adobe, tierra pisada, horcones, madera, caña brava, bahareque y tejas de barro. Era una arquitectura adaptada a las condiciones de la región y a los materiales disponibles, semejante a la que todavía puede observarse en algunos sectores tradicionales de Carora, El Tocuyo, Duaca y Cabudare. Esa imagen urbana se mantuvo durante generaciones, hasta que el terremoto de 1812 cambió radicalmente la historia del Barquisimeto. El sismo destruyó prácticamente la antigua Nueva Segovia de Variquisimeto y dejó sus casas, templos y edificaciones convertidos en ruinas. La magnitud de la devastación fue tal que, según el cronista Ramón Querales, apenas unos siete inmuebles situados en las proximidades de la Plaza Mayor permanecieron en pie. Entre ellos se encontraban la casa de Las Silveira y una edificación de dos pisos ubicada frente a la iglesia de la Concepción, que posteriormente funcionó como palacio episcopal. La destrucción no significó, sin embargo, el abandono del Barquisimeto. La ciudad comenzó a reconstruirse en los años posteriores al terremoto y, aunque su población tuvo que reorganizarse sobre un territorio profundamente afectado, el trazado urbano y los sistemas constructivos tradicionales conservaron buena parte de sus características. Antes del desastre El Barquisimeto anterior a 1812 no era una ciudad de grandes palacios. Su identidad estaba en la repetición de sus casas, en la geometría de sus calles y en la persistencia de una arquitectura adaptada al clima, a las técnicas constructivas de la época y a los materiales disponibles en la región. El adobe, la tierra pisada, la madera, la caña brava, el bahareque y la teja de barro formaban parte de la estructura habitual de sus viviendas. Muchas casas se extendían sobre solares de dimensiones considerables, con patios, corredores y dependencias que se internaban desde la calle. La cuadrícula urbana constituía una herencia de la colonización española. Las calles se cruzaban formando manzanas y los espacios principales se organizaban alrededor de plazas e iglesias. La estructura de la ciudad podía leerse en sus propiedades, sus templos y sus espacios públicos. Durante generaciones, aquel orden permaneció prácticamente inalterado. Hasta que la tierra se movió. El terremoto de 1812 fue una de las mayores catástrofes de la historia venezolana. El desastre alcanzó a varias ciudades en medio de la guerra que enfrentaba a los partidarios de la independencia con las fuerzas defensoras de la monarquía española. El Barquisimeto quedó gravemente devastado. El cronista Ramón Querales dejó constancia de la magnitud de la destrucción: la ciudad fue reducida prácticamente a escombros, con excepción de unos siete inmuebles ubicados en las proximidades de la Plaza Mayor. Entre ellos se encontraban la casa de Las Silveira y una edificación de dos pisos situada frente a la iglesia de la Concepción, inmueble que llegó a funcionar como palacio episcopal. La cifra permite dimensionar la catástrofe. Una ciudad entera quedó destruida y apenas unas pocas estructuras permanecieron en pie.
Entre las ruinas Después del terremoto comenzó otra etapa igualmente difícil: la de vivir entre los restos de la ciudad destruida. El Barquisimeto no desapareció de inmediato. Sus habitantes continuaron ocupando el territorio, reconociendo las calles, identificando los solares y buscando entre las ruinas aquello que el desastre no había destruido por completo. La reconstrucción comenzó cuando la población volvió a instalarse en los espacios que conocía. El proceso fue gradual. Después del catastrófico terremoto de 1812, el Barquisimeto resurgió desde el barrio Paya, cuyo centro se encontraba en las inmediaciones del cruce de la actual carrera 18 y calle 21. Desde allí, entre solares, tapias, casas de horcones y paredes de bahareque, comenzó a recomponerse la trama urbana. La nueva ciudad no surgió de un territorio vacío. Fue edificada sobre la memoria de la anterior. Los nombres de los lugares, las plazas, las calles y los linderos conservaron parte de la geografía perdida. Allí donde había existido una iglesia continuó existiendo una referencia. Allí donde una casa había caído permaneció el solar. Las ruinas se convirtieron en límites y esos límites, con el tiempo, volvieron a transformarse en casas. La ciudad reaparece Los documentos del Archivo del Registro Subalterno de Barquisimeto permiten seguir con precisión ese proceso. Las escrituras de compraventa de las décadas de 1820 y 1830 muestran cómo la actividad inmobiliaria y urbana comenzó a recuperarse después del terremoto. El 6 de febrero de 1828, Jacinta Pérez vendió un cuarto con piernas de horcones y cubierta de tejas, situado en la plaza dedicada a la iglesia de Nuestra Señora de Altagracia. El inmueble disponía de un solar de diez varas de frente por sesenta de fondo y limitaba al este con otro solar; al oeste, con el solar de la familia Pacheco; al norte, con una calle pública y la casa de Pedro Pérez; y al sur, con la Plaza de Altagracia. La referida plaza se encontraba en la esquina suroeste de la actual carrera 18 con calle 21. La calle pública mencionada en la escritura correspondía a la actual carrera 18. El documento demuestra que, dieciséis años después del terremoto, el espacio urbano ya estaba siendo nuevamente ocupado y negociado. Sin embargo, la reconstrucción no había borrado las referencias anteriores. La plaza, las calles y los solares continuaban formando parte de la organización territorial del Barquisimeto. Las calles y sus linderos El 14 de mayo de 1828, José Antonio Escorcha vendió una casa a Rafael Beyse. La escritura describe una propiedad cuyos límites permiten reconstruir parte de la geografía urbana de la época. Al este se encontraba la casa y el solar de Josefa Romero. Al oeste, un solar propiedad del Estado, en poder de Josefa Álamo, que había pertenecido al emigrado Lorenzo Pino. Al norte, la calle pública que pasaba por la plaza de la iglesia arruinada de Nuestra Señora de Altagracia y se dirigía hacia la laguna sabanera, además de la casa de José Antonio Castejón. Al sur se encontraba un solar desierto situado detrás de la casa de Belén. La calle pública mencionada en el documento era la actual calle 21, en dirección hacia la Plaza Juan de Villegas, conocida popularmente como Plaza La Mora. La descripción muestra cómo las ruinas continuaban formando parte de la geografía cotidiana. La iglesia de Nuestra Señora de Altagracia había sido destruida, pero su ubicación seguía siendo una referencia para identificar propiedades y orientar a los habitantes. El Barquisimeto reconstruido no había reemplazado por completo al anterior; ambos coexistían en los documentos y en la memoria de sus habitantes. Casas de horcones El 6 de abril de 1828, María del Carmen Alejo vendió a Simón Escoba una casa de horcones y bahareque, cubierta de tejas, con su correspondiente solar, puertas y ventanas. La propiedad limitaba al este con el solar y la casa de los Alejo, donde vivía Alberto Carmona, separados por una calle pública; al oeste, con el solar y la casa de Josefa Romero; al norte, con la casa que había pertenecido al emigrado español José María Vásquez y que entonces era propiedad del Estado, entregada a Josefa Álamo; y al sur, con la casa y el solar de Soledad Álvarez. La escritura ofrece una imagen concreta del Barquisimeto posterior al terremoto. Las casas se levantaban nuevamente con los materiales tradicionales de la región y los solares comenzaban a integrarse en una trama urbana que recuperaba sus límites. Al mismo tiempo, las propiedades de antiguos emigrados y los bienes administrados por el Estado revelaban las consecuencias políticas y sociales de los años de guerra que habían acompañado la catástrofe natural. La reconstrucción del Barquisimeto no ocurrió, por tanto, en un vacío histórico. La ciudad se recuperaba mientras Venezuela atravesaba la guerra de Independencia y mientras las propiedades cambiaban de manos como consecuencia de los conflictos políticos y militares. El barrio San José El 20 de enero de 1820, Francisco Alvarado vendió un solar situado en el barrio San José al capitán de Milicias Pascual Cadevilla. El predio tenía 62 varas de frente por 52 de fondo. Sus linderos estaban definidos al este por los solares ocupados por los herederos de Pedro Luis Torrealba y María Aguilar; al oeste, por la calle del camposanto, los cuartos y corredores del corral de carnicería; al norte, por la calle Nueva; y al sur, por la casa y el solar de Cadevilla. La escritura permite observar la existencia de espacios vinculados con la vida cotidiana del Barquisimeto. El camposanto, el corral de carnicería y la llamada calle Nueva formaban parte del paisaje urbano de una ciudad que comenzaba a reorganizarse. El documento fue redactado apenas ocho años después del terremoto. Para entonces, el Barquisimeto todavía debía conservar numerosos vestigios de la destrucción, pero ya existían nuevas transacciones, nuevos propietarios y espacios que contribuían a recomponer su estructura. Las ruinas como referencia El 18 de octubre de 1830, Cipriano Ledezma vendió a Vicente Campos una casa de rafas y tapias cubierta de tejas, ubicada en el barrio de Nuestra Señora de Altagracia. La propiedad limitaba al este con el solar y los escombros de la casa de Juan de Dios Durán; al oeste, con una calle y la casa de Teresa Anzola; al norte, con la casa de José de Jesús Palacios; y al sur, con una calle y los escombros de la antigua iglesia de Nuestra Señora de Altagracia. La descripción muestra hasta qué punto el terremoto continuaba presente en la ciudad dieciocho años después de ocurrido. Los restos de las edificaciones destruidas no habían desaparecido completamente del paisaje. En algunos casos, los escombros se habían convertido en referencias legales para establecer los límites de nuevas propiedades. La antigua iglesia, aunque ya no cumplía su función religiosa, seguía organizando el espacio urbano. Su ruina era utilizada como punto de orientación y como referencia en las escrituras. El Barquisimeto nuevo se construía alrededor de los vestigios del anterior. Nuevos propietarios El 7 de diciembre de 1833, Francisco Rivero Bacmier y Carmen Morales vendieron al licenciado cabudareño Andrés Guillermo Alvizu un solar con algunas tapias enrafadas y cuatro cuartos deteriorados. El inmueble tenía cuarenta varas de frente, con enlozado a la manera del país, por 43 varas de fondo. Se encontraba en la calle Occidente y esquina del Valenciano. Sus límites eran, al sur, la calle y la propiedad de Vicente Campos; al norte, la casa de Manuela Roo; al este, una calle y la casa de Justo Hernández; y al oeste, el solar escombrado de Juan Bautista Piñero. La propiedad había sido comprada a un oficial del gobierno, a quien le fue adjudicada, mientras Carmen Morales la había heredado de Calixto Morales. Este tipo de documentos revela que la recuperación del Barquisimeto fue un proceso sostenido por la actividad cotidiana de sus habitantes. La ciudad se reorganizaba mediante compraventas, herencias, adjudicaciones y nuevas construcciones. Los solares vacíos comenzaban a ser ocupados y las propiedades deterioradas volvían a integrarse en la dinámica urbana. No se trató de una reconstrucción instantánea ni de una transformación completa de la arquitectura tradicional. Durante el siglo siguiente, el Barquisimeto conservó buena parte de los sistemas constructivos que habían caracterizado su fisonomía anterior al terremoto. Las casas de tierra, bahareque, madera y tejas continuaron formando parte del paisaje urbano. La cuadrícula permanece La reconstrucción posterior a 1812 no borró completamente la ciudad colonial. La cuadrícula urbana continuó siendo la base sobre la cual el Barquisimeto volvió a crecer. Las calles mantuvieron sus direcciones, las plazas conservaron su importancia y los antiguos solares siguieron funcionando como referencias para la distribución de nuevas propiedades. La documentación de los años posteriores permite comprobar que la ciudad se reconstruyó sobre su propia memoria. Las antiguas iglesias, las plazas, las calles públicas y los solares continuaron apareciendo en los documentos, incluso cuando las edificaciones originales habían desaparecido. El terremoto destruyó gran parte de la arquitectura del Barquisimeto, pero no logró borrar por completo la estructura urbana que había organizado la ciudad durante siglos. La historia de la reconstrucción puede encontrarse en esos documentos aparentemente rutinarios. Una escritura de compraventa podía registrar la existencia de una casa nueva, pero también señalar que junto a ella todavía permanecían los escombros de una edificación destruida. Una propiedad podía ser vendida mientras su límite continuaba definido por una iglesia arruinada. Un solar podía volver a ocuparse mientras otro permanecía vacío desde los años de la catástrofe. Así, el Barquisimeto fue recuperando progresivamente su actividad. Una ciudad transformada En 1950, más de un siglo después del terremoto, José Antonio Peña fotografió el Barquisimeto desde la terraza del Hotel Lara. Las imágenes, pertenecientes a la colección de la Fundación Fototeca de Barquisimeto, muestran una ciudad transformada por el crecimiento y por los cambios urbanos del siglo XX. El Barquisimeto que aparece en aquellas fotografías era muy distinto del que había sido destruido en 1812. Sin embargo, debajo de las transformaciones permanecían elementos de una estructura urbana mucho más antigua. Las calles, las plazas y la organización de los espacios conservaban la huella de la ciudad que había existido antes del terremoto. La reconstrucción no fue, por tanto, el nacimiento de una ciudad completamente nueva. Fue el proceso mediante el cual una población devastada volvió a ocupar sus espacios, reconstruyó sus viviendas y recuperó gradualmente su vida urbana. Los documentos del Archivo del Registro Subalterno permiten observar ese proceso desde una perspectiva concreta. En lugar de presentar únicamente la imagen de una ciudad destruida, muestran cómo sus habitantes comenzaron a reorganizarla propiedad por propiedad, solar por solar y casa por casa. El Barquisimeto sobrevivió al terremoto de 1812 porque sus habitantes volvieron a ocupar la ciudad después de la destrucción. La reconstrucción se realizó con los materiales tradicionales, sobre la cuadrícula heredada y en medio de las ruinas que todavía servían como referencias. Las casas volvieron a levantarse, las propiedades cambiaron de manos y los espacios urbanos recuperaron progresivamente su función. Cuando las fotografías de 1950 capturaron la ciudad desde la terraza del Hotel Lara, el terremoto de 1812 ya pertenecía a un pasado distante. Sin embargo, el Barquisimeto que se extendía ante la cámara de José Antonio Peña había sido construido sobre la misma geografía que el sismo había devastado más de un siglo antes. Bajo la ciudad moderna permanecían las calles, los solares y las referencias de aquella antigua Nueva Segovia de Variquisimeto que, después de quedar reducida a ruinas, comenzó lentamente a reconstruirse.
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