| La Venezuela desalmada |
| Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs |
| Martes, 31 de Diciembre de 2013 11:05 |
Si necesitaba el testimonio documental que viniera a confirmar mis recuerdos de la Venezuela a la que llegue el lunes 27 de junio de 1977,
un país rebosante de vitalidad, de entusiasmo, de desenfado, de generosidad, de alegría y confianza en sí mismo, y por lo mismo absolutamente cautivador, la fortuna me ha permitido el privilegio de encontrarlo en dos libros de memorias imprescindibles, cuya lectura recomiendo con el mayor entusiasmo a quienes, sin haber nacido o siendo niños por entonces, penetran ahora en el intrincado universo de la política en una Venezuela que perdió todos esos extraordinarios atributos hasta convertírsenos en este despojo carente de escrúpulos, sórdido, prostituido, torcido y saqueador en que la ha convertido el asalto de la barbarie uniformada y la dictadura militar de la satrapía que la administra desde La Habana.Me refiero a los libros de memorias de dos destacados ex militantes de Acción Democrática, Héctor Alonso López – “El rostro humano de la política”[1] – y Pedro Mogna – “Vivido y contado”[2]. Merecen cada uno de ellos una detenida reseña, que me comprometo a escribir a futuro, por muchas razones: en primer lugar, por el inmenso acopio de material documental de primera mano de dos testigos de excepción de uno de los períodos más ricos y fructíferos de nuestra historia moderna. Con un aporte de excepción: la vivencia personal, íntima, en primera persona de dos jóvenes de provincia que viven el furibundo despertar de la democracia venezolana desde las banderías de Acción Democrática allegados a Caracas como esos personajes novelescos de lo que la tradición literaria europea llama “la educación sentimental”: vida y milagros del despertar a la adultez en medio del fragor de la política, del afán por incorporarse al fluir vital de sus pueblos, de entregarse con generosidad y absoluto desprendimiento al esfuerzo colectivo por darle alma a un proyecto nacional que atravesara por todos los sacrificios, todas las penurias y todos los sufrimientos hasta encarnarse en una identidad de país. Yo la llamaría la aventura de una vida por fundirse con el río turbulento de una sociedad para alcanzar la adultez de Nación. Fue la Nación, con mayúsculas, que descubrí la misma noche de mi llegada a Caracas para participar en un congreso latinoamericano de filosofía y que en un inaudito vuelo rasante de horas vertiginosas me llevara de un amanecer desorientado en un aeropuerto desconocido, a una universidad deslumbrante para culminar rodeando con los restantes participantes de todos los países de la región a quien entonces era el presidente de esa insólita República, Carlos Andrés Pérez. Muchos de nosotros veníamos del destierro, expulsados de nuestros centros de estudios, como en mi caso “por pervertir a la juventud con el ideario marxista”, perseguidos y amenazados de muerte por los tiranos uniformados que usurparan el Poder para venir a estrecharle la mano a un hombre joven, de una vitalidad exultante, figura ya de primer orden en el concierto internacional, con el que departíamos en total camaradería. ¿No era digno de un cuento de Gabriel García Márquez? Amanecer en una ejemplar democracia caribeña. Desde luego: ninguno de nosotros sabía del odio y del rencor que anidaba en una parte esencial de la Intelligentzia venezolana que nos convocaba a ese Congreso Latinoamericano de Filosofía. Como que el convocante, Ernesto Mayz Vallenilla, rector de la recién fundada Universidad Simón Bolívar, sería tiempo después uno de los notables que llevaría a ese mismo presidente al doloroso ritual del asesinato cesariano. Y dos de sus principales promotores – Pedro Duno y José Rafael Núñez Tenorio – serían los intelectuales orgánicos de la irrupción armada de la barbarie militarista. Nada filosófica por cierto, como que la comandaba un grupo de ignaros coroneles sin otra formación intelectual que la de troperos ambiciosos y desarrapados. Lo recuerdo a propósito de los imprescindibles testimonios de Héctor Alonso López y Pedro Mogna, porque en ellos abunda la otra Venezuela: la del despertar de sus sectores humildes y populares, la del sacrificio desinteresado de una militancia de provincias, llena de idealismo, de entusiasmo, de fervor auténticamente revolucionario. Irrumpe en ellos el respeto, el cariño, la admiración por los grandes dirigentes de Acción Democrática. Algunos de ellos miembros de sus propias familias, sin saber que estaban haciendo historia. Y trasuntan, posiblemente sin pretenderlo, la inmensa alegría, la vitalidad, el amor colectivo de un país enrumbado posiblemente por primera vez en su decurso republicano hacia el éxito de sus grandes propósitos históricos. Leerlos sobre el telón de fondo de la destrucción de los partidos, de la carencia de grandes figuras de valía universal, como Rómulo Betancourt o Carlos Andrés Pérez, de la desaparición del abnegado espíritu de generaciones empeñadas en hacer de Venezuela el gran país que llegó a ser, de la desintegración de su civilidad y la odiosa hegemonía del militarismo corrupto, prepotente y descarado, a cuyas dictaduras le arrancaban entonces los futuros deslumbramientos de la Patria liberal y civilista, no puede sino conducir a la triste conclusión de que nuestro país ha perdido su singladura moral, su nervio vital, su consenso de grandezas para iniciar, desalmada, la travesía por un desierto de inmensas dificultades. La lectura de El Rostro Humano de la Política y Vivido y Contado pueden ser dos inestimables contribuciones para recuperar la memoria de lo vivido, fortalecer nuestras esperanzas y fijar el futuro de la bitácora de nuestros derroteros. Nos dan luces de la grandeza que fuimos capaces de crear, la misma que hemos perdido y de la que hemos sido irresponsablemente inconscientes. Donde hubo fuego, dice el refranero, cenizas quedan. Las brasas de nuestra grandeza esperan, impacientes, por nosotros. [1] El Rostro Humano de la Política, Héctor Alonso López, Barquisimeto, 2013. [2] Vivido y Contado, Pedro Mogna, Caracas, 2013. |
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