| Sofía Imber, genio y figura |
| Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs |
| Martes, 20 de Diciembre de 2016 00:00 |
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A Adriana Meneses y Beatrice Rangel En una proeza de alquimia y empatía sin igual, el joven escritor venezolano Diego Arroyo Gil, ya consagrado por su extraordinaria biografía de Simón Alberto Consalvi, uno de nuestros más prolíficos, cultos y lúcidos polígrafos, políticos y diplomáticos, ha logrado lo que bordea la magia: internarse en ese rico laberinto de historia, vivencias y experiencias existenciales de una de las más destacadas mujeres de nuestro siglo XX venezolano, Sofía Imber. El resultado es un libro de confesiones redactado en primera persona, sin que a quienes conocemos y amamos a esa extraordinaria mujer podamos distinguir donde comienza la personalísima voz de Sofía y dónde termina la brillante pluma de nuestro joven escritor. Sencillamente deslumbrante.
Sofía pertenece a esa pléyade de grandes figuras llegadas de lejos a construir la que llegaría a ser la pujante, moderna y fulgurante Venezuela del Siglo XX. Su vida no es sólo parte esencial del mapa de nuestra vida cultural y periodística, sino un reflejo de las grandes corrientes culturales, intelectuales, artísticas y pictóricas del siglo. Sólo la polvorienta y cuartelera mezquindad de la Venezuela de la barbarie impide que su nombre corone la más grande de sus obras: el Museo de Arte Contemporáneo, que desde su primera hasta su última piedra es obra única de su ingenio, su laboriosidad y su incomparable talento. Poseída de una voluntad, un buen gusto y un empeño invencibles, comenzó en un pequeño espacio sobrante de algunos metros cuadrados del Parque Central hasta ocupar hectáreas de esa maravilla arquitectónica y ese prodigio museístico que es nuestro principal espacio cultural. Ha de ser la más impactante obra de nuestra democracia, sin que le deba ni un suspiro ni al Estado ni al petróleo. Fue acompañada en esa aventura por ese extraordinario pensador que fuera Carlos Rangel, el más visionario y osado de nuestros intelectuales, y por una fiel cohorte de colaboradores. Pero en esencia, el museo de arte contemporáneo de Caracas, más allá de los atrabiliarios abusos del golpismo militarista, fue, es y será “el museo de Sofía”.
Los hijos del siglo podemos dar fe del insólito universo de grandes personalidades que se cruzaron en su prodigiosa existencia: desde ese maravilloso actor que fuera Gerard Philipe, al que aprendiéramos a admirar, adolescentes, en Fanfan La Tulipe, hasta los minotauros de nuestra creación artística: Picasso, Neruda y tantos otros semi dioses de nuestra cultura. Se codeó con la flor y nata de la intelligentsia y la creación europeos de la posguerra desde Paris, la capital espiritual de la época, vivió el arte en sus entrañas y acumuló ese tesoro de conocimiento y sabiduría para compartirlo con la Venezuela que despertaba de la catalepsia dictatorial y se hacía al ancho mundo de la contemporaneidad. Sus dos grandes amores dan fe de su grandeza: Guillermo Meneses y Carlos Rangel. En sus confesiones da cuenta de sus intimidades. Con ese desprejuicio, ese coraje y esa vida “a bout de souffle”, hasta el último aliento, como dicen los franceses. Sin parar mientes en prejuicios aldeanos ni temor a forzar la barra, actuando según los rigores y las apetencias de su conciencia, sin dar jamás su brazo a torcer: intransigente y auténtica, vertical, frontal, única, verdadera.
He comprobado la admiración de que disfruta en los círculos del pensamiento, el arte, la cultura y la política de América Latina. En la presentación del libro que comentamos, efectuado en un homenaje a su figura gracias al generoso mecenazgo del Diario de las Américas y del Miami Dade College, me han conmovido las palabras de Boris Izaguirre, de Carlos Alberto Montaner, del mismo Diego Arroyo Gil. Y conociendo de la profunda amistad que se profesan y ya ronda en una entrañable familiaridad de medio siglo, he disfrutado doblemente del puñado de canciones que Soledad, acompañada de nuestro querido Yasmil Marrufo, fuera a cantarle en ese homenaje tan merecido. Eran los temas de amor y de lucha que solía cantarles en sus Buenos Días a Sofía, a Carlos y a sus invitados: Palabras de amor, Goettingen, el Polo margariteño. Y Gracias a la vida, que cantara por primera vez en el último aniversario de Buenos Días, cuando junto a Arturo Uslar Pietri cumplieran con el que ya se había convertido en un rito necesario: acompañar a Sofía y Carlos en los aniversarios de su afamado programa. Esa vez Carlos fue el gran ausente. Ya no estaba entre nosotros. Buenos Días llegaba a su fin. Despedido con lágrimas.
Un conmovedor testimonio de la otra Venezuela, la grande, la gran ausente. Por ahora.
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