Cuba: la crueldad de una tiranía
Escrito por Trino Márquez C. | X: @trinomarquezc   
Jueves, 18 de Junio de 2026 00:00

altDesde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca por segunda vez, la situación económica y social de Cuba se ha tornado cada vez más catastrófica.

El secretario de Estado Marco Rubio, de ascendencia cubana, ha convertido el cambio de régimen, o al menos su moderación, en un problema de principios: la isla no puede seguir siendo gobernada por una casta estatista, militarista, totalitaria y corrupta, que controla toda la nación.  Ya es suficiente: han pasado casi siete décadas desde que Fidel Castro y sus barbudos bajaron de la mítica Sierra Maestra, para ocupar el lugar dejado por Fulgencio Batista, el dictador que mandaba el 1de enero de 1959.

Castro y sus guerrilleros representaron la reivindicación de un continente que fue humillado por los gringos, cuando las compañías bananeras norteamericanas, asociadas con la CIA, derrocaron en 1954 el gobierno progresista de Jacobo Árbenz en Guatemala. Árbenz se había atrevido a impulsar reformas orientadas a mejorar las condiciones laborales de los trabajadores al servicio de esas empresas. Junto a este dato real, el castrismo urdió la imagen de acuerdo con la cual Cuba era el ‘burdel’ y el ‘casino’ donde los ricachones gringos iban a darles rienda suelta a sus apetitos sexuales y a sus afanes lúdicos. La realidad y el mito se mezclaron para convertir a esos combatientes en héroes continentales y mundiales.

Al poco tiempo de Castro haber entrado en La Habana, fue quedando claro que Batista era un personaje folclórico, sin otra aspiración que disfrutar de forma hedonista del poder. Era la cabeza de una dictadura frágil y descompuesta. En cambio, el líder de los insurgentes tenía un proyecto muy bien estructurado: mantenerse de forma indefinida al mando del Estado y la nación.

Pasadas siete décadas, el ‘modelo’ cubano ya no tiene ningún encanto. Comparado con sus equivalentes en el mundo, sale en desventaja. A Cuba hay que contrastarla con China, Vietnam y Laos, países dominados por sistemas autoritarios en los cuales el Partido Comunista ejerce el control total del Estado, el Gobierno y la sociedad. En cada una de estas naciones el dominio del Partido es absoluto. Opera lo que los leninistas llaman el ‘centralismo democrático’: en la cúpula de la organización se desarrolla una cierta discusión -generalmente tutelada por el Secretario General- acerca de los temas cruciales del país. Una vez adoptadas las decisiones correspondientes, estas son comunicadas a los demás órganos del partido, el Estado y el Gobierno para que se cumplan. Así de sencillo y expedito.

En China, Vietnam y Laos, el Partido Comunista decidió hace décadas mantener el modelo de partido único con apertura de mercado, lo cual se tradujo en fortalecimiento de la propiedad privada y los derechos de propiedad, de manera que los capitales extranjeros y los domésticos disfrutasen de garantías y seguridades. Esas decisiones, junto con el desmantelamiento de las empresas del Estado y las desregulaciones progresivas en diferentes áreas, convirtieron en prósperas las economías de esas naciones. China es el caso que más se menciona. Hoy es la segunda economía más poderosas del mundo, luego de haber vivido los horrores de la era de Mao Zedong, hace apenas cincuenta años. Vietnam y Laos no poseen la importancia planetaria de China, pero sus robustas economías han permitido sacar a millones de ciudadanos de la pobreza.

Esa triada no constituye un ejemplo de libertad y democracia, pero cada vez más cantidad de ciudadanos disfruta de un salario que le permite vivir en condiciones dignas, alcanzar niveles de bienestar creciente y contar con servicios de calidad, como transporte público, electricidad, agua potable y una alimentación variada.

Ninguna de esas conquistas ha sido posible en Cuba, una nación que se hunde cada vez más en la miseria y la desesperanza. La isla durante la segunda presidencia de Trump y a partir de la captura de Nicolás Maduro, sufre los rigores de una presión sostenida para que emprenda el camino de la rectificación económica, que desde hace mucho tiempo aplicaron países gobernados por partidos comunistas.

Bastaría que la nomenclatura cubana – tan inclinada a echárselas de víctima- anunciara un programa coherente de reformas, para que la presión de Estados Unidos disminuyera y la situación cambiara. Claro, en el caso de la isla, esa propuesta de modificaciones tendría que ir acompañada de un esquema de innovaciones institucionales: apertura del sistema político, posibilidad de formar organizaciones políticas distintas al Partido Comunista, progresiva libertad de expresión, libertad de los presos políticos, apertura de un registro electoral que permita pensar en unas elecciones libres en un plazo no muy lejano, y otros cambios democratizadores que podrían aplicarse progresivamente, incluido el respeto a la seguridad de la actual dirigencia.

La situación geográfica de Cuba no es la misma de Vietnam y Laos, bajo el manto protector de la inamovible China. Para la poderosa e influyente comunidad cubana de Florida, resultaría inaceptable que las modificaciones se reduzcan al plano económico. Esa ha sido una sociedad sometida hasta los extremos del martirio.

En manos de la cruel e incompetente tiranía está la posibilidad de ahorrarles a los cubanos mayores sufrimientos. Invocar la soberanía para seguir ultrajando al pueblo no debe aceptarse.

@trinomarquezc


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