Por Diosdado y quitado
Escrito por Paulina Gamus   
Sábado, 01 de Agosto de 2009 19:36

altEn los primeros meses de 1999, cuando algunos ingenuos no creían -y otros preferían hacerse los que ignoraban- que la presidencia de Hugo Chávez sería un tsunami en todos los aspectos de la vida nacional, la Comisión de Administración y Servicios del Senado de la República que me tocó presidir durante seis meses, acordó invitar a Luís Reyes Reyes, ministro de Transporte Comunicaciones (así se denominaba entonces, sin el apócope Po-Po de Poder Popular) y a Diosdado Cabello, presidente de CONATEL (Comisión Nacional de Telecomunicaciones) El propósito era conocer los avances del proyecto de Ley de Telecomunicaciones que se discutía en ese organismo. De Reyes Reyes sabíamos que era el piloto que había roto la barrera del sonido durante el fracasado alzamiento militar del 27 de noviembre de 1992, lo que le daba un paupérrimo barniz de heroísmo. De Diosdado Cabello nada.


Aquel ex-teniente de 26 años, retirado del ejército por participar con Chávez y Cia, en el golpe militar de febrero de 1992, graduado en el Instituto Universitario Politécnico de las Fuerzas Armadas de la Cuarta República y con posgrado en la burguesa y oligárquica Universidad Católica Andrés Bello, de Caracas; comenzó a explicar el proyecto y enseguida se hizo patente la admiración general. En mi caso no fueron sus ojitos “los más bellos de Venezuela” -Chávez dixit- los que me impresionaron, sino su precisión, claridad y conocimientos, especialmente por tratarse de alguien tan joven. En noviembre de 1999, el ya agonizante Congreso de la República aprobó la nueva ley que derogó la de 1940. Los empresarios del sector estaban tan de plácemes que agasajaron al ingeniero Diosdado Cabello por la excelente labor desarrollada.

Diez años después Diosdado no es ni la sombra de aquel muchacho que con una adustez seguramente aprendida en su breve paso por la carrera militar -de la cual carece totalmente su jefe político, ejecutivo, espiritual y golpístico- causó nuestra admiración y motivó que sus hoy perseguidos lo agasajaran. Esos empresarios tan eufóricos entonces bien podrían decirle ahora, mutatis mutandis ¿tu también, Brutus? Porque es ese Brutus del siglo XXI el encargado de transformar en decretos y de ejecutar, la andanada de improperios y de atropellos contra los medios de comunicación que son ya costumbre del gran congelador de la nación.

En su visita a Caracas, después de haber obtenido el premio Nóbel de la Paz en 1994, Shimon Peres dictó una memorable clase magistral en la Universidad Católica Andrés Bello. Al referirse al derrumbe de la Unión Soviética destacó el papel de la televisión en ese desenlace y dijo: “la televisión ha hecho que las dictaduras sean imposibles y las democracias insoportables”.  Los gobernantes sin excepción, suelen atribuir sus propias fallas, vicios y errores a la televisión. Lo grave para ellos no es ser incompetentes, arbitrarios o corruptos sino que se sepa. Aquellos que son demócratas genuinos se indignan con las críticas y burlas pero saben que están obligados a tolerarlas. Los dictadores no. Estos últimos hacen lo que hoy vemos en Irán, en Cuba, en China y en otros regímenes autocráticos: prohibir, censurar o clausurar los medios audiovisuales porque -además de la TV- la radio es la otra enemiga mortal de los tiranos. Pero los farsantes que aún se esfuerzan por aparentar que son demócratas, se valen de leyes dictadas por parlamentos sumisos. Y, para ejecutarlas están los jueces, fiscales y otros funcionarios cuya dignidad -en caso de que la tuvieran- se evapora ante la amenaza de ser destituidos mediante un aló presidentazo. La represión es la misma pero con apariencia de legalidad.

Hace dos años Hugo Chávez ejerció su venganza contra Radio Caracas Televisión cerrándola y confiscando sus equipos. Ese atropello le costó la derrota en el referéndum para la reforma constitucional, el 2 de diciembre de 2007. Las demás televisoras privadas se habían acogido dócilmente a la autocensura, menos una: Globovisión. Hoy ese canal está en la picota como lo están más de 240 emisoras de radio en todo el país. A la hegemonía militarista de Chávez no le basta con el control de decenas de televisoras y centenares de radios que invaden (infectan) toda la geografía nacional. Así como la consigna de Lenin “todo el poder para los Soviets” se transformó en todo el poder para Stalin, en la Venezuela de 2009 apenas hay que sustituir el nombre de Stalin por el de Chávez.

Diosdado Cabello no será el único a quien se le cobrará ser el verdugo de la libertad de expresión en Venezuela. Como eficaz cooperadora aparece la Fiscal (a) General (a) de la Nación Luisa Ortega Díaz quien, sin que nadie se lo haya pedido actúa como la muchachita aplicada que hace méritos para que el maestro la distinga. La susodicha presenta un proyecto de ley que, de ser aprobado por la apocada Asamblea Nacional, permitiría que cualquiera de nosotros vaya a la cárcel por el solo hecho de divulgar por Internet “noticias falsas que lesionen la paz social, la seguridad nacional, el orden público, la salud mental o la moral pública”. El periodista Gustavo Azocar acaba de ser víctima de esa ley aún no aprobada. El delito: haber insertado en su blog comentarios sobre el juicio perverso que se le sigue. La jueza que lleva su caso en el estado Táchira le dictó auto privativo de libertad y está preso.

Un viejo refrán español dice que “él que da y quita con el diablo se desquita”. Los venezolanos, al menos en mi lejana niñez, solíamos decir que al que da y quita el diablo lo visita. Me gusta más esta versión, sobre todo tratándose de Diosdado y de quien lo ha mandado a quitar lo que había dado.

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