Reflexiones improbables
Escrito por Diego Bautista Urbaneja   
Jueves, 27 de Agosto de 2009 06:12

altNo es común que en ese tipo de personalidades haya espacio para la reflexión, ese pensamiento que vuelve sobre sí mismo, para interrogarse sobre sus propias certezas a raíz de lo que la experiencia va mostrando. Son individuos en los que todo rebota, en los que nada penetra. Alguna corriente de la psicología las llama personalidades titánicas. Lo que acontece, lo que le dicen, los datos que aparecen, no tienen la capacidad de suscitar interrogantes íntimas - ¿estaré en lo correcto ? -ni de despertar en el alma de esos personajes emociones dormidas, que pudieran conducir en nuevas direcciones. Al contrario, todo lo convierten en simple materia de cálculo para seguir adelante por la ruta que traían.

Si acaso esas cosas parecen adversas, son inmediatamente reconvertidas en nuevos elementos que confirman las creencias que ya se poseen. Para eso están los dogmas que sirven de base de interpretación de todo lo que ocurre, y están hechos de tal manera que es imposible que nada de lo que acontece pueda escapar a su poder deformador. Así es como todo puede ser entendido como producto de una maniobra imperialista, o de una conspiración mediática, o de la presencia en nuestras mentes de vicios capitalistas sembrados allí desde hace siglos, presentes casi en el ADN instalado en nosotros por ese sistema económico que se sabe valer de todas las artimañas, como el mismo demonio que es. Estas personalidades titánicas son posiblemente del tipo de hombres menos libres de la especie, los mayores esclavos de sí mismos que hay en este planeta.

A pesar de eso, a pesar de que Hugo Chávez se ubica claramente dentro de esas coordenadas psicológicas, lo que ha pasado y sigue pasando en el país da lugar para hacerse algunas preguntas de fantasía. Uno se pregunta por ejemplo, si se le ocurrirá pensar en algún momento a este individuo en lo verdaderamente bravo que es este pueblo. No el que lo apoya, sino el que se le enfrenta. ¿No le llamará la atención, no le causará oculta admiración, la decidida voluntad de no doblar la rodilla, de no inclinar la cerviz, que habita en millones de venezolanos? Contemplando tanto gas lacrimógeno desafiado, no asomará en su mente un pensamiento perturbador que dijera algo así: “lo tengo todo: el dinero, los jueces, las leyes, las armas, las balas, los gases... y lo uso sin que me detenga ninguna barrera. Y frente a todo ese poder, allí están, allí siguen, día tras día, y cada día más. ¿Es que no se van a cansar, es que no se van a asustar, es que no se van a rendir? Tanta sumisión por un lado, y por el otro, tanta cabeza erguida. Minoría o mayoría, ¿qué más da? Son muchísimos y no tienen la menor intención de bajar la guardia. Me la paso hablando del ‘despertar de los pueblos’ frente al imperialismo y en mis narices tengo uno que no se ha dormido un instante frente a mí”.

Seguramente Chávez no puede permitirse ese tipo de reflexiones. Creerá que reconocer en los venezolanos que lo adversan ese temple que va más allá de cualquier cosa sería el principio de una claudicación en un impulso “revolucionario” que no debe admitir la menor vacilación. Así que no se dirá el hombre: “nada de lo que tengo frente a mí una parte del pueblo a cuya voluntad de lucha no puedo menos que admirar. Esas gigantescas manifestaciones y marchas, esos millones de votos no revelan sino la persistencia de un vicio. Lo que yo, Chávez, tengo frente a mí no es más que una caterva de seres que están luchando por mantener sus viejos privilegios, o que son víctimas de los mensajes insidiosos de los medios, o que están infectados del virus capitalista de una manera que no ha sido posible extirpar. Nada auténtico, nada valioso, reside en esos millones de hombres y mujeres que lo más que logran son ‘victorias de mierda”.

Pero volvamos a nuestras fantasías, llevemos las cosas aún más lejos, y veremos que habría lugar todavía para otro nivel de cuestionamientos. “Ese pueblo que me sigue, ¿es realmente como yo querría que fuese? Esos hombres que dicen sí a cuanto afirmo, ¿me añaden algo? ¿tienen, a esos efectos, existencia propia, cuyo reconocimiento hacia mí me hace ser más, o se han convertido en simples reflejos de mí mismo?”.

Continuando en ese remolino, llegará Chávez a decirse, ya en el paroxismo de la reflexión: “¡cuánto daría yo porque fueran quienes me adversan los que me apoyaran!”.


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