Teleagonía
Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc   
Lunes, 30 de Abril de 2012 09:37

altDesde 1998 hemos sido víctimas de una imposición grotesca que ha acumulado miles de horas perdidas en tratar de equiparar lo que se dice con lo que se hace


Una imagen dice más que mil palabras
Kurt Tucholsky


Las imágenes son una guía para el estudio de la realidad. Tal vez su última instancia y el contraste con el vacío que a veces dejan las palabras, que muchas veces se prestan a  la perversidad. Las imágenes pueden ser crueles o dejarnos perplejos pero son determinantes porque se comportan como las albaceas de la verdad. Y resulta tal vez un tanto paradójico que sean aquellos que han apelado por tanto tiempo a las imágenes los que ahora estén entrampados en ellas.

Desde 1998 hemos sido víctimas de una imposición grotesca que ha acumulado miles de horas perdidas en tratar de equiparar lo que se dice con lo que se hace. Miles de horas intentando presentar un país próspero y feliz que sin embargo la gente no aprecia en ninguna otra parte que en ese fatuo mundo de palabras desmigajadas a lo largo de los últimos catorce años. Y como si estuvieran condenados a la farsa y a la tragedia, cada vez que deben apelar a la realidad, esta se les voltea con ferocidad. Dijeron seguridad y obtuvieron más de 150 mil homicidios. Dijeron luz, y los apagones se enseñorearon hasta convertirse en anécdota cotidiana. Dijeron agua y el resultado no ha sido otro que la constatación de que los principales embalses están contaminados y que los esfuerzos para potabilizar el agua pueden terminar ocasionando daños inmensos en la población que las consume. Hablan de soberanía y todo el mundo sufre los rigores de narcoguerrillas que secuestran y exigen vacunas. Todo el mundo vive aterrado por lo que todavía no le ha sucedido. Todo el mundo teme que en algún momento puede convertirse en víctima fatal, a pesar de lo que diga todo el alto gobierno sobre supuestas campañas que intentan perturbar el solaz revolucionario. Dijeron salud y lo cierto es que nos hemos convertido en una sociedad de mendigos desasistidos y trashumantes intentando conseguir la medicina y la atención que anuncian los carteles, mientras el recelo media entre una pregunta y la titubeante respuesta que algunos atinan a dar desde su título como médico cubano o los muy recientes médicos comunitarios. La realidad no los ayuda cada vez que corresponde validar cualquiera de las promesas que ha asumido este gobierno. Dijeron viviendas y no se terminan de vaciar los albergues provisionales. Y han prometido cientos de veces una honestidad que, sin embargo, no puede rendir cuentas por cientos de miles de millones de dólares extraviados en una maraña de corrupción, sobornos y malos manejos que transitan nuestras calles y avenidas en forma de viviendas impagables pero habitadas por conspicuos funcionarios, y vehículos de reciente factura, debidamente blindados, y representativos de una nueva estética, agresiva y de recién vestidos que es inocultable en su ordinariez y carencia de pudor. Esta revolución bonita está naufragando en la realidad, que la contradice en cada una de sus palabras sin que puedan hacer nada frente a la inminente explosión de todas estas disonancias.

Toda esta tramoya se montó alrededor de una imagen de hombre fuerte, de caudillo feroz e imbatible que exigió ser garantía unívoca e irrevocable de su propia revolución. Chávez se convirtió en su propio ícono, en sinónimo de invencibilidad y en promesa fatal de estar al mando hasta el final de los tiempos. Todos los demás son basura galáctica condenados a gravitar alrededor de su ser. Hasta que las imágenes se trastocaron en enfermedad y desvalimiento del  que sin embargo no termina de renunciar a presentarse tal y como le vaya yendo, algunas veces demacrado, otras veces hinchado, y más recientemente derrotado por las circunstancias adversas. Todas ellas aprovechadas para acercar la bola al último mingo de sus indeclinables aspiraciones políticas. Porque en vez de pudor y retiro, quiere seguir al frente sin importarle ni sucesiones ni transiciones, ni mucho menos las conveniencias de la República.

El líder no quiere hacer mutis y por eso nos somete a esa lastimosa teleagonía que no es ni testamento ni legado. Se reduce a ese trasegar de rumores y constataciones, lágrimas y desplantes, promesas increíbles y falsos reportes sobre su propia salud, a veces aliñados por un escándalo imprevisto en el guión o alguna indiscreción de los que no soportan el secreto de una enfermedad cuyo desenlace está en la puntica de la lengua de todos.  Toda imagen cuenta una historia. Pues bien, las más recientes relatan la futilidad de la vanidad y la insensatez de aquellos que apuestan a un porvenir irrevocable, sin reconocer, como alguna vez lo dijo Borges, que por las hendiduras de cualquier plan siempre se cuela un Dios que acecha.

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