| Monstruosidad |
| Escrito por Emilio Nouel V. | @ENouelV |
| Jueves, 02 de Febrero de 2012 12:12 |
Reflexionando sobre asunto tan grave como el de la locura de tolerar y presentar en público a unos niños armados de rifles de asalto kalashnikov en el barrio 23 de Enero
de Caracas, recordé que un pensador europeo hacia finales de los años treinta del siglo pasado ya había señalado como característica fundamental de los gobiernos autoritarios nazi-fascistas su culto por la violencia.
El profesor francés Raymond Aron en un ensayo titulado “Las religiones seculares” describía a las elites dirigentes de los regímenes de Alemania e Italia como violentas, compuestas de seudo-intelectuales o aventureros, cínicas, eficaces y espontáneamente maquiavélicas. Y agregaba a la caracterización de estos sistemas: “las instituciones y la diplomacia están al servicio de la voluntad de poder de estas elites: autoridad tiránica en el interior, expansión sin límite al exterior.” Recuerda también Aron, citando a Vilfredo Pareto, que lo que determina la naturaleza de un régimen político es el carácter de su elite (entendido este término en este caso, en un sentido psicosocial), y que existen esencialmente dos tipos de políticos: el parlamentario, el que negocia, el que se acuerda con los competidores o adversarios, y el político que desprecia aquellos modos civilizados, “burgueses”, de la política y se inclina por la violencia. Esta elite, dice Aron, “está menos caracterizada por el hecho de que se recluta en la pequeña burguesía y antiguas clases populares que por el hecho de que se compone de hombres que tienen un gusto por la violencia, digamos, el gusto por la autoridad empujada hasta la violencia, y que poseen por excelencia una técnica, la de la acción sobre los hombres.” Y ciertamente, estos regímenes políticos revolucionarios desprecian las virtudes de la democracia que pretenden destruir: el respeto a la persona, a las ideas y a la autonomía personal y cultivan las “virtudes” del carácter militar y de la acción. Con su proceder, persiguen que los ciudadanos se deshabitúen de las virtudes democráticas, principalmente, del consentimiento necesario en todo régimen de libertades. Mutatis mutandi, en nuestro país se reproduce una conducta similar de parte de quienes gobiernan. Cuando vemos a unos niños inocentes armados de rifles de asalto por unos políticos extraviados, inspirados en ideologías demenciales, no podemos menos que escandalizarnos y repudiar ese delito flagrante perpetrado a la luz del día. ¿Cómo es posible que padres y madres, maestros y gobernantes puedan permitir semejante monstruosidad? ¿Es que acaso ésa es una conducta extraña a la elite que nos gobierna? ¿qué hacían allí un diputado del PSUV y un militar uniformado cohonestando tal salvajada? ¿Es mentira que el gobierno de Venezuela actual glorifica al asesino que fue el Che Guevara, al narcoterrorista Tirofijo o a los que tomaron las armas contra la democracia en los años sesenta o violentaron las leyes y la Constitución en los golpes de Estado de 1992? Pues, no. El que ocurran hechos criminales como el de niños armados es una consecuencia lógica de una visión de la vida y de la política que exalta la violencia como forma de resolver nuestras diferencias. Que no vengan ahora los que han alimentado el odio y estimulado desde el gobierno la violencia durante más de una década, a rasgarse las vestiduras condenando lo sucedido en el 23 de Enero. Basta hacer un recorrido por el discurso que se ha emitido desde las alturas del poder para confirmar la reiterada apelación a un lenguaje virulento, que atiza los resentimientos y los enfrentamientos entre clases sociales, que legitima el uso de los medios bárbaros para dirimir las diferencias o resolver los problemas sociales. No sería aventurado afirmar que el rechazo que hacen las autoridades del partido de gobierno de la utilización perversa de estos niños, más allá de la disonancia cognitiva que evidencia, se haga por conveniencia y cálculos político-electorales. Cuando el gobierno se prepara para celebrar el repudiable golpe de estado del 4 de Febrero, no hace sino reiterar su vocación violenta, su adicción a las vías de hecho en política. ¿Qué diferencia hay entre esta también monstruosidad política con la que hacen ahora con esos niños indefensos?
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