| La maldad a juicio (y II) |
| Escrito por Carlos Balladares C. | X: @Profeballa |
| Jueves, 12 de Febrero de 2026 00:00 |
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“Herman Goering no es un loco, es un hombre que ha decidido que el resto de la humanidad no tiene importancia frente a su propia ambición. (...) El mal no es una enfermedad mental, es la falta de empatía. Es la incapacidad de mirar a otro ser humano y ver a un igual” (Capitán Gustave Gilbert, jefe psicólogo de la prisión, en Nuremberg, 2000, Yves Simoneau) La película que mejor se apega a los hechos de los juicios de Nuremberg es la miniserie de 2 episodios llamada Nuremberg (Yves Simoneau, 2000). He visto que algunos la consideran docudrama por este motivo. Al verla quedé impactado, no por el duelo central entre el fiscal estadounidense: Robert Jackson (Alec Baldwin) y el mariscal Herman Goering (Brian Cox), sino por el diálogo entre Goering y el capitán Gustave Gilbert (psicólogo jefe de la prisión del Tribunal Nuremberg después de la partida del psiquiatra Douglas Kelley en enero de 1946, que fue representado por el actor Matt Craven), el cual le permite concluir que el holocausto ocurrió por falta de empatía. Pero también cómo los malvados, siendo el mejor ejemplo Goering, son astutos e inteligentes (Kelley y Gilbert le hicieron una serie de pruebas, entre ellas la del coeficiente intelectual, y el jefe de la Luftwaffe obtendría el tercero más alto) y pueden confundir a las buenas personas como el fiscal Jackson. El duelo entre el fiscal Jackson y el nazi Goering es hollywoodense: el bien y el mal se enfrentan una vez más, al principio el mal parece que doblegará a nuestro héroe pero al final los buenos triunfan. Todo por las habilidades del fiscal para recabar las pruebas que confirman el carácter genocida de los líderes nazis. Jackson, al igual que el juez de Judgment at Nuremberg (Stanley Kramer, 1961), es la mayor expresión de las virtudes “americanas”; y para ello incluso se establece la ficción de un coqueteo con su secretaria - ¡pero no cae en la tentación! - y se mantiene fiel a su esposa. Jackson y Goering representan el ideal del bien versus el mal pragmático y seductor. Russell Crowe al interpretar el mariscal en el filme homónimo del 2025 resalta estas mismas habilidades. Brian Cox logra mostrarnos como seguramente fue Goering, y de esta forma nos permite comprender cómo el nacionalsocialismo pudo llegar al poder en la Alemania de posguerra, y dirigir todas las fuerzas de esta nación para conquistar Europa. Goering usa lo único que le queda al ser capturado: la palabra y el prestigio como héroe de la Primera Guerra Mundial y comandante de la fuerza aérea que dominó los cielos del viejo continente. Es un genio de las relaciones humanas, se gana a muchos de sus captores y termina liderizando a los 24 prisioneros. Aunque el jefe de la cárcel resulta una excepción. Su idea es desmontar lo que considera el juicio de los vencedores y por medio de la prensa que mantiene informado al mundo y a Alemania, intentar que el nacionalsocialismo siga siendo un ideal para sus compatriotas. Al mostrarnos a Goering como un hábil político que defiende a su partido de algún modo muestran la principal tesis de la acusación elaborada por la fiscalía estadounidense: la conspiración nazi y el carácter criminal de las organizaciones nazis. Las otras tres delegaciones nacionales se encargaron de otros aspectos de los tres cargos que se les imputaron: crímenes de guerra, contra la humanidad y contra la paz. El filme se centra en la maldad de la ideología y régimen político que defiende el comandante de la Luftwaffe. Las atrocidades que cometieron los nazis no fueron negadas en los juicios tanto por abogados defensores como los acusados. Aunque estos últimos trataron de salvarse alegando ignorancia o achacando toda la culpa en Hitler, para decir casi siempre que ellos “solo seguían órdenes”. La prueba de la maldad del nazismo como el desarrollo del juicio, tanto en la película como en la realidad, tendió a centrarse en el Holocausto, y su momento cúspide es la declaración del comandante de Auschwitz: Rudolf Hoss, que corrobora todo lo afirmado sobre el asesinato en masa. La miniserie repite el llamado mito del “nazi bueno” en relación a Albert Speer. cuando este acepta la culpa y ayuda al psicólogo Gilbert en contra del liderazgo de Goering. Es un mito que ya dio sus primeros pasos en la prensa que le hizo el seguimiento a los juicios como forma de hacer un contraste, mostrar una división interna entre los líderes nazis. Pero se hace fuerte después de la publicación de sus memorias en 1969: Dentro del Tercer Reich, y especialmente en 1981 con dos miniseries donde Speer tiene un papel protagónico. Primero en la adaptación de dichas memorias con el mismo nombre y dirigida por Marvin J. Chomsky; y luego en The Bunker de George Schaefer con Anthony Hopkins como Hitler. Finalmente nos impresiona como esta percepción se mantiene igual 20 años después en la miniserie que estamos comentando y en Der Untergang/ El hundimiento de Oliver Hirschbiegel (2004). El mito se establece al valorar la aceptación del crimen y el arrepentimiento. Jamás se considera que fue una treta para sobrevivir y limpiar su nombre, nunca se nombra el trabajo esclavo en sus grandes construcciones que ha resaltado la historiografía. En quince días trataremos los juicios que se le hicieron a los líderes del Imperio del Japón, para ya ir cerrando estos 6 años dedicados a la Segunda Guerra Mundial. Nos preguntamos ¿se logró el objetivo de los fiscales y los líderes aliados? Una primera impresión es negativa, al ver la rápida llegada de la Guerra Fría y el peligro de “la repetición” de asesinatos masivos - en palabras del fiscal Jackson - ahora con el horror atómico. Una segunda mirada, con el privilegio del paso de las décadas, es que sí hubo aprendizaje. Siempre se tendió a nivel de la opinión pública mundial a estar más atentos a los genocidios, y el Tribunal Penal Internacional, diga lo que se diga, existe. El ideal que el derecho, la diplomacia y el arte de la negociación, estén por encima de la agresión militar, no es solo un ideal en el mundo de posguerra. Nadie puede negar que no hemos caído en una guerra mundial después de 1945, después de Nuremberg. Algo se hizo bien, algo se ha aprendido. Los tiranos asesinos la tienen menos fácil ahora, no lo dudo.
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