La macro y microeconomía de los bodegones
Escrito por Enrique González Porras   
Miércoles, 19 de Enero de 2022 00:00

altRecientemente plataformas informativas han hecho públicas algunas aseveraciones realizadas en un inicial y provocador esfuerzo de estudio

descriptivo del fenómeno de la proliferación de los Bodegones en Venezuela redactado por Benedict Bull, Antulio Rosales y Manuel Sutherland, patrocinado en colaboración por la Universidad de Oslo en Noruega y el Centro de Investigación y Formación Obrera (CIFO).

Si bien el documento titulado “Venezuela: de la crisis económica al capitalismo elitista bodegonero” plantea y provoca más preguntas de las que responde, valoramos un esfuerzo novel que brilla por la ausencia de iniciativas de esta naturaleza en el país.

 

Sobre la macroeconomía

Dentro de las “conclusiones” que los autores plantean destaca sus dudas referidas a que el fenómeno de proliferación de los bodegones pueda constituir un medio suficiente para crear crecimiento, recuperación económica y bienestar. Su aseveración la basan en los siguientes elementos:

1.- El eventual limitado valor agregado que estos establecimientos puedan aportar al PIB a través de su actividad económica.

2.- Un eventual efecto sustitución y expulsion de los bienes producidos localmente y su valor agregado versus los productos comercializados por estos establecimientos de origen importado.

3.- La dinámica de dicho mercado en términos del número de entradas y su eventual expansión podría contar con un límite pudiendo implicar en la actualidad que se atraviesa un periodo de estabilización en lo que a su número de establecimientos y la entrada se refiere. Al respecto incluso aseguran que la oferta de los productos comercializados en los bodegones no resulta diferenciada, lo que podría interpretarse como un angosto mercado horizontal referido a las preferencias de los consumidores, que limitaría, eventualmente, el número de establecimientos comerciales que caben en el mercado. Los autores estiman que el número de bodegones en Venezuela para el año 2021 pudo ubicarse alrededor de 613 establecimientos comerciales.

Sin embargo, queda pendiente respecto al segundo elemento, estimar si el efecto neto de valor creado -producto de una nueva demanda y el valor agregado para atenderla- supera al valor agregado eventualmente desplazado y destruido producto de la sustitución de productos de origen local por productos de origen importados. En el caso que el efecto neto sea positivo, vale destacar que por más que atienda a una demanda “elitista” como se define en el documento, contribuiría en términos netos al PIB y en consecuencia resultaría en una mejora paretiana (aún cuando efectivamente limitado y/o insuficiente dado los dos otros elementos descritos).

 

Sobre la microeconomía

Dicho lo anterior, el estudio asoma algunos datos descriptivos y elementos referidos a la dinámica del negocio de los bodegones sobre los cuales valdría la pena ahondar en sucesivos estudios y análisis, y respecto a los cuales realizaremos alguna reflexión a continuación:

Primero, en el documento los autores asoman que los bodegones suelen aceptar como medios de pago tanto aquellos denominados en bolívares -efectivo y transferencias- como en dólares -efectivo y transferencias-. Adicionalmente, se asoma que en bolívares estaría preponderando las transferencias al efectivo producto de la “desmonetización” de la economía generada por la inflación sobre el stock y el cono monetario doméstico. Para la muestra analizada, el uso de bolívares asciende al 66% de las transacciones de compras en dichos establecimientos comerciales.

Estas estadísticas estarían revelando el papel protagónico y determinante que posee la demanda sobre la dinámica de los mercados. Aún cuando tanto para consumidores y oferentes el bolívar es una moneda que no cumple con sus funciones, especialmente la de resguardo de valor lo que la hace una papa caliente que nadie desea tener en sus manos, existiría un porcentaje significativo de consumidores que no tienen acceso a dólares o cuyo costo transaccional para cambiar sus bolívares a dólares es especialmente elevado para ellos. En la medida que este segmento de consumidores enfrente un elevado costo transaccional de cambiar bolívares a dólares, así como una elevada elasticidad precio generalizado que incluya dichos costos; los comerciantes asumirán los costos transaccionales -cuando menos parcialmente- y riesgos derivados de aceptar bolívares. Lo anterior responde al hecho que perder estos clientes, por su volumen, no compensa en comparación con aceptar exclusivamente dólares (podría estar subyacente cierta amenaza competitiva por parte de otros oferentes y unas ventajas relativas). Asimismo, lo anterior parece asomar que existe un mercado cambiario al cual dichos establecimientos podrían acudir, especialmente cuando pensamos que la reposición de sus inventarios supone la necesidad de acceso a un mercado de este tipo (de hecho, la brecha entre el tipo de cambio del mercado oficial y el no oficial en promedio se ha diluido).

Adicionalmente, llamaría la atención los distintos poderes de negociación de las partes -consumidores, bodegones, y trabajadores de bodegones- en cada tipo de mercado, específicamente en el mercado de productos importados y en el mercado laboral. Los trabajadores de los bodegones en su mayoría reciben bolívares como remuneración (79% de los trabajadores).

La incidencia de los costos cambiarios o de aceptar bolívares recae en cierto agente económico -el bodegón en el caso del mercado de productos importados y sobre los trabajadores en el caso del mercado laboral- dependiendo de la elasticidad de la oferta y de la elasticidad de la demanda en cada mercado y en consecuencia a sus distintos poderes relativos de negociación.

Segundo, en el documento se asegura que debido a la falta de dólares en efectivo de baja denominación se generarían “formas de distorsión en el mercado, que facilita la extracción de rentas extraordinarias y que desfavorece a los consumidores”. Para explicar dicha aseveración los autores usan el ejemplo de una eventual compra de un bien por un monto de US$ 26, asegurando que en el caso en el que ni el comercio ni el cliente cuenten con dólares en efectivo de baja denominación como para dar vuelto en el primer caso o pagar justo los 26 dólares en el segundo caso, se le exige al consumidor adquirir algún otro producto para redondear la transacción.

Esta hipótesis adolece de falta de microfundamentos robustos y exigiría validación empírica por las siguientes razones:

1.- El redondeo podría realizarlo el cliente hacia abajo dejando de comprar algunos productos si los US$ 26 fueren el resultado de varios productos en la cesta de compra. Esto resulta contraproducente para el bodegón, dejaría de incorporar contribuciones marginales a los beneficios de la empresa.

2.- El argumento microeconómico más importante del que carece dicha hipótesis es una teoría del daño basada en ventas atadas o en discriminación de precios. Si el valor de un bien o un conjunto de bienes por parte de los consumidores supera US$ 26, el oferente fijaría su precio de antemano en dicho valor superior y no esperaría que producto de falta de vuelto o pago exacto incrementar el precio de la compra por medio de una “venta atada” o una “venta condicionada” de productos adicionales. De hecho, la contribución marginal del producto atado no es igual a su precio, debe descontarse los costos, por lo que el comercio no posee incentivos para utilizar dicha estrategia como un elemento de ajuste del precio (no existen incentivos para utilizar la venta atada para descremar al cliente, ceteris paribus). Por otra parte, incluso suponiendo el caso de un oferente monopólico, su precio óptimo es el precio de monopolio; aumentar el precio producto de una estrategia de atar un producto que no se desea o que no se valora suficiente respecto a su precio, violenta la Ley del Monopolio Único. Más rentable le resulta a la empresa vender la mayor cantidad posible de productos con un margen de monopolio que un número muy inferior a un margen mayor con efecto neto negativo sobre el beneficio de la empresa (esto porque el efecto volúmen supera al efecto precio o de descreme a partir del precio de monopolio).

3.- Otro tema distinto es que producto de la falta de efectivo en dólares de baja denominación se pudiera imposibilitar o dificultar las transacciones. Esta posibilidad, prima facie, parece estar negada por la evidencia empírica, siendo que el documento reconoce que los bodegones aceptan simultáneamente otros medios de pago tanto denominados en dólares como en bolívares distintos y conjuntamente con los dólares en efectivo.

4.- Aún así vale la pena destacar un caso de extremo de interés. Supongamos por un instante que sólo puede pagarse en dólares en efectivo y no existen billetes de baja denominación (por ejemplo no existen suficientes billetes de un dólar y de cinco dólares). 

Para que una transacción que incorpora un bien atado a otro bien se perfeccione, el valor conjunto de los bienes para el consumidor -digamos del producto A y del producto B- tiene que superar la suma de los precios de los bienes por separado (es decir satisfacer la restricción: Va + Vb > Pa + Pb, donde Va es la valoración del producto A para los consumidores, Vb es la valoración del producto B para los consumidores, y Pa y Pb son los precios respectivamente del producto A y el producto B). Esta condición implica que se genera excedente del consumidor positivo y existen incentivos por parte de éste para perfeccionar la transacción (de lo contrario el consumidor simplemente no acepta la oferta de venta atada del tipo Pure Bundling).

Si un consumidor admite pagar US$ 30 por dos productos vendidos en combo, donde para venderle el producto A se le ata el producto B, dicho consumidor valora ambos productos conjuntamente al menos por un monto de US$ 30, de lo contrario no pagaría por ellos. 

Esto admite dos casos. Caso 1ro: En el caso que la valoración que tengan los consumidores por el bien atado utilizado como sustituto del vuelto sea superior a su precio (US$ 4 en nuestro ejemplo) no sería necesario atarlo o imponerlo como “vuelto”; los consumidores lo adquirirían voluntariamente porque les generacia excedente del consumidor.

Caso 2do: Por todo lo expuesto hasta ahora supongamos que el precio de US$ 26 para el producto A es su precio óptimo, esto significa que un precio por el monto remanente para llegar a US$ 30  por ejemplo el precio del bien B de US$ 4 sólo podría ser viable si el consumidor posee una valoración por dicho bien B igual o superior a su precio.

En el caso de aceptar un bien atado a un precio de US$ 4 cuando se valora por un monto inferior implica “destruir” parte del excedente del consumidor por el bien cuyo precio es US$ 26, que en el caso de precio de equilibrio correspondiendo a Va=Pa= US$ 26, imposibilitándose la transacción.

Valga destacar que aquel “bien atado” cuyo precio y valor por parte de consumidor coinciden, y adicionalmente no genera contribución marginal a los ingresos del comerciante, constituiría un medio de pago y cambio (el dinero).

En este caso extremo cuando la limitación y la discontinuidad en la denominación de billetes en dólares obliga a que la transacción se perfeccione en montos enteros y no continuos, parece más apropiado hablar de precios de combos y no necesariamente individualizados. Aún cuando éstos últimos existan de manera referencial para construir precios de combos, el hecho cierto es que la elección de comprar, ante una ausencia absoluta de vuelto y baja denominación de efectivo, dependerá de la condición de que la valoración del combo supere a su precio de combo versus la alternativa de no comprar.

Concluyendo, efectivamente en una situación de ausencia o insuficiencia de medios de pago, especialmente aquellos caracterizados por continuidad y no por montos enteros discontinuos por ejemplo múltiplos de 10 y/o 20 de existir sólo billetes de dólares de US$ 10 y US$ 20, podría imposibilitarse y destruirse numerosos intercambios. Sin embargo, no existen incentivos por parte de los comercios sino para corregir esta situación. De hecho, por ello en su momento algunos comercios y tiendas por departamentos innovaron introduciendo tarjetas de regalo o de acumulación de vuelto en dólares, lo que pretendía evitar la destrucción de transacciones en beneficio tanto de consumidores como de los comercios.

Abogamos por el hecho que tanto el sector público como el privado fomenten y promuevan análisis económicos de nuestros mercados, aún permitan diseñar y proponer mejores prácticas regulatorias y coadyuvar a desmontar barreras y distorsiones en contra de la generación de actividad económica y bienestar.

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