| De los irenarcas al principio de irenarquía: la paz como criterio rector del orden social |
| Escrito por Douglas C. Ramírez Vera | @AccHumGremial |
| Viernes, 21 de Noviembre de 2025 07:16 |
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Sin embargo, a lo largo de la historia, distintas tradiciones han insistido en que la paz es mucho más que eso: es un principio normativo, un criterio rector del orden social. La palabra griega eirēnarchēs —de donde proviene “irenarca”— significa literalmente “príncipe de la paz”. En el Imperio griego, el irenarca era un oficial militar encargado de mantener la seguridad en las provincias. Los romanos adoptaron esta figura, aunque los abusos de poder fueron tan notorios que los emperadores Teodosio y Honorio terminaron por suprimir el cargo. El término, sin embargo, sobrevivió en el lenguaje jurídico y teológico. El Código de Justiniano lo recoge como “príncipe de la concordia y de la paz”, y algunos autores cristianos lo aplicaron a Jesucristo, subrayando su misión reconciliadora. Así, lo que comenzó como un oficio militar se transformó en símbolo religioso y, más tarde, en principio filosófico.
Filosofía helenística: paz como armonía racional Tras la muerte de Alejandro Magno, el mundo griego entró en una etapa de incertidumbre. Las ciudades-estado perdieron protagonismo y surgieron nuevas escuelas filosóficas que buscaban ofrecer serenidad en medio del caos. Los estoicos defendieron que la paz se alcanzaba en la medida en que el ser humano vivía conforme al logos universal, aceptando la ley natural que regula el cosmos. La justicia, en este marco, no era una convención, sino la expresión de ese orden racional. Los epicúreos, por su parte, entendían la paz como ataraxia, que se puede entender como calma, serenidad o ausencia de perturbación. Aunque más centrados en la vida individual, también reconocían que la convivencia requería acuerdos justos para evitar el miedo y la violencia. En ambos casos, la paz aparece como condición de posibilidad de un orden social estable.
Alejandro Magno: integración política y cultural Alejandro Magno, a pesar de ser recordado como conquistador, tuvo una visión que trascendía la mera dominación militar. Su proyecto político buscaba integrar culturas diversas bajo un imperio común. Promovió matrimonios mixtos, adoptó costumbres persas y fomentó la idea de un imperio universal. La paz, en su modelo, era resultado de la integración y la convivencia, aunque sostenida por la fuerza de las armas. Este antecedente muestra cómo la paz puede ser concebida como un objetivo político y no solo, como la ausencia de guerra, sino también como parte integral de la construcción de un orden que permita la coexistencia de pueblos distintos.
La tradición bíblica: shalôm como plenitud El Antiguo Testamento ofrece una visión aún más profunda. El concepto hebreo shalôm no se limita a la tranquilidad, sino que significa varios conceptos, entre ellos plenitud, prosperidad y bienestar integral. Isaías lo expresa con claridad: “La obra de la justicia será la paz” (Is 32,17). Aquí, la paz es inseparable de la justicia: no puede existir una convivencia verdadera sin justicia o equidad. Este principio teológico se convirtió en criterio político y social: gobernar en paz significaba gobernar con justicia. La paz no era pasividad, sino fruto de la acción justa.
Lacordaire: la ley libera al débil En el siglo XIX, el dominico francés Henri Lacordaire formuló una sentencia que la citan de diversas maneras, pero la frase original dice así: En las relaciones entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, entre el amo y el siervo, es la libertad la que aplasta, y la ley la que libera. Algunos la resumen la frase como: “Entre el fuerte y el débil, la libertad oprime y la ley libera. Su reflexión parte de una constatación sencilla: la libertad sin regulación tiende a favorecer al fuerte. La ley, en cambio, es el instrumento que equilibra las relaciones sociales, protegiendo al débil frente al abuso del poderoso. La paz, en este marco, se alcanza cuando la justicia institucional corrige las desigualdades que la libertad desnuda puede generar. Lacordaire ofrece así un puente entre la tradición bíblica y la modernidad política: la paz como fruto de la ley justa.
Lampert y la Escuela de Friburgo: la irenarquía moderna En el siglo XX, Heinz Lampert retoma este hilo en el contexto de la Escuela de Friburgo y el Ordoliberalismo, matriz de la economía social de mercado alemana. Su obra El orden económico y social de la República Federal de Alemania (1991) formula el principio de irenarquía: el orden económico y social debe fundarse en la paz como criterio rector. La paz, en este marco, no es un estado pasivo, sino la función esencial del orden social. La fuerza —económica, política o militar— debe someterse a la justicia. El fuerte no puede abusar del débil. La convivencia, la integración y el equilibrio institucional se convierten en objetivos centrales de la política económica. El Ordoliberalismo, con figuras como Walter Eucken, insistió en que la economía de mercado solo puede funcionar si está enmarcada en un orden jurídico fuerte, es decir, un orden real lo más cercano al orden ideal. La libertad económica, sin regulación, genera abusos; con reglas claras, en cambio, puede producir prosperidad y paz social. Aquí se ve la conexión directa con Lacordaire: la ley libera al débil, y la paz es fruto de la justicia.
Genealogía de la paz como orden La genealogía del concepto muestra una evolución significativa:
La paz, lejos de ser la ausencia de conflicto, aparece como condición normativa de la justicia y el orden.
Vigencia actual En un mundo marcado por desigualdades, crisis económicas y tensiones políticas, el principio de irenarquía ofrece una clave interpretativa poderosa. No basta con garantizar la libertad si esta se convierte en privilegio del fuerte. No basta con evitar la guerra si la injusticia sigue oprimiendo al débil. La paz, entendida como criterio rector, exige instituciones que equilibren, leyes que protejan y políticas que integren. La lección de Lampert y la Escuela de Friburgo es clara en la economía social de mercado: no es solo un modelo económico, es también un proyecto político y ético. La paz es su fundamento, y la justicia su condición.
Venezuela: gobernar desde la paz y la justicia Si esta tradición nos enseña algo, es que la paz no puede reducirse a un alto al fuego ni a la mera ausencia de violencia. La paz, como lo muestran los irenarcas antiguos, los estoicos, la tradición bíblica, Lacordaire y Lampert, es un principio normativo: este se constituye en un criterio clave que debe guiar la acción de gobierno. En Venezuela, donde la fractura social y política ha convertido la convivencia en un terreno minado, recuperar la paz exige más que discursos conciliadores: requiere instituciones que protejan al débil, leyes que limiten el abuso del fuerte y políticas que integren a todos en un orden común. La genealogía de la irenarquía ofrece un marco útil para pensar la gobernanza, en un país que no tiene paz. La lección de Lacordaire es clara: la libertad sin regulación oprime, y solo la ley libera. La enseñanza de Lampert y la Escuela de Friburgo lo confirma: la economía y la política deben someterse a la justicia, porque solo así la paz se convierte en el fundamento del orden social. En Venezuela, esto significa que cualquier proyecto de reconstrucción nacional debe colocar la paz —inseparable de la justicia— como criterio rector de las instituciones. La paz entendida como irenarquía, no es un ideal abstracto, sino una brújula práctica. Significa que el gobierno debe garantizar la convivencia, la integración y el equilibrio institucional, subordinando la fuerza a la justicia. Significa que el fuerte no puede abusar del débil, que la riqueza no puede convertirse en privilegio excluyente y que la ley debe ser el instrumento que libere y proteja. En un país marcado por la desigualdad y la violencia, esta tradición ofrece un horizonte: gobernar en paz no es callar los conflictos, sino construir un orden basado en la justicia y que este sea la condición necesaria de la convivencia.
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