| De la catolicidad no cristiana |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 30 de Octubre de 2023 00:30 |
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todos esperamos recibir de alguna manera los títulos que causan furor aún en los países inmediatamente vecinos. No perdemos la esperanza de devorar en breve plazo la última novela de Mario Vargas Llosa, conclusiva de una larga y extraordinaria carrera literaria que, por estos días, compensando la ansiedad, nos ha llevado a releer “La ciudad y los perros”; y, sabiéndonos más o menos seguidores de Michel Houellebecq, un amigo nos ha obsequiado con la reciente versión española de “Más intervenciones”, original de 2020 (Editorial Anagrama, Barcelona, 2023). Abundan en las redes aquellas referencias divulgativas y especializadas sobre el autor francés con el que coincidimos, pero también discrepamos militantemente. Anagrama aporta una obra que recoge textos de diferentes épocas, incluyendo entrevistas y cartas, capaces de trillar temas como la pedofilia, el celebérrimo mayo del ´68, el rock, la experiencia lectora, autores como Joseph de Maestre y Charles Maurras, la influencia de san Pablo, el trumpismo, la preocupación por la sexualidad de los fieles. Un novelista que realmente lo sea, es capaz de conjugar hasta las más inverosímiles, densas y riesgosas perspectivas, teniendo por especialidad nada más y nada menos que la realidad transmitida, eficazmente transmitida. Nos ha parecido oportuna la edición en cuestión, porque el sorpresivo y masivo ataque terrorista de Hamás a Israel actualiza los temores que suscita el fundamentalismo o integrismo religioso en un mundo desprevenido. Y, tal como lo manifestó Houellebecq en “Sumisión”, tendemos a confiar en fórmulas aparentemente laicas y leales a los valores de la democracia y de la libertad.
Ciertamente, ha sido demasiado dura la reacción luego de semejante ataque al apreciar opiniones como las de Arturo Pérez-Reverte en torno a la humillación continua de los palestinos a los que le niegan un lugar bajo el sol, pero – así lo entendemos – empleados como un gigantesco escudo humano, la guerra que se libra es la del terrorismo fundamentalista, igualmente inescrupuloso como Hezbolá o el Yihad, y los israelíes defensores de los principios y valores occidentales. Las entrevistas que le hacen Revue des Deux Mondes, Agathe Novak-Lechevalier, y Geoffroy Lejeune, permite que Houellebecq haga algunas consideraciones que van más allá del ámbito novelístico, metiéndonos en el religioso. Siendo el laicismo una invención de Jesús, angustia a los franceses la influencia o dominio de los musulmanes con problemas por el laicado y que, desde la guerra que vive el mundo desde 2001, una “respuesta meramente policial a una secta religiosa no ofrece garantías de acabar con ella” (239 s., 240, 249, 298 ss.). Empero, habla de una mayoría de musulmanes que no son verdaderos, ni piadosos como el presidente electo en la ficción francesa, jstificada y defendida la actitud islamofóbica (256 s.). Indica que hay países que no cuentan con una (ultra)derecha capaz de contener el avance islámico, como ocurre en Francia y le da miedo tenerla Alemania por las ya consabidas razones históricas (245). E, inevitable, dirige la mirada hacia el catolicismo. Houellebecq se declara “católico no cristiano” (afirma: “soy católico en el sentido de que expreso el horror del mundo sin Dios… pero únicamente en ese sentido”), transitando entre el ateísmo y el agnosticismo en un mundo nihilista (254). Faltándole por leer a los místicos, como santa Teresa (241), está a favor de un catolicismo equilibrado frente a la idea insoportable y taoísta de un cambio permanente en la vida (232 s.), sentenciando con severidad: “Incluso resulta difícil imaginar lo que podría ser una Iglesia católica fuerte, porque es algo tan lejano (…) Nunca he estado en un verdadero país católico”, ejemplificándolo con los evangélicos que acabaron con la catolicidad en Sudamérica (246). Además, no siendo el cristianismo políticamente neutro (257), llama la atención en torno al acceso a la modernidad que significó el Concilio Vaticano II y, ya para 2012, era significativo el descenso en la asistencia de los católicos franceses a la misa dominical (288), añadida la “fascinación por las demás religiones”, confundidos por el diálogo interreligioso (293, 303). Un rápido diagnóstico del debilitamiento occidental impactado por la incursión de otras creencias organizadas, y, además, estatalmente organizadas para imponerse y desconocer más tarde – a modo de ilustración – la libertad religiosa de la que se aprovecharon. Respondido el terrorismo fundamentalista o integrista, propagandiza cínicamente sobre la defensa de los derechos humanos que está astronómicamente lejos de reconocer y de respetar en los territorios que controla. Salvo nos demuestren lo contrario, en la Israel que ha protestado vivamente las tentaciones autoritarias de Netanyahu, conviven diferentes credos religiosos y existen libertades políticas que los terroristas no les permiten en lo más mínimo a los palestinos. Valga citar el caso de los derechos conquistados por la mujer en los países occidentales, francamente desconocidos en los países islámicos. En éstos, resulta imposible y mortal luchar por esos derechos, considerado todo un atropello que en Francia se cuestione y prohíba el empleo de la burka y el sojuzgamiento de la mujer musulmana, poco menos que un coroto, faltando poco, visto como una represión de la inmigración que literalmente huye de las tiranías teocráticas, o forma parte de una estrategia hábil y paciente de expansión. Finalmente, Houellebecq nos permite colocar el acento en una situación inadvertida: la debilidad del catolicismo, y, entre los venezolanos, el probable dominio de un catolicismo no cristiano, pero extraordinariamente cultural y equilibrado, expresión de un particular agnosticismo, por una parte; y, por otra, la deliberada evasión de un problema de fondo que, por comodidad, sintetizamos con el huntingtoniano choque de civilizaciones. Desde el bombardeo de Hamás, en las misas que hemos asistido el sacerdote ha pedido orar por el cese inmediato de la guerra, sin que haya mención del acontecimiento en la homilía respectiva; vale decir, quizá porque el asunto requiere de una mayor preparación y profundidad conceptual del oficiante, entre tantas y penosas vicisitudes, ha preferido igualmente no enredarle la existencia a la feligresía con un asunto tan complejo, por mucho que represente tantos riesgos y peligros a la postre.
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