Vuelo a Lima
Escrito por Luis Pedro España   
Jueves, 03 de Mayo de 2012 08:08

altLos países suelen cuidar su puerta de entrada. Así como cualquiera de nosotros mantiene presentable el frente de su casa, es normal que los aeropuertos principales de cada país muestren decoro y orden.

Al nuestro no parece importarle mucho ese asunto. El aeropuerto de Maiquetía, incluso más el terminal internacional que el nacional, es una verdadera vergüenza.

Puede que nosotros ya nos hayamos acostumbrado. El monumento a la incompetencia de lo que parece ser un hotel en pleno estacionamiento del aeropuerto; la gran cantidad de personas que merodean las instalaciones tratando de vender dólares, traslados terrestres o hacerse pasar por diligentes funcionarios que pretenden orientarnos en ese caos de desinformación son parte de la evidencia del estado de malandrerías que se permiten en el principal aeropuerto del país.

Todo este tráfico de informalidades, abusos para el usuario y temor para los pocos turistas que aún llegan al país, ocurre con la mirada complaciente y puede que cómplice de los obesos funcionarios que hacen las veces de salvaguarda de la seguridad de las personas y las instalaciones.

Hace pocos días se conoció de un asesinato ocurrido en el estacionamiento del terminal internacional. Los detalles sólo sirven para el morbo, ya que todos sabemos que semejante brutalidad no tendrá responsables y, con toda seguridad, los mismos "loquitos", que la ideología oficial protege por omisión, seguirán atropellando y matando a quienes se les resistan, hasta que "otros loquitos" se enfrenten en clara balacera quizás porque los miraron mal.

Lo que ocurre en el aeropuerto de Maiquetía, su desorden, inseguridad y complicidad es reflejo del país.

No hay forma de que la fachada hieda y el interior sea un palacio. Lo que ocurre en nuestra puerta de entrada no es sino fiel reflejo de lo que el visitante encontrará puertas adentro.

Pero esta situación, que con toda seguridad muchos otros compatriotas habrán sentido y padecido, no tiene por qué durar mucho, ni su solución es imposible. Hace años, a finales de los ochenta, en el Perú del terrorismo urbano y la inflación de 1.000%, logré montarme en un avión de Viasa rumbo a Caracas faltando menos de media hora para que el avión despegara, gracias a que un señor de mantenimiento me llevó hasta la rampa de la escalerilla del avión, sin pasar por inmigración ni control alguno, por menos de 40 dólares.

No tuvieron que pasar 20 años, ni revolución alguna, ni décadas de plata o de oro, ni planes de la patria ni ninguna otra babiecada para que hoy el aeropuerto de Jorge Chávez no sólo sea un moderno terminal que recibe a miles de turistas que dan divisas y empleo al país, sino que se yergue como vergüenza para los venezolanos. No sólo en su puerta de entrada, sino en el interior de un país que no deja de crecer y ofrecer oportunidades a sus ciudadanos.

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