Fernanda Barriga, la cocinera que acompañó a Bolívar hasta su último suspiro
Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua   
Viernes, 21 de Agosto de 2026 00:00

Fernanda Barriga- Correo de LaraDurante más de seis años, una mujer quiteña permaneció al lado del Libertador. En la Quinta San Pedro Alejandrino, su memoria conservó detalles íntimos de los últimos días de Simón Bolívar

 

 


En diciembre de 1830, el calor de Santa Marta envolvía los corredores de la Quinta San Pedro Alejandrino. Afuera, el río corría entre la vegetación; adentro, el silencio se había convertido en una forma de espera. En una de las habitaciones yacía Simón Bolívar, consumido por la enfermedad. Cerca de él, entre ollas, aguas medicinales, ladrillos calientes y tazones de sagú, una mujer cumplía silenciosamente su oficio.

Se llamaba Fernanda Barriga. Había llegado desde Quito años atrás y, sin figurar en los grandes relatos de la Independencia, permaneció junto al Libertador hasta el final. Fue su cocinera, pero también una de las pocas personas que presenció de cerca la intimidad de sus últimos días.


Una mujer puesta al servicio del Libertador

Fernanda era natural de Quito y servía a Manuela Sáenz, compañera de Bolívar. En junio de 1824, Sáenz la puso a disposición del Libertador como cocinera. Desde entonces, su vida quedó vinculada a la de aquel hombre que atravesaba los territorios de una América todavía convulsa.

Lo acompañó por Lima, el Cuzco, La Paz y Bogotá. Cuando Bolívar emprendió su último viaje hacia Santa Marta, el 8 de mayo de 1830, Fernanda volvió a seguir sus pasos.

El séquito partió de Bogotá acompañado inicialmente por figuras del Gobierno, diplomáticos y militares. Entre quienes continuaron junto al Libertador estuvieron los generales Josè Laurencio Silva, Mariano Montilla y José María Carreño, los coroneles Belford Wilson y Diego Ibarra, además de su sobrino Fernando Bolívar, hijo de Juan Vicente Bolívar. Los ministros y diplomáticos se separaron del grupo a unas dos leguas de la ciudad.

Fernanda, en cambio, siguió adelante.

Pasó por Cartagena y Barranquilla hasta llegar a la Quinta San Pedro Alejandrino, donde terminaría la vida de Bolívar.

Vitral: Fernanda Barriga, «La cocinera del Libertador» Carlos Hergueta. 2008 Óleo sobre tela 150 x 100 cm

“Su Excelencia está muy amañado con mi sazón”

Fernanda conocía los gustos del Libertador como pocos. Sabía qué podía comer, qué rechazaba y cómo preparar aquello que su debilitado organismo todavía toleraba.

Solía decir, con orgullo: “Es que Su Excelencia está muy amañado con mi sazón”.

Pero en aquellos días la cocina dejó de ser un espacio doméstico para convertirse casi en una extensión de la habitación del enfermo.

Los boletines del médico de cabecera, el doctor Alejandro Próspero Reverend, permiten reconstruir con precisión el régimen alimenticio que recibió Bolívar durante su agonía. Al principio se le indicaron alimentos preparados con sagú. Posteriormente se suprimió el pollo y se prescribió gelatina. A partir del 12 de diciembre, ante la escasa voluntad de comer y la ausencia de sed, Reverend anotó que el sagú con vino era prácticamente el único alimento que podía tolerar.

La orden para Fernanda era precisa: una taza de sagú cada dos horas.

La cocinera permanecía ocupada preparando aguas medicinales y calentando ladrillos que eran colocados en los pies del enfermo, cada vez más fríos. Cada dos horas regresaba a la habitación con el tazón de fécula mezclada con vino.

El último sagú, según el Boletín N.º 29 de Reverend, fue administrado el 16 de diciembre a las seis de la mañana.


El humor en medio de la agonía

Fernanda conservó también los pequeños gestos que los grandes documentos suelen dejar fuera.

Según su testimonio, Bolívar llegó a cansarse de la mazamorra de sagú. Cuando ella volvió a ofrecérsela, el enfermo habría respondido con una de esas ráfagas de humor que todavía sobrevivían en medio del deterioro físico: “Si vuelves con tu mazamorra, te llamaré Fernanda VII”.

La frase, aparentemente ligera, revela algo más profundo: incluso durante sus últimas horas, Bolívar conservaba momentos de lucidez y la capacidad de bromear con quien llevaba años cuidando su alimentación.


El hombre bajo el tamarindo

Durante los primeros días en San Pedro Alejandrino, Fernanda recordaba al Libertador sentado bajo el enorme tamarindo situado junto a la casa. Permanecía largos períodos en silencio y nadie se atrevía a interrumpirlo.

En otras ocasiones caminaba hasta las cercanías del río y contemplaba durante largo rato el movimiento del agua. Aquellas salidas, sin embargo, duraron apenas unos días. El sereno de la tarde comenzó a afectarlo y dejó de salir.

Poco después permanecía en su habitación, acostado o recostado en una hamaca. La enfermedad avanzaba y con ella aparecían las quejas, los delirios y los gritos.

Fernanda recordaría que en algunos momentos Bolívar pedía que no dejaran entrar al general José Antonio Páez.


La noche del Viático

Uno de los recuerdos más nítidos de Fernanda ocurrió cuando Bolívar recibió los auxilios de la Iglesia.

Era sábado y había caído la noche. Después de confesarse, el estado del enfermo continuaba siendo gravísimo. En la Quinta reinaba la confusión: algunos lloraban y rezaban; otros corrían impartiendo órdenes.

Se decidió buscar al cura de Mamatoco para llevarle el Viático. Un joven llamado Joaquín salió apresuradamente en su búsqueda.

Cuando finalmente llegó el sacerdote, las campanas anunciaron la presencia del Santísimo. Los servidores salieron a recibirlo con luces y flores. El pequeño cortejo avanzó hasta la habitación donde agonizaba Bolívar.

Al ver las luminarias, el Libertador, todavía consciente, reaccionó con ironía: “Saquen esas luminarias que esto parece una procesión de ánimas”.

La escena quedó grabada en la memoria de Fernanda.


Una memoria que sobrevivió al Libertador

Después de la muerte de Bolívar, ocurrida el 17 de diciembre de 1830 en San Pedro Alejandrino, Fernanda se radicó en Santa Marta. Allí fue querida y respetada. Los habitantes la conocían como “la cocinera del Libertador” y acudían a ella para que preparara su célebre pollo y caldo.

Décadas después, durante las solemnidades de 1891 relacionadas con la adquisición de la Quinta San Pedro Alejandrino por el Departamento del Magdalena, Fernanda fue conocida por Eduardo Gutiérrez de Piñeres. Habían transcurrido 61 años desde la muerte de Bolívar, pero la anciana conservaba recuerdos de acontecimientos ocurridos durante la vida del Libertador, entre ellos el asalto al Palacio de Gobierno durante la conspiración del 25 de septiembre de 1828.

Su avanzada edad no había borrado aquellas escenas.

Cuando la Quinta fue convertida en Monumento Histórico, Fernanda Barriga llegó a ser considerada una “reliquia viviente de la Independencia”.


La mujer que quedó en la habitación

Los grandes relatos suelen conservar los nombres de generales, ministros, diplomáticos y hombres de Estado. Fernanda Barriga pertenecía a otro territorio de la historia: el de quienes sirven, cocinan, acompañan, abrigan y permanecen cuando todos los discursos han terminado.

Fue, según el testimonio transmitido por quienes la conocieron, la única mujer presente en la Quinta San Pedro Alejandrino cuando Bolívar murió.

Su nombre quedó lejos de los campos de batalla y de los decretos. Pero entre el último tazón de sagú, el calor de unos ladrillos puestos sobre unos pies helados y la silenciosa espera de una habitación en Santa Marta, una mujer quiteña acompañó al Libertador hasta el final.

Y quizá allí, en ese rincón doméstico de la historia, reside una de las imágenes más humanas de Bolívar: no el héroe de los monumentos, sino el hombre enfermo que, en sus últimos días, todavía encontraba fuerzas para bromear con Fernanda, la cocinera que nunca lo abandonó.

 

|*|: Con datos del Dr. J. Hernández Romero

|*|: Fotoleyendas: Vitral: Fernanda Barriga, «La cocinera del Libertador» Carlos Hergueta. 2008, Óleo sobre tela 150 x 100 cm

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