Ucrania: la fundación de una nacionalidad
Escrito por Trino Márquez C. | @trinomarquezc   
Jueves, 05 de Mayo de 2022 00:00

altLa defensa de la población rusa habitante de la zona del Donbás, al oriente del país, supuestamente sometida a

un genocidio sistemático por parte del Gobierno de Kiev, es el primero de los argumentos esgrimidos por Vladimir Putin para justificar la brutal invasión de sus tropas al territorio ucraniano. 

Los especialistas en historia rusa y ucraniana han demostrado que, desde la disolución de la Unión Soviética en 1991, los pobladores de esa región de lengua  rusa y los ucranianos convivieron sin problemas hasta 2014, cuando Putin invadió la península de Crimea con el fin de mantener un dominio directo en el Mar Negro; y, además, promovió la creación de grupos separatistas prorrusos en el Donbás, con el propósito de dividir la nación ucraniana y crear un corredor en el este y sudeste, que le permitiera a Rusia acceder sin dificultades al Mar Negro. A partir de esa fecha, el gobierno de Ucrania inició un conflicto bélico con los secesionistas financiados por el Kremlin, que nada tuvo que ver con los pobladores rusos genuinos, quienes no se sentían amenazados ni resentidos con los ucranianos.

Quienes sí tenían suficientes motivos para detestar a los rusos eran los ucranianos. Este pueblo fue sometido por Stalin en los años treinta del siglo XX a una de las peores hambrunas intencionales que se conozcan en la historia de la humanidad, el holodomor, que significa literalmente 'matar de hambre', El número de víctimas de ese genocidio jamás ha siso precisado, pero los cálculos más conservadores sitúan el número de muertes en varios millones de personas. Putin invirtió la historia.

La ‘desnazificación’ del territorio ucraniano, quitándole de encima a esa nación un gobierno despótico de naturaleza nazi, es otra de las causas utilizadas por el tirano ruso para justificar el asalto. Este argumento resulta tan cínico como el anterior. En Ucrania, siempre sometida al acecho del Kremlin, se estableció luego de su independencia de la URSS, una democracia liberal que –en medio de marchas y contramarchas- ha ido perfeccionándose. En los treinta años de historia reciente ha tenido candidatos presidenciales prooccidentales que han sido envenenados, se han producido gigantescas manifestaciones y protestas populares por el desconocimiento de resultados electorales, la resistencia democrática ha sido ejemplar   para todo el planeta y por la casa de gobierno han pasado mandatarios de diferentes signos políticos e ideológicos. El actual presidente, Volodímir Zelenski –hombre vinculado al mundo del espectáculo-, fue electo en 2019 en unos comicios libres en los que participaron partidos y organizaciones de diferentes tendencias políticas. Es el sexto mandatario desde  1991.

Lo mismo no puede decirse de Vladimir Putin, quien ha impuesto un régimen tenebroso en la Federación Rusa. Desde su arribo al Kremlin hace más de veinte años, este hombre –formado en las filas del KGB- fue armando una maquinaria ensamblada para garantizar su permanencia vitalicia en el poder. En Rusia desaparecieron las elecciones libres, tranparentes y supervisadas. Los partidos políticos fueron proscritos y los medios de comunicación independientes, amordazados. Después de su despreciable aventura en Ucrania, el círculo de hierro alrededor de los medios independientes se ha cerrado aún más. Prohibió la información veraz y cualquier tipo de de crítica pública a la política del gobierno. Putin impuso un Estado totalitario en Rusia. Él es el verdadero nazi en esta trama.

Según el otro argumento que ha levantado, Ucrania es, siempre ha sido y será un territorio que histórica y culturalmente pertenece a la Madre Rusia. Si esta tesis tuvo algún viso de verdad en el pasado, el mismo Putin se encargó de borrarlo. La saña con la que ha actuado su ejército, la crueldad de sus oficiales y soldados, el uso de criminales profesionales como el Grupo Wagner, la destrucción total de Mariúpoli, Bucha y numerosos  pequeños pueblos y ciudades, el asesinato de niños, ancianos y civiles a mansalva, y la violación de mujeres, acabaron con las posibilidades de que exista reconciliación en el presente o en el futuro cercano de los ucranianos con los gobernantes rusos. Ahora el pueblo ucraniano está construyendo su propia leyenda. Sus propios símbolos nacionales basados en el heroísmo de sus soldados, de sus oficiales, de su pueblo, y de ese titán en que se convirtió Zelenski. Mientras Putin representa la maldad, la crueldad y la barbarie autoritaria, Zelenski constituye el símbolo de la dignidad, la valentía y la libertad.

Putin quería anexionarse a Ucrania y acabar con su identidad nacional.  Aniquilarla para que deje de ser un país autónomo. En cambio, lo que ha logrado es reafirmar la voluntad soberana de sus ciudadanos. Pretendía aniquilar física y moralmente a Zelenski. Logró lo contrario: convertirlo en el prócer nacional. La figura que encarna el coraje y la decisión del pueblo a no dejarse aplastar por la bota de un megalómano sanguinario, que aspira a reeditar las antiguas  glorias del imperio zarista y del imperio soviético, ambos parientes cercanos del Tercer Reich.

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