| De las sombras del rumor |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Domingo, 03 de Marzo de 2013 07:58 |
Fenómeno recurrente, nos está asfixiando casi dramáticamente en todo el país. Rumores con miedo, inquietud, zozobra. Se dirá, nadie quiere verse sorprendido por los hechos,
o, desde el cómodo empleo desde casa, todos se desean como dueños de un “tubazo” twittero. Lo cierto es que los rumores amargan la vida, contaminan rápidamente nuestras percepciones, reclaman y explotan el instinto primario, dejan que nos precipitemos en la impotencia, provocan la inmediata condena, generando la sospecha sobre el vecino mismo. Hay algo más que el motivo de distracción, la afición deportiva o el humor negro en los rumores. Más de las veces, cuando escasean los referentes públicos y confiables de opinión, luce recomendable indagar sobre la naturaleza, características y alcances de los rumores. Si bien es cierto que no remedia la enfermedad, por lo menos, permite un poco más de claridad doméstica que, es necesario admitirlo, constituye una mínima ventaja frente a la patología colectiva que nos toma por rehenes. Por ejemplo, José Agustín Catalá y Ediciones Centauro entregaron - en 1993 – una obra que merece la intensa búsqueda – sobre todo – de los usuarios de las redes sociales digitales que suelen rumorar, con la (in) voluntaria consecuencia del caso: “Los rumores en Venezuela. Elementos para su estudio” de Iván Abreu Sojo. Posiblemente los haya mejores y actuales, pero el título en cuestión satisfizo tiempo atrás nuestras necesidades de comprensión. Significativo, con prólogo del desaparecido periodista y destacado militante del PCV, Federico Álvarez, la primera parte trata de la definición del rumor, clasificación, transmisión, estructura y evolución, recepción, tendencia, motivo y modificación; la segunda, rumor, opinión pública y comunicación social; y, la tercera, versa sobre la “Venezuela democrática definida por sus rumores”. Además, se sirve de sendos ejemplos históricos, e, independientemente de las observaciones que pueda merecer la obra, lo que importa es tener a mano una explicación lo más sensatamente posible, aún en medio del oleaje de rumores que tiende a ahogarnos. A modo de ilustración, refiere que el rumor es “una voz paralela u opuesta a las fuentes institucionalmente autorizadas”, pudiendo responder a hechos reales e irreales, teniendo por mejor domicilio la crisis política. Por entonces, el autor lo consideró un fenómeno esencial de la comunicación oral, aunque – sin anticiparlo, ni adivinarlo – dejó una ventana abierta a la interconectividad, además de considerar el papel de los medios formales de difusión social (421 ss.). Considerado un asunto natural en nuestra cotidianidad, le resta importancia como patología, consignando algunas recomendaciones para afrontarlo (112 ss.). Por ejemplo, esperar – ignorándolos – a que se apaguen, tratarlos como un problema local, verificar los hechos, prevenirse, intentar descubrir los intereses que representan, informarse, emplazar a los líderes de opinión, refutarlos directamente, demandar información. Por lo pronto, en los días que cursan, constatamos que el rumor no es un casual ejercicio de la vida cotidiana, hallándonos en el curso de una impredecible crisis política; están severamente afectadas las libertades de información y de expresión, recayendo la sospecha sobre todo aquél que ose preguntar sobre el paradero presidencial; y, lejos de convertirse en una ocurrencia demencial, hay indicios de una muy bien orquestada operación de guerra psicológica. Por lo demás, las actuaciones oficiales poco ayudan, pues, de un lado, no existe la suficiente y convincente transparencia de sus versiones, francamente inverificables; y, del otro, denunciando una conspiración de dimensiones – por añadidura – internacionales, no la ha probado: por si fuera poco, la oposición en casa carece de los recursos y servicios propicios a la creación y propagación de rumores, sobrantes en el oficialismo. @luisbarraganj |
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