| De la taguarización del hábitat |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 21 de Marzo de 2022 00:00 |
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de acuerdo a la experiencia de otros países. Antes, el uno hacía referencia al campo, desprovisto de los más elementales servicios, mientras que, el otro, gozaba de todos ellos como sinónimo de una mayor calidad de vida. Además, así lo trabajó la novelística clásica venezolana, la ruralidad era ajena a la civilización, por lo que el positivismo demandó e intentó la inmediata transformación del medio físico como una de las condiciones indispensables para el progreso. Hacerlo, entre nosotros, también dio ocasión para los grandes negocios y la destrucción de la memoria histórica, como ocurrió con Pérez Jiménez que, si bien prosiguió el esfuerzo de sustituir el rancho por un apartamento seguro y confortable, igualmente levantó sus obras faraónicas en una Caracas desalcantarillada, llevándose por el medio sendos referentes arquitectónicos. El caso está en que mientras haya la infraestructura necesaria y los servicios que incluyen las telecomunicaciones, el campo luce más atractivo que la ciudad. Y ésta, en la Venezuela actual, según la vieja connotación, está experimentando una imparable ruralización que no es otra cosa que la destrucción misma de toda convivencia, donde unos son zamuros del otro, en el curso de la violencia expresa y tácita de un profundo daño psicológico. El problema reside en el hábitat convertido en un atril perenne de la propaganda política e ideológica oficialista, por cualesquiera herramientas a la mano, trátese del recurso radiotelevisivo, de las aplicaciones telefónicas o de las paredes tan indignamente pintoreteadas, como la cartilla que fotografiamos de una casa ubicada en la vieja carretera de Los Teques a Caracas. Y es que toda aldea, caserío, pueblo o ciudad, tiene por única vocación la de tributar en más de un sentido al poder central, al Estado Criminal y, en definitiva, a la comunalidad que constituye el arma por excelencia para la extorsión: una bombona de gas, una bolsa de comida de pésima calidad o cualquier otra dádiva, a cambio de resignación y silencio. Extrañamos a los arquitectos que no temían a la crónica especializada y, a la vez, tan didáctica en la prensa venezolana, dando cuenta de las viejas transformaciones citadinas, ejerciendo más de las veces una cruda y valiente crítica. Sobre todo, en estos tiempos de la metropolitanización del deterioro, en la que desaparece la noción misma de la ciudad igualada con el campo por la barbarie de un poder que sólo la tiene como atril para su propaganda: taguarizados, ya ni siquiera la casa es lugar seguro y vivible.
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