| De los pusilánimes que temen a la Carta Democrática: necedad y necesidad |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 27 de Marzo de 2017 00:02 |
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en lugar de nosotros hacerlo con él. La necedad olvidaba la necesidad de respaldar inequívoca y claramente la corajuda iniciativa del Secretario General de la OEA e, igualmente, evidenciaba que no toda la dirigencia opositora tiene por empeño inmediato el de salir del presente régimen. Consabido, hubo el respaldo de la Asamblea Nacional a un acuerdo que hizo énfasis en el artículo 20 de la Carta Democrática, diluyéndose el artículo 21, con la sorpresiva aparición de un integrante de la bancada oficialista que quiso hablar, sin firmar la lista de asistencia. A pesar de todos los discursos vespertinos, quedó en el ambiente la impresión de un apoyo débil, no convencido, titubante frente a las decididas diligencias que se hacen en Washington, permitiéndonos recordar las páginas finales de un ensayo de Emilio Nouel V., “La cláusula democrática. La soberanía externa frente a los derechos fundamentales” (IEPFT, Caracas, 2014): “La aplicación de la cláusula democrática está íntimamente ligada a los principios morales, va más allá de los fríos textos de los tratados, de las decisiones negociadas de los organismos internacionales y de las complejas interpretaciones judiciales, y apunta a la convicción profunda de que se tiene una responsabilidad y unos deberes que cumplir en el mundo actual respecto de la democracia en general, que no sólo atañe a los gobiernos sino también a los líderes políticos y sociales, incluidos los empresarios y los ciudadanos en general” (152).
A veces, por no llamarlo de otro modo, nos asombra la ingenuidad de una oposición que, a lo Carlos Raúl Hernández, asegura que la aplicación de la Carta Democrática sólo le conviene al gobierno, obviamente deseoso de emular a la Cuba de los años sesenta del XX: inferimos, nos convendría más que la Carta no existiese, abusando del precedente histórico que, además, rápidamente reseña Nouel, al faltar Fidel Castro a la Carta constitutiva de la OEA, victimizándose artificialmente por muchos años (68 ss.). Las condiciones históricas actuales, contrastan largamente con las décadas anteriores, convertida toda imitación en una ridiculez monumental y, agreguemos, por más que se crean ciertas individualidades y sectores de una formal oposición muy hábiles pontífices de una democracia que nadie ve por ningún lado, la aplicación de la Carta no equivale al rápido aislamiento del país, a una inmediata invasión militar o a cualesquiera otras de las calamidades que la sola y modesta exigencia de libertad acarrearía de acuerdo al chantaje gubernamental. Nouel, incursionando conceptualmente en el golpe de Estado (124 ss.), opta por los hechos que lo asemejan, como el de la persecución del liderazgo político y social, la anulación práctica de principios, como el de la división y autonomía de los poderes públicos, el servilismo de los órganos de justicia, la violación de los lapsos de los procesos electorales, la inhabilitación ilegal de candidatos, y la propia denuncia de la Convención Americana de los Derechos Humanos. Por consiguiente, existe un legítimo instrumento demasiado pertinente para la coyuntura actual. Hay sectores de la oposición que no se ayudan, desaportándole a la tarea titánica del Almagro que deja demasiado atrás al pusilánime José Insulza, quien convirtió la Secretaría General en una instancia torpe, temerosa y vacilante que degradó a la propia OEA. Complejos mecanismos y procedimientos institucionales y políticos, explican la implementación de la cláusula democrática, pero – concluyamos – la peor diligencia es la que no se hace. @LuisBarraganJ |
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