| De un supuesto asalto al parlamento |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 28 de Diciembre de 2015 00:52 |
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De un supuesto asalto al parlamento
Luis Barragán
Diferentes los escenarios, existe preocupación por la inminente instalación del legítimo parlamento venezolano. La conducta que ha asumido el madurato, en los extremos de un revanchismo que delata la ausencia de un necesario talento político para administrar el paulatino descenso del poder, le resta – incluso – puntaje en la minoría que ahora representa.
Una de las hipótesis reside en el impedimento mismo de la instalación de la Asamblea Nacional, gracias a la movilización de las bandas armadas y, desde su interior, el apoderamiento de la sede por los anónimos integrantes de lo que se ha dado en llamar el “parlamento comunal nacional”. Otra, versa en torno a la aceptación del acto de juramentación, violentándose progresivamente la bancada oficialista a objeto de torpedear las sesiones, procurando el sabotaje de las actividades que incluye al personal administrativo adepto.
Luce autorizada la especulación respecto a lo que acaecerá en la ciudad capital, en correspondencia con la guerra psicológica que el gobierno ha reemprendido. Y no sólo por la agresiva reacción que los debates decembrinos ocasionaron o la pretendida impugnación de veintidós diputados de la oposición, sino por las declaraciones públicas de quienes, con sobrada prepotencia, apelan a los eufemismos y subterfugios para no responder por una derrota tan monumental como sorprendente.
El nombramiento de los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, generó una agresión verbal tan soez y pendenciera del oficialismo que contribuyó aún más a descalificar a los beneficiarios de una renuncia forzada y adelantada de sus predecesores (cualquier estudiante de derecho sabe de los vicios del consentimiento), frente a los más sensatos e irrefutables argumentos de la bancada opositora que mostró – nuevamente – su coraje. Violentando el Reglamento Interior y de Debates, la dirección de debates tuvo la osadía de invocar la Constitución de 1999, acusando inmoralmente de golpistas a los adversarios, cuando él – Diosdado Cabello – lo hizo efectivamente con la de 1961. Valga acotar, se dice que Nicolás Maduro no lo llevará a la vicepresidencia de la República, dejando que se diluya en la curul, tal como ocurrió con Rafael Ramírez en la embajada de Nueva York.
Pareciendo insuficiente la embestida desde el Palacio Legislativo, corrió poderosamente el rumor de la impugnación de un número importante de diputados de la oposición, propicio para una mayoría simple, sin que sepamos de alguien que haya visto el recurso o de los nombres específicos de las personas a perjudicar. Y, aunque no cabe medida precautelar, cautelar o cautelarísima alguna para impedir que asuman sus curules, ordenándoles la propia Constitución vigente instalarse el 5 de enero de 2016 por la adjudicación y proclamación de la que se hicieron acreedores (como sabrá nuestro cursante de derecho), la noticia – aviesamente administrada – dijo surtir los efectos del desaliento y desmoralización que interesan al régimen.
Los voceros del gobierno, añadido el mismo Maduro, frente al ambiente generalizado de alivio que vivimos el lunes 7-D, que – de un modo u otro – objetivamente reflejó la baja del dólar, introdujeron los acostumbrados ingredientes que propician la zozobra, la incertidumbre y la violencia pública, intimidando a los hogares. Auto-engañándose – ésta vez – en el intento de engañar a la población, faltó poco para el desconocimiento absoluto de las cifras electorales, estimulando un pánico de consecuencias impredecibles, y, se dice, no ocurrió por la firme determinación del alto mando militar.
Somos también víctimas de un terrorismo psicológico que puede cumplimentarse con un nuevo asalto al parlamento, adquiriendo consecuencias de una hondura indeseable. Siendo diferentes las condiciones históricas, se dirá semejante al acto de violencia que padeció el Congreso del 23 al 24 de enero de 1848, en su sede caraqueña, con un saldo lamentable, confrontando – por ejemplo – la opinión histórica de Ramón Díaz Sánchez y la de Héctor Mujica; pero lo cierto es que, plenamente manifiesta la voluntad popular, la que masivamente favoreció a la oposición democrática (única modalidad para neutralizar las triquiñuelas y el ventajismo oficial), tal hecho tendría derroteros más graves, nefastos y duraderos, hoy.
El reasalto del parlamento venezolano sería una locura más que, por tal, descartamos excepto el madurato aspire a un pronto suicidio político y moral. Por lo demás, hay entereza, gallardía y coraje en los nuevos elencos parlamentarios para afrontar el supuesto negado de tamaño acto de irresponsabilidad.
GRATA COLETILLA
La Universidad Metropolitana acogerá más de 30 mil ejemplares de lo que fue la biblioteca personal de Ramón J. Velásquez, extraordinario destino que ha de garantizar la preservación y apertura para todo el estudiantado. Invalorable patrimonio, la biblioteca “Pedro Grases”, receptora de la donación, genera una mayor confianza que la de las instituciones públicas que, huelga comentar, están en una precaria situación.
@LuisBarraganJ
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La conducta que ha asumido el madurato, en los extremos de un revanchismo que delata la ausencia de un necesario talento político para administrar el paulatino descenso del poder, le resta – incluso – puntaje en la minoría que ahora representa. Una de las hipótesis reside en el impedimento mismo de la instalación de la Asamblea Nacional, gracias a la movilización de las bandas armadas y, desde su interior, el apoderamiento de la sede por los anónimos integrantes de lo que se ha dado en llamar el “parlamento comunal nacional”. Otra, versa en torno a la aceptación del acto de juramentación, violentándose progresivamente la bancada oficialista a objeto de torpedear las sesiones, procurando el sabotaje de las actividades que incluye al personal administrativo adepto. Luce autorizada la especulación respecto a lo que acaecerá en la ciudad capital, en correspondencia con la guerra psicológica que el gobierno ha reemprendido. Y no sólo por la agresiva reacción que los debates decembrinos ocasionaron o la pretendida impugnación de veintidós diputados de la oposición, sino por las declaraciones públicas de quienes, con sobrada prepotencia, apelan a los eufemismos y subterfugios para no responder por una derrota tan monumental como sorprendente. El nombramiento de los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, generó una agresión verbal tan soez y pendenciera del oficialismo que contribuyó aún más a descalificar a los beneficiarios de una renuncia forzada y adelantada de sus predecesores (cualquier estudiante de derecho sabe de los vicios del consentimiento), frente a los más sensatos e irrefutables argumentos de la bancada opositora que mostró – nuevamente – su coraje. Violentando el Reglamento Interior y de Debates, la dirección de debates tuvo la osadía de invocar la Constitución de 1999, acusando inmoralmente de golpistas a los adversarios, cuando él – Diosdado Cabello – lo hizo efectivamente con la de 1961. Valga acotar, se dice que Nicolás Maduro no lo llevará a la vicepresidencia de la República, dejando que se diluya en la curul, tal como ocurrió con Rafael Ramírez en la embajada de Nueva York. Pareciendo insuficiente la embestida desde el Palacio Legislativo, corrió poderosamente el rumor de la impugnación de un número importante de diputados de la oposición, propicio para una mayoría simple, sin que sepamos de alguien que haya visto el recurso o de los nombres específicos de las personas a perjudicar. Y, aunque no cabe medida precautelar, cautelar o cautelarísima alguna para impedir que asuman sus curules, ordenándoles la propia Constitución vigente instalarse el 5 de enero de 2016 por la adjudicación y proclamación de la que se hicieron acreedores (como sabrá nuestro cursante de derecho), la noticia – aviesamente administrada – dijo surtir los efectos del desaliento y desmoralización que interesan al régimen. Los voceros del gobierno, añadido el mismo Maduro, frente al ambiente generalizado de alivio que vivimos el lunes 7-D, que – de un modo u otro – objetivamente reflejó la baja del dólar, introdujeron los acostumbrados ingredientes que propician la zozobra, la incertidumbre y la violencia pública, intimidando a los hogares. Auto-engañándose – ésta vez – en el intento de engañar a la población, faltó poco para el desconocimiento absoluto de las cifras electorales, estimulando un pánico de consecuencias impredecibles, y, se dice, no ocurrió por la firme determinación del alto mando militar. Somos también víctimas de un terrorismo psicológico que puede cumplimentarse con un nuevo asalto al parlamento, adquiriendo consecuencias de una hondura indeseable. Siendo diferentes las condiciones históricas, se dirá semejante al acto de violencia que padeció el Congreso del 23 al 24 de enero de 1848, en su sede caraqueña, con un saldo lamentable, confrontando – por ejemplo – la opinión histórica de Ramón Díaz Sánchez y la de Héctor Mujica; pero lo cierto es que, plenamente manifiesta la voluntad popular, la que masivamente favoreció a la oposición democrática (única modalidad para neutralizar las triquiñuelas y el ventajismo oficial), tal hecho tendría derroteros más graves, nefastos y duraderos, hoy. El reasalto del parlamento venezolano sería una locura más que, por tal, descartamos excepto el madurato aspire a un pronto suicidio político y moral. Por lo demás, hay entereza, gallardía y coraje en los nuevos elencos parlamentarios para afrontar el supuesto negado de tamaño acto de irresponsabilidad. GRATA COLETILLA La Universidad Metropolitana acogerá más de 30 mil ejemplares de lo que fue la biblioteca personal de Ramón J. Velásquez, extraordinario destino que ha de garantizar la preservación y apertura para todo el estudiantado. Invalorable patrimonio, la biblioteca “Pedro Grases”, receptora de la donación, genera una mayor confianza que la de las instituciones públicas que, huelga comentar, están en una precaria situación. @LuisBarraganJ |
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