| De los ; |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Miércoles, 23 de Septiembre de 2015 01:25 |
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mil disculpas, Iván. Saludos.
De los ;
Luis Barragán
Sobrevino la crisis con Colombia, punzada por la consabida jerga de Miraflores. Un Estado de Excepción injustificado, por cierto, ya impugnado el decreto por ante el TSJ, generó mayores inconvenientes.
Equívocas palabrejas de ocasión, pues, frecuentemente la descalificación personal distrae sobre los asuntos esenciales, nos orientaron hacia una ruptura de relaciones con el vecino país del oeste. El del este, reacio al Buen Oficiante, aguijonea el lenguaje de auspicio al otro rompimiento.
Estridencia tras estridencia, Nicolás Maduro buscó reunirse con el inquilino de Nariño. Removió demasiadas cosas para transarse, después, mientras que los plumarios del régimen, los propagandistas y publicistas que dan luces en el siglo XXI. Justificarán la cuestión.
Nada nuevo bajo el sol, porque el extinto presidente gustaba de los ataques furibundos en el cuadro internacional para luego pasarle la mano a la víctima de sus dicterios, esperando escenificar un reencuentro de festejo y cordialidad, más que de paz y entendimiento, como si fuese el promotor por excelencia de sus incomprendidos llamados de hermandad. Llegó a tanto la irresponsabilidad que acabó con las relaciones diplomáticas con Colombia para restablecerlas a la vuelta de la esquina a objeto de prefabricar un espectáculo de reconciliación, inútil y efímero: son los puntos y las comas (;) de un modo de hacer (y de concebir) la política. Sin embargo, Cuba es la precursora de esa tan díscola conducta.
En efecto, dándole otro timbre al marxismo-leninismo que formalizó la revolución anticuaria, las primeras etapas que vivió la isla caribeña dijeron legitimar las crisis como fórmula de salvación y consolidación del régimen, lograda la finalidad con esos avances y retrocesos que caracterizó a los Castro. Crisis artificiales, sucesivas y eficaces, sellaron el totalitarismo interno y oxigenaron una política exterior que hizo de la perturbación y el chantaje una fórmula distintiva: repetimos, hoy, nada nuevo bajo el sol.
por ante el TSJ, generó mayores inconvenientes. Equívocas palabrejas de ocasión, pues, frecuentemente la descalificación personal distrae sobre los asuntos esenciales, nos orientaron hacia una ruptura de relaciones con el vecino país del oeste. El del este, reacio al Buen Oficiante, aguijonea el lenguaje de auspicio al otro rompimiento. Estridencia tras estridencia, Nicolás Maduro buscó reunirse con el inquilino de Nariño. Removió demasiadas cosas para transarse, después, mientras que los plumarios del régimen, los propagandistas y publicistas que dan luces en el siglo XXI. Justificarán la cuestión. Nada nuevo bajo el sol, porque el extinto presidente gustaba de los ataques furibundos en el cuadro internacional para luego pasarle la mano a la víctima de sus dicterios, esperando escenificar un reencuentro de festejo y cordialidad, más que de paz y entendimiento, como si fuese el promotor por excelencia de sus incomprendidos llamados de hermandad. Llegó a tanto la irresponsabilidad que acabó con las relaciones diplomáticas con Colombia para restablecerlas a la vuelta de la esquina a objeto de prefabricar un espectáculo de reconciliación, inútil y efímero: son los puntos y las comas (;) de un modo de hacer (y de concebir) la política. Sin embargo, Cuba es la precursora de esa tan díscola conducta. En efecto, dándole otro timbre al marxismo-leninismo que formalizó la revolución anticuaria, las primeras etapas que vivió la isla caribeña dijeron legitimar las crisis como fórmula de salvación y consolidación del régimen, lograda la finalidad con esos avances y retrocesos que caracterizó a los Castro. Crisis artificiales, sucesivas y eficaces, sellaron el totalitarismo interno y oxigenaron una política exterior que hizo de la perturbación y el chantaje una fórmula distintiva: repetimos, hoy, nada nuevo bajo el sol. |
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