| De los comicios parlamentarios |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 07 de Septiembre de 2015 01:02 |
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“Pero estamos lejos del pesimismo” Pedro Planas Frecuentemente, los estudios de opinión arrojan un desconocimiento generalizado de la institución parlamentaria que preocupa. Hay generaciones más recientes que, cierto, no supieron del desprestigio que sufrió el otrora Congreso de la República, objeto de una desmedida campaña, a la postre contraproducente, pero – heredando la predisposición - crecieron con una Asamblea Nacional subestimada, soslayada y finalmente ignorada, careciendo de la independencia necesaria ante el Poder Ejecutivo. Hay confusiones, como la de creer al gabinete ministerial mismo como la cabal expresión de la instancia legislativa, pues, fueron no pocos los monólogos que encabezó radiotelevisivamente el extinto presidente acompañado de sus más cercanos colaboradores, desde el salón del Consejo de Ministros. O la de equiparar a un diputado con un funcionario regional, en cuya agenda de cuasi alcalde hay tareas como las de pavimentar las calles, servir las aguas, ordenar el tránsito automotor o procurar viviendas. Ocurre que la propia deliberación ciudadana en torno a los problemas que le aquejan, por humilde y espontánea que fuese en cualquier rincón de la vida cotidiana, constituye un atentado. Únicamente luce admisible, por absurda que parezca, la versión que los sectores oficiales propagandizan, muy a pesar de batir las banderas de la participación que – así – han manchado, traicionándolas. Lejos de pretender una epopeya, hay testimonios de perseverancia y de coraje en la tarea legislativa del actual período que está por vencerse, por una oposición que ha asumido sus responsabilidades y que bien podemos sintetizarla en María Corina Machado. A pesar de las adversidades y de la violencia misma que el régimen ha ejercido dentro y fuera del hemiciclo, la ciudadanía poco a poco ha reparado y recobrado la confianza en el papel del diputado en tiempos que anuncian la transición democrática. Necesarísimo es hacer de la (pre) campaña parlamentaria un decidido esfuerzo de pedagogía cívica, porque nadie – completamente nadie – ha de sentirse ajeno a los modos, mecanismos o fórmulas institucionales para resolver los problemas, y nombrar – votando – a un representante en Caracas significa hacerlo portavoz y diligenciante de sus urgencias, en el contexto de las grandes discusiones y decisiones en materia pública. Es el diputado que puede transmitir inquietudes y pareceres, denunciar aquellas situaciones que hacen nuestros dramas, alentar y protagonizar alternativas de lucha, comprometerse con otro orden social e impulsar la demandada transición, cívica y pacíficamente, cumpliendo con sus misiones esenciales: la deliberación, la legislación, el control, la presupuestación, entre otras. Nada niega que el parlamentario tome interés – tomándolo – en resolver asuntos como el tendido de las cloacas, el soborno de unos agentes policiales, el relleno sanitario, la vacunación infantil o el flechado de una localidad, pero también es importante que, en Güiría, Chejendé, San Carlos de Río Negro, Santa Rita, Carayaca, Corozo Pando o Las Mercedes del Llano, haya opinión y actuación sobre los problemas limístrofes de la República, la amnistía, un nuevo Código Procesal Civil, la infraestructura de salud, las millonarias cuentas bancarias de altos funcionarios en el exterior, la mejora del salario real, y las incontables materias que explican la crisis nacional que, en todos los órdenes, afecta al venezolano por más alejado que esté de la ciudad capital, nervio de las decisiones políticas. Al elegirse un diputado en cada circuito electoral o en las listas, actualizamos nuestra cuota de participación y compromiso en los grandes y pequeños problemas que afectan – inevitable - el ámbito personal, hogareño o familiar. La inmunidad parlamentaria, ahora tan endeble, como nunca antes, más que privilegiar a su titular y a la cámara misma, protege a la ciudadanía que lo elige concediéndole ésta y otras herramientas. No comporta el rasgo nobiliario que distingue a los afectos del gobierno, en el elenco partidista que premia, sino una responsabilidad con la que debe testimoniarse la debida consecuencia. Caracterizado como el rol más importante y emblemático del y los diputados, debe volver – reivindicada la institución parlamentaria – la más amplia y libre deliberación de los asuntos comunes, los que nos permiten y hasta fuerzan ser la Venezuela que somos, porque la fuimos y la seremos. Y quien dice deliberación, dice consenso al sentirnos y actuar como la mayoría que somos, propiciando los otros caminos que merecemos. Finalizamos con un párrafo elocuente de Pedro Planas, pertinente en las vísperas de unos comicios legislativos nacionales: “Pero estamos lejos del pesimismo. La práctica de los parlamentos modernos confirma que no se trata de de ninguna utopía, sino de la natural articulación de consensos que se va gestando en el procedimiento legislativo, cuando aquél garantiza la búsqueda de consensos en sus diversas fases y canaliza en forma apropiada, además, la opinión especializada y la preocupación específica de los ciudadanos. De esta forma, los argumentos en sí, adquieren valor propio y resonancia social, que permitirá imponerlos Es decir, el debate parlamentario será auténticamente libre, si fluyen libremente – y por igual – los argumentos y contra-argumentos…” (*). (*) “Derecho parlamentario”, Ediciones Forenses, Lima, 1997: 257.
@LuisBarraganJ |
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